Saber lo que vale la celulosa

Parece mentira lo mucho que dependemos hoy en día de la celulosa. Hace dos días, al regresar desde los servicios hacia mi asiento 36A –ventanilla, cerca de la cola del avión que me llevaba a China- me dispuse a echar una cabezada ligera pues faltaban solo cuatro horas para aterrizar. Primeramente comprobé que el portátil seguía a los pies del asiento, luego que la manta estaba debajo del mismo, y por último… joder, ¿¿dónde está la chaqueta??

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Un trozo de celulosa muy importante

En ella tenía nada menos que mi pasaporte y mi teléfono móvil. Lo primero que hago es echar mano al suelo por si se ha caído, pero no está ni por el lateral del asiento ni en la parte de abajo. Me pongo de pie y me estiro para alcanzar algo que veo en la parte de atrás de mi asiento, pero cuando lo levanto es una cartera negra del pasajero del 37A, justo detrás mía.

Son las 6 de la mañana y las ventanillas están cerradas, las luces apagadas y la gente duerme mayoritariamente, menos mis compañeros de fila, 36B y 36C -una pareja de Fuzhou. Él, cuarenta y algo años, ingeniero según dice, feo y gordo. Ella, treinta y pocos, ni idea de lo que es, pero es mucho más guapa que el marido-, a los que desperté hace pocos instantes para ir a mear.

Suelto la cartera negra del pasajero de detrás, y cuando me mira le pregunto si ha visto una chaqueta negra –está obscuro y mi chaqueta es totalmente negra-. Ante la cara de polla que pone el tipo, me giro y le pregunto al cuarentón de Fuzhou -36B-, que si ha visto mi chaqueta negra. Niega con la cabeza y luego le pregunta en chino al tipo de detrás mia, que aunque sigue con la cara de polla niega con la cabeza.

Me pongo nervioso, muy nervioso, y lo primero que pienso es en el pasaporte y en que como me hayan quitado la chaqueta me han jodido pero bien. Abro las ventanas y entra algo de luz del amanecer, me tumbo y miro debajo de mi asiento, del contiguo, delante y detrás. Además tanteo con la mano por si la vista me engañase. No encuentro nada. Por un momento siento que tengo razones para entrar en pánico, pero trago saliva y pienso.

Por desgracia para el tipo de al lado mía, lo primero que pienso es que como hace cinco minutos lo desperté a ella y a su mujer para ir al servicio, podía haberse cabreado y haberme cogido la chaqueta en venganza. Tengo que dominarme de nuevo para no darme la vuelta, agarrarlo por el gaznate y amenazarlo para que me devolviera la chaqueta. Tras mirarlo fijamente se percata de que estoy realmente alterado, aunque para entonces tanto el tipo del 37A como el del 35A y B empiezan a girarse y prestar atención al show.

Mi vecino de asiento intenta ayudarme y me aconseja que hable con las azafatas, por lo que elimino las sospechas sobre él -de todos modos no tiene pinta de ser mala persona y antes habíamos estado hablando de buen rollo-. Entonces la cargo contra 37A, al que vuelvo a preguntarle que si seguro que no ha visto ninguna chaqueta. Aunque mucho me temo que no entiende ni palabra de lo que digo, por mi cara de energúmeno se levanta y se pone a buscar.

Me doy la vuelta y doy dos pasos adelante para dirigirme a las azafatas. Pero en ese justo momento decido dar un último vistazo más allá, dos o tres filas más atrás, adonde la vista me alcance en la obscuridad.

Para mi sorpresa, ahora la chaqueta está exactamente a los pies del asiento 37A, al alcance de mi mano, aunque sus pies no están ahora ahí. Sin esfuerzo la cojo, con cariño, como el que reencuentra al hijo perdido. El pasaporte y el móvil están en su sitio. La descarga de endorfinas ha sido tan brutal que, aunque tiemblo, ni siquiera me preocupo en saber dónde cojones está ahora el tipo del asiento de atrás. Quizá prefiero no saberlo, porque o mi chaqueta se mimetiza de manera alienígena con el entorno o ese hijoputa me la ha intentado jugar.

Caigo en la cuenta de lo que un trozo de papel, un librito de celulosa que se rompe con suma facilidad –a mi compañero Manolo le detuvieron 45 minutos en el Aeropuerto de Amsterdam porque el suyo estaba algo deteriorado-, puede joderme muchísimo si lo pierdo, incluso mandarme de vuelta a España y joder mis planes.

Cuando llego al aeropuerto me hago con 74 billetes de 100 rmb cada uno. Me doy cuenta de que esos malditos papeles suponen 800 euros, y dependo de ellos por completo para sobrevivir en Xiamen.

En el apartamento, la casera viene a negociar los términos de nuestra permanencia allí, amenazante con echarnos si no pagamos un mes más de fianza. Afortunadamente tengo un contrato –obviamente de celulosa transformada en fino papel rosa- en el que especifica que tengo alquilado ese apartamento hasta el día 6 de Septiembre.

Dependencia en cosas volátiles y fácilmente destructibles. Le quito el contrato de las manos a la casera y lo guardo fuera de su vista. Por un momento me gustaría volver a la época donde las cosas se hacían con piedras y huesos.

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