Reminiscencias de paciencia

Hubo un día en el que todo estuvo trastocado. Ahora lo siento como lejano, casi como si fuera un episodio ajeno, un recuerdo intrusivo añadido a mi memoria pero, en cualquier caso, no mío. Sin embargo, lo es.

Culpo a esos mecanismos no conscientes de la mente, encargados de filtrar los malos recuerdos para que no nos trastornen el presente, porque, tras el olvido, ahora me hacen sentir perdido ante problemas ya vividos. Confuso ante un dilema conocido, tan trillado que me canso de mi mismo. Pero una vez más, no logro encontrarle una salida satisfactoria.

Lo más curioso es que, ya antaño, me senté a meditar estas mismas cuestiones, por lo que llego a la frustrante conclusión de que mi vida no ha cambiado tanto como yo habría deseado, aunque puse todo mi empeño en el intento. La contrariedad no es que esto no tenga solución, que la tendrá, sino que siempre desoigo mis propios consejos. ¿Falta de fuerza de voluntad? Quizá exceso de sentimentalismo o, más probablemente, de vehemencia.

La más antigua de las ciencias jamás se me dio bien, y tras muchos intentos conscientes ni tan siquiera la conseguí ubicar de forma mediocre en mi día a día. Me planteo si ahora, después de muchos asaltos y tras besar la lona en unas cuantas ocasiones, el implementar una nueva actitud más paciente pueda tener efectos positivos. Me atenaza la sensación de que el momento para eso ya pasó, y quizá lo hace de forma acrecentada ante la falta de perspectivas en todos los ámbitos futuribles, siendo el calamitoso resultado de todo esto que el estrés me pueda tener, hora tras hora, dándole vueltas al mismo asunto sin alcanzar conclusión alguna.

Eso sí que es tener paciencia, dirían algunos no excesivamente propensos a poner sus neuronas en ebullición. Pero mi versión de las cosas es totalmente la contraria, puesto que para lo que he de exprimir toda mi paciencia y empeño es, de hecho, en tratar de no reflexionar.

Paz. Tranquilidad. Mira la tele si no puedes verla. Ojea un libro si no puedes absorberlo. En caso de tampoco poder escuchar a tus congéneres, óyelos al menos. Cualquier sedación es válida para pasar los días. Pero, maldita sea, el transcurso de los días no sirvió de nada en su momento, no aportaron siquiera un nimio grano de arena para solucionar el problema. ¡Ah!, no, esa no es la actitud, de seguir así no llegaré a mañana sin haber agotado de nuevo mi paciencia.

Es paradójico, pero ya he tenido paciencia muchas veces en mi vida. Nunca me sirvió de mucho. Sin embargo, vuelve a ser la única jodida cosa que me resta por hacer.

En fin, en éstas andamos más de uno.

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Un pensamiento en “Reminiscencias de paciencia”

  1. Completamente deacuerdo. A veces buscamos un libro o una peli para calmarnos o evadirnos; como un vulgar yonki buscando su dosis de droga. El problema es que todo acaba y el “mono” siempre vuelve a azotarnos.

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