Trabajando en China

¿Cómo ganar dinero sin hacer nada? Ven a China, no es broma. Me siento sucio, incívico, corrupto, no debería aceptar dinero por simplemente sonreír, cual alcalde urbanizador de terrenos capaz de transformar euros por firmas a golpe de tinta.

El trabajo más absurdo y más sencillo de mi vida se anunció sólo un día antes, durante el recreo. Andaba yo platicando con un compañero noruego, William, que se ha pasado la mayor parte de sus diecinueve años en Tailandia. Se nos aproxima nuestra profesora de mandarín y nos enseña un papel en el que se lee “2 western white” junto a un número de teléfono.

Nos pregunta si estaríamos interesados en trabajar unas pocas horas al día siguiente y me atraviesa el cuerpo una súbita alegría, pese a ni siquiera saber en qué consistía el asunto. Ella tampoco lo sabía. Su amiga Jenny la había llamado en busca de dos occidentales con una presencia medianamente aceptable, imagino, para trabajar durante un pase de modelos. ¿Haciendo qué? Ni la menor idea. Al menos sabíamos que nos iban a pagar 500 yuanes, unos 58 euros, desde las 14:30 que nos recogían hasta las… Ni zorra idea tampoco. En teoría nuestras funciones terminaban a las 19:30, pero la información era escasa y ésta era confusa.

Sábado, 10 de la mañana, afortunadamente se me ha pasado la resaca. Mi teléfono suena y resulta ser Jenny, que tras recibir mi negativa ante su pregunta de si hablo chino me explica trastabillándose que tengo que llevar unos “black leather shoes”, zapatos negros de cuero, los cuales afortunadamente me traje conmigo de España. Mientras intenta explicarme algo que no comprendo –su inglés es muy malo-, su marido Henry profiere a gritos desde atrás: “Many girls!! Many girls!!” lo cual no supe si tomarme como una promesa o como una amenaza.

Dan las 14:30 y Jenny nos recoge en su enorme coche de marca china desconocida. Su hija de unos tres años hace las veces de copiloto y juega conmigo a contar números en inglés mientras nos chocamos la mano, antes de quedarse dormida a la media hora de trayecto. El viaje durará aún una hora más, ya que nos dirigimos a un lejano lugar a tomar por culo de Xiamen, más de una hora de carretera. Creo que se llamaba Quanzhou.

Durante el camino en coche Jenny nos explica que nos proveerán de unos trajes por cuya talla no debemos preocuparnos. Además parece ser que nuestra misión es simplemente estar plantados en la puerta, pero cada vez que intenta dar más detalles no encuentra las palabras en inglés, se le traba la lengua, calla y sonríe, por lo que llegamos al destino sin saber de qué va el tema. Por un momento pienso que van a matarnos y vender nuestros órganos.

2011-09-24 16.19.21
Una de las limusinas

Finalmente llegamos a un lugar rodeado de edificios en obras, hay una limusina en la puerta y un montón de chinos con boinas negras y uniforme de milicia –aquí eso se estila mucho, algunos incluso llevan uniformes mimetizados, pero simplemente son guardias de seguridad que ni siquiera llevan cachiporra-. Jenny aparca en la puerta y nos bajamos, avanzamos unos metros y al final de la preciosa entrada –fuentes, esculturas, sillas forradas en tela color dorado, torretas estilo chino, arcos…-, veo una pasarela de modelos.

En China se ve que en vez de alfombra roja se utiliza la alfombra plateada, y tanto la vía de entrada como la propia pasarela relucían envueltos en un cutre tejido sintético color plateado, adherido al suelo con cinta aislante que se levantaba con el viento por momentos, y con grapas a la improvisada pasarela de madera. A sólo diez minutos para que empezara la fiesta, un par de chinos no paraban de correr de un lado para otro colocando grapas, cinta aislante y tiras de tejido cutre por doquier.

Atravesamos la pasarela, entrando en el edificio justo a su espalda, de donde saldrían las modelos más tarde. Éste resultaba ser un enorme y lujoso espacio abierto de unos cien metros de ancho, situado en el centro de lo que pronto será un complejo urbanístico para chinos acaudalados. Lo supimos porque en el centro del hall había una enorme maqueta en la que se dibujaban con todo detalle una decena de edificios altísimos alrededor de lo que debía ser el pequeño recinto en el que creí nos encontrábamos. Imaginé que todo se trataba de una fiesta para promocionar la urbanización.

2011-09-24 17.30.24
Las modelos esperan

Por gestos nos guiaron hasta una puerta en la esquina derecha del edificio, entramos y nos encontramos con tres modelos occidentales sentadas en silencio, con pinta de aburridas y amargadas por la triste vida que les ha tocado vivir. Giran levemente las cabezas y nos perdonan la vida con la mirada. Yo vuelvo a salirme, asqueado. Al momento sale Jenny entregándonos dos perchas de las que cuelgan sendos trajes negros de un tejido brillante de malísima calidad. Nos encaminamos a los servicios y empezamos a probárnoslos entre risas nerviosas, asegurándonos el uno al otro que no tenía importancia hacer el ridículo ya que nunca jamas íbamos a volver a ver a los asistentes de aquella fiesta.

