Sin casarme con nadie

Me encuentro dentro de un Boing muy grande, un 777 para ser exactos, probablemente en este momento sobrevolando el mar entre Suecia y Finlandia, camino de China. Por primera vez acabo de ser consciente de que me alejo, de que avanzo hacia un lugar de donde no tengo fecha de regreso. Quiero decir de momento.

Estoy totalmente rodeado de chinos, lo cual no es ni bueno ni malo, sino nuevo. Creo haber visto únicamente a dos occidentales –uno de ellos un gordito con pinta de freak- entre los puede que ochenta chinos que me circundan. Ahora las azafatas pasan los carritos con productos duty free, provocando la locura entre los chinos, que entre gritos agudos hacen llegar billetes en dirección a los carritos, y el consecuente flujo opuesto y equivalente de relojes hacia las masas anhelantes.

Horas antes, en el anterior avión que recorría el trayecto de Madrid hacia Amsterdam, una mujer embarcó a última hora junto a tres o cuatro niños pequeños. Al instante se nos acerca una azafata y nos pregunta, tanto al chaval sentado a mi lado como a mí, que si viajamos solos –en inglés-, a lo cual contestamos que yes. Entonces nos explica que dicha mujer y familia tenían sus asientos esparcidos y separados por todo el avión. La muy inconsciente no había hecho la reserva de asientos ni tampoco se había preocupado por ir al mostrador con dos o tres horas de antelación para poder obtener asientos juntos para sus hijos y marido –supuse que en alguna parte había marido, aunque luego reconsideré la posibilidad-. Por último, nos inquiere amablemente pero en voz alta enfrentándonos así sin ninguna privacidad al severo juicio del público, si queremos cederles nuestros asientos para que puedan así disponer de tres sitios juntos en la misma fila.

Yo había elegido, dos meses antes, la fila seis en ventanilla –me gusta la ventanilla, siempre me ha gustado-, justo a la entrada, cosa la cual podía ser de vital importancia teniendo en cuenta la lentitud con la que desaloja la gente de los aviones, y que al llegar sólo tendría una hora para coger en Amsterdam –aeropuerto desconocido, terminales diferentes, control de pasaportes- el enlace con el avión que se dirigiría a Xiamen, China. Además, el vuelo acababa de superar la hora prevista de salida sin ni siquiera haber sentado todavía a todo el pasaje.

El chaval a mi lado –veinte y pocos años-, no duda en levantarse servilmente, preguntando únicamente a qué sitio le mandaban ahora y si tendría que cambiar su mochila de sitio. –Asiento 15B, por supuesto que puedes dejar el equipaje aquí- le dice la azafata. Una mierda de asiento en medio de dos pasajeros desconocidos, y su equipaje se lo podría llevar cualquiera al salir sin que nadie se fijara en ello –cosa poco probable en todo caso, pero pienso con inquietud en mi pequeño portátil de 10,1” y lo suculento que sería para alguien de poca moral el cogerlo sabiendo que nadie se percataría.

Me llevo las manos a la cara en señal de disgusto, y me froto los ojos con exasperación, esperando que la azafata lo vea. Lo hace. Pese a ello me pregunta si me quiero cambiar de asiento. A regañadientes pero bajo el yugo de la responsabilidad social le pregunto educada y amablemente si tiene otro asiento de ventanilla, confiando en que la mujer que no se preocupa lo suficiente por sus hijos habrá obtenido los peores asientos del avión, y por tanto ninguno de ventanilla. Tras rebuscar entre los cuatro o cinco tickets de la madre sin cabeza, efectivamente niega con la cabeza y me pregunta si tienen que ser de ventanilla, a lo cual contesto con gesto firme –Si es posible, sí-. Con lo que abro de nuevo mi libro y la dejo trabajar con la confianza de que no va a encontrar ningún otro asiento de ventanilla ni tan siquiera en la maldita cola del avión.

La mala madre ya se sienta a mi lado con su hijo malcriado que no para de pegar gritos y patadas durante todo el maldito vuelo. La madre hace caso omiso al hijo cabrón, mandándole al orden solamente en las ocasiones en las que alguien sisea fuerte en señal de desaprobación o yo me encargo de clavarle alguna mirada maliciosa al crío de cinco o seis años. O cuando yo le doy codazos fortuitos para que despierte y preste atención a la PSP de su hijo que lleva varios minutos atronando a todo volumen a algunos de los pasajeros que intentan conciliar el sueño, por ejemplo. Cuando le tiro accidentalmente las migajas del bocadillo encima de su pantalón negro ya vuelve a estar dormida.

No es que me haya convertido en mala persona, pero el estar leyendo un libro sobre gente mala que hace cosas horribles me ha despertado una profunda preocupación por la verdadera naturaleza del ser humano. Quizá simplemente es que estoy un poco triste porque dejo multitud de personas atrás a las que sé que echaré mucho de menos.

Cada minuto que pasa son dieciséis kilómetros que me encuentro más lejos de Málaga. Y pienso en mis padres, en cómo se sentirán al ver a su hijo marchar tan lejos, y me preocupo porque estén tristes o me pueda arrepentir de haberles dejado allí, sea cual fuere el motivo. Recuerdo también a Poda, con el que ya no podré mantener conversaciones filosóficas profundamente absurdas e hilarantes. De Victor, que ya no vendrá a recogerme en su coche para ir a cenar al McDonald’s la noche más inesperada. De Saúl, con el que ya no alborotaré la decencia de las jóvenes en la noche. De Irene, también mucho de Irene, porque ha hecho sorprendentes méritos para hacerse un hueco en mi memoria.

Y mientras tanto me sigo alejando, kilómetro a kilómetro, uno cada cuatro segundos. No sé qué me encontraré cuando llegue –salvo millones de chinos-, no sé quién seré cuando despierte en mi nueva cama, ni si ansiaré regresar, si me sentiré solo o todo lo contrario. Tampoco sé si seré capaz de cumplir el objetivo por el que teóricamente voy en este avión: aprender Mandarín enseñado en Inglés, difícil empresa para un díscolo medio loco. Pero no voy a dramatizar, en el fondo esto se trata de intentar ser yo mismo, tanto en lo bueno como en lo malo, y disfrutar de cada día con lo que traiga, tanto en lo bueno como en lo malo. Eso sí, no creo que me vaya a casar con ni en China, ni en lo bueno ni en lo malo.

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3 pensamientos en “Sin casarme con nadie”

  1. La sensación de incertidumbre pronto tornará en alegría; tu mismo me lo comentaste. Aquí estaremos bien, don’t worry, tu aprovecha tu estancia en China; y gracias por mencionar a un humilde servidor. Estamos en contacto.

  2. que lo disfrutes mucho tio la experiencia. muy bonito el microrelato que has escrito. en parte, me siento identificado. con muchas de las cosas que dices. lo de que te incordien en un viaje es un hastía, sin duda… y lo de encontrar tu sitio en el mundo, lejos de málaga… y ser uno mismo, en lo bueno y en lo malo, xD… me has tocao la fibra sensible cabrón! sé feliz, que de eso trata la vida. un abrazo juan!

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