Primer día en China

Llegamos al aeropuerto a tiempo, pasamos el control de pasaportes tras una corta espera y nos ponen el ansiado sello de entrada. Nos dirigimos al exterior y allí nos espera Summer, obviamente es un nombre inventado, como los que usan la mayoría de las chinitas modernas. Es una joven china embarazada, tímida y con pinta de no sentirse muy cómoda ante nosotros. Nos da la llave del apartamento. Sólo sabe decir hello en inglés, por lo que la conversación no va más allá de hola, adiós, y un leve apretón de manos.

Summer es amiga de Jennifer -por supuesto también un nombre inventado-, que a su vez es amiga de Daniel, español cuyo apartamento hemos heredado tras pagar desde España el mes de Agosto -225 euros-, aunque solo vamos a disfrutar la última semana.

Tras cambiar moneda -400 euros Manolo, 400 euros yo- me dirijo a la cola de los taxis con un desmesurado fajo de 74 billetes de 100 rmb en el bolsillo. El taxi nos deja justo en la puerta de la Universidad de Xiamen, a unos diez metros de la puerta de nuestro apartamento, aunque nosotros nos las apañamos para perdernos y dar toda una vuelta a la manzana preguntando por el sitio.

Entramos al portal y subimos al piso trece. Buscamos la puerta 1302 y me dirijo, llave en mano, con inmensa ilusión a inaugurar el pequeño pero coqueto apartamento que será nuestro rincón privado, nuestro santuario chino. Meto la llave y, antes de girarla, la puerta se abre. Se oyen voces, parece que en el interior -¿la casera?-. Vuelvo a mirar el número de la puerta: 1302. La empujo y antes de que pueda decir ni hao dos chinos salen con la cabeza gacha, a toda velocidad, y con dos o tres bolsas extremadamente llenas de lo que automáticamente concluyo que es basura. No obstante, aún dejan cantidades ingentes de porquería dentro.

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La habitación-salón-comedor-recibidor

Manolo y yo nos miramos, al tiempo que vemos desaparecer a los chinos camino de los ascensores. Pese a mi extremo grado de confusión creo que me responden algo en chino –luego Manolo me comentó que nos dijeron “por favor, entren”-, al menos ese gesto de educación lo tuvieron los muchachos.

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La cocina

Sin dar crédito, entramos dentro y nos encontramos restos de toda clase de desperdicios rociados por todas partes: pañuelos, botellas, chapas de cerveza, cenicero repleto de colillas, bolsas de plástico, ramas de… algo, bolsas de basura llenas que no tuvieron tiempo de coger, chanclas, intenso olor a orina…

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El baño

Nos cuesta expresar con palabras lo sucedido, y aunque al principio reímos, no tardamos en darnos cuenta de que nos la han jugado viviendo en un apartamento que nosotros habíamos pagado. No obstante, al cabo de un par de minutos le digo a Manolo que esa gente tenía la llave, por lo que si dejamos nuestras pertenencias en el apartamento corremos el riesgo de que vuelvan y nos las ventilen.

Como él ya se defiende un poco con el mandarín y no parece estar tan agotado como yo –el muy mamón voló en Business Class tranquilamente mientras yo aguantaba a la panda de chinos en la cola del avión-, se va para intentar solucionar los asuntos urgentes de la mañana: conseguir un teléfono chino, empezar a buscar otro apartamento, averiguar dónde conectarse a Internet, investigar el campus para ubicar lo que será nuestra escuela… Al rato, hambriento, le mando un mensaje al móvil y le digo que cuando vuelva que no se olvide de traer algo de comida.

Al par de horas vuelve, toca a la puerta y yo me despierto –había intentado terminarme el libro American psycho, que a estas alturas todavía no sé quién me ha dejado, pero me quedé dormido-. Con precaución y en silencio me levanto, caminando de puntillas hacia la puerta, por si acaso fueran de nuevo los dos chinos volviendo en busca de algo más. Supongo que si de repente hubieran abierto la puerta y me hubieran encontrado en calzoncillos, andando de puntillas, se habrían cagado de miedo y salido huyendo despavoridos. De otro modo, tengo curiosidad por saber cómo hubiera reaccionado yo. La próxima vez igual salgo de dudas.

Era Manolo, lo supe porque dijo algo en chino antes de que yo preguntase siquiera who is it? Pero no me lo decía a mí, se lo decía a la casera, que felínamente se desliza entre Manolo, la puerta semiabierta y yo, colándose en el interior del apartamento con una sonrisa ensayada, de oreja a oreja, que no se corresponde con la fama que le precede –Jennifer me habló bastante de ella y de su mal carácter-. Me pongo unos pantalones.