Los trajes, viejos; las camisas blancas, amarilleadas y manchadas desde hacía mucho tiempo; el frac de William con toda la espalda trazada por una sustancia pegajosa, como si le hubieran rociado un bote entero de pegamento; mis pantalones sin botón, amenazando caerse en el momento más inoportuno –suerte que me lleve un cinturón-, y mi camisa, con el botón del centro desaparecido, aunque el frac abrochado tapaba el hueco vacío. Ambos trajes eran de la misma talla, un poco grande para mí y un poco pequeño para William, que es el típico escandinavo alto y rubio de ojos azules. Nos mirábamos ante lo cómico de nuestra estampa y nos partíamos de la risa, apenas nos salían las palabras. La situación era de chiste, pero nos hicimos algunas fotos para la posteridad, esa clase de fotos que nunca saldrán a la luz. En estas pasamos a intentar convencernos de que no lo hacíamos por el dinero sino por diversión, y que la patética situación sería una buena historia que contar.

2011-09-24 16.43.48
Yo, disfrazado

Una vez vestidos, aún en los servicios, entra un chino que nos dice “handsome guys” –“chicos guapos”- y se pone a mear. No sabía si darle las gracias o retarle a duelo una vez se subiera los pantalones y se lavara las manos. Al cabo de un rato aceptamos que íbamos a hacer el ridículo por muchas excusas que inventáramos para auto convencernos de lo contrario.

En estas, mientras nos miramos en el espejo con incredulidad, aparece una modelo china muy guapa –no todas lo eran- y se pone a hacerse narcisistas fotos de su reflejo en el espejo. Terminamos haciéndole fotos nosotros, y aunque de inglés nada de nada al menos sonreía y se mostraba amable. Concluí que simplemente por ser los únicos occidentales en la fiesta, pasaba desapercibido el que fuéramos vestidos de aquella manera tan ridícula, los chinos nos adoraban por igual.

Nos sentamos en el camerino de las modelos, que ahora estaba lleno de modelos chinas comiendo arroz –seguían comiendo arroz cuando pasamos por allí una hora después, aunque no me arriesgaría a decir si eran las mismas chinas u otras-, y nos trajeron comida para cenar. Eran las 16:30. Arroz blanco, pescado con millones de espinas que no soy capaz de comer, espárragos verdes con carne de cerdo picada, patatas medio crudas y picantes, y otra verdura que ni me paro a pensar qué es. Mezclé las patatas picantes con el cerdo y el arroz blanco, merendando un poco antes de que literalmente nos echen a esperar a la puta calle. Cuando vamos de camino a la misma, nos cruzamos al chino de los servicios que vuelve a afirmar: “handsome guys, handsome guys…” con sonriente gesto de aprobación. Surrealista.

Por fin nos explican que a las 18:00 es cuando haríamos nuestra aparición estelar, que duraría hasta las 19:00. Cada uno de nosotros esperaría a un lado del arco principal de acceso a la fiesta, que estaba a unos cinco metros de la carretera de entrada, por donde circulaban en esos momentos cientos de obreros de la construcción en sus destartaladas motos tras dar de mano, parándose continuamente a curiosearnos con caras fascinadas, casi en éxtasis.

En cierto momento llegarían dos despampanantes limusinas y ahí entraríamos a jugar, acercándonos a las mismas y abriendo las puertas. Medité sobre la clase de chinos que saldrían de las mismas. ¿Serían algunos de esos gordos chinos cincuentones de cabeza cuadrada cuyos bolsillos rebosan billetes de cien yuanes? ¿Serían famosos actores o cantantes del panorama chino? ¿Serían miembros influyentes del Partido?

2011-09-24 18.14.45
Wiiliam espera a su lado del arco de entrada

Nos hacían fotos, nos grababan en video, se paraban y nos miraban extrañados, analizando cada rasgo alienígena de nuestras caras. Al cabo de media hora de permanecer como una esculura junto al pie del arco, acompañado por una china disfrazada de burbuja de Freixenet con la que practiqué las tres frases que hablo en mandarín –William estaba en el lado opuesto con otra china-, veo que una limusina se ha parado en la entrada. Salgo andando cruzándome con la gente que entra e invito a William a seguirme. Con la adrenalina por las nubes, intrigado hasta límites insospechados, me dirijo al largo automóvil cuya puerta abriría William, con la misión de acercarme por el otro lado para darle la bienvenida a los misteriosos invitados. Tenía la sensación de hallarme en la gala de los Oscar. Aún suponiendo que mi papel no fuese demasiado relevante, el hecho de ser El Occidental vestido de payaso con frac era como un neón luminoso en forma de flecha que me hacía sentir demasiado importante.

Adelantándosenos veloz, me encuentro inexplicablemente al chino de los “handsome guys” abriendo el habitáculo del vehículo antes de que pudiesemos llegar al mismo. Miro a William, visiblemente contrariado porque alguien estaba usurpándole el único trabajo que tenía encomendado aquel día.

Me aproximo con el convencimiento de mostrarme la persona más amable del universo, con una sonrisa de oreja a oreja prefabricada, pero quien surge del interior es la modelo rusa que tres horas antes nos había mirado por encima del hombro en el camerino. Nadie más. La alta chica rubia sale y el chino de los servicios recoge la larga cola del vestido blanco que porta, se la suelta en las manos a un William que diligentemente y con cara de “qué coño estoy haciendo yo aquí” acompaña a la fulana hasta la entrada del arco, tira la cola al suelo no sin cierto desdén y se da la vuelta para regresar a pie de carretera, donde yo aguardo a la segunda limusina. Al mismo tiempo me doy cuenta, con