Me huelo que la mujer estaba en el ajo, porque nada más entrar se pone como loca a mirarlo todo, en vez de presentarse o… no sé, darnos la mano. Estaba nerviosa, precipitada. Mi intuición me dice que los dos chinos la llamaron diciéndole que los habíamos pillado por cuestión de segundos, así que la mujer tardó menos de una hora en plantarse en el apartamento. Además, parece obvio que algo temía, porque si el apartamento se quedó vacío hace tres semanas no tendría ningún sentido venir ahora, puesto que ya debería estar limpio y recogido desde entonces. Además, ella no debería saber que nosotros ya habíamos llegado.

Se pone a recoger basura, y luego a refregar la peste a orina desde el cuarto de baño hasta la cocina, atravesando todo el estudio. Para entonces Manolo ya se ha ido a finiquitar lo que le quedaba pendiente y traer algo de comida –McDonald’s para mi desgracia, aunque le echo valor y me como todo el Big Mac hecho con a saber qué animal. O animales. Me obligo a no pensar en ello y utilizo la Coca Cola para tragar y las patatas fritas para mezclar. Luego me tumbo en la cama con el profundo temor de que me siente mal y me vaya por la pata abajo, cosa que por fortuna nunca ocurre.

Cuando la casera entra en el apartamento lo primero que ve, como si estuviera dirigida por un radar, como si lo oliera -por un momento me sorprendo considerando la posibilidad de que así sea- son los 7.400 rmb repartidos en dos montones, uno para Manolo y otro para mí. Al verlos dice: Money, Money, y hace un gesto de llevarse la mano al bolsillo. Obviamente estaba diciendo que si no lo guardábamos nosotros ya sabíamos quién iba a ser la que lo hiciera. Motivo de más para que el piso no se quedase solo nunca.

Tras comer soy yo el que sale un rato. Nada más cruzar la puerta del portal veo a una china muy guapa, repito, muy guapa, esperando algo o alguien en la calle, que se gira, me mira y me suelta una gran sonrisa y un hi! Reacciono con el mismo saludo y me detengo unos segundos dubitativo, ya que obviamente no la conozco de nada pero me descoloca tanta simpatía. Qué curioso país.

Al regresar al apartamento llueve y por fin puedo usar mi paraguas recién comprado. Adelanto a paso ligero con mis deportivos de running Asics a cuatro chinas con paraguas que parecen ir de paseo por medio del campus. Obviamente me dicen algo en chino y un par de ellas sueltan risitas vergonzosas. Me doy la vuelta con cara de perdonavidas y miro a una de ellas que se lleva la mano a la boca en señal de apuro. Sigo caminando. Qué curioso país.

Tras un buen rato de meditarlo, decidimos bajar a cenar algo –algo chino, nada de McDonald’s ni porquerías por el estilo –advierto a Manolo. Por suerte nada más bajar hay un total de tres restaurantes chinos pequeños, tan chinos que no vemos ni una palabra en inglés en los numerosos carteles que pueblan las cristaleras. Solo hay clientes chinos dentro, que nos miran curiosos y extrañados. Seguimos andando y al cruzar una pequeña calle vemos un puesto callejero de comida en plan buffet, tipo wok. No nos fiamos ni un pelo y decidimos volver a los anteriores, que al menos tenían clientes.

Entramos en el primero que vemos, donde un camarero se nos acercó y nos dijo algo en chino, y luego nos trajo una carta en inglés –bendito sea-. Los precios rondan los 12 rmb, 1,30 euros, y con una cerveza suave de 600 ml la cena no llega a los 2 euros. Encima, la comida está buena y me la como con los palillos, que misteriosamente supe utilizar desde primer momento sin cometer prácticamente ningún error, para mi alegría. Pedí ternera con arroz, aunque dudo mucho que la carne que comí fuera ternera.

Al rato, en la mesa de en frente se reúnen dos chicos de Senegal –siempre según Manolo- que nos saludan sucesivamente al vernos. Están con lo que suponemos son sus dos novias chinas –una de ella con pinta de ser una gran golfa, le afirmo convencido a Manolo-. La otra, la no golfa, paradójicamente no deja de mirarme y sonreír. Cuando por fin nos vamos, me dirijo a toda la mesa y digo bye, y la china no golfa casi se pone de pie y me dice bye con una gran sonrisa y ojitos tiernos –es la única que se despide, quizá porque mi bye no fue demasiado sonoro pero ella estaba atenta a nuestra salida-. Qué curioso país.

Subimos, vemos la tele china, hay como 140 canales que solo echan tres cosas: telenovelas chinas, musicales chinos y debates de chinos. Tras mucho buscar encontramos uno que echa Mister Bean. Narrado y subtitulado. Todo en chino, claro. Lo veo hasta que termina, luego acabo de leer el libro American psycho, apago la televisión mientras Manolo se duerme y me pongo a escribir. Buenas noches.

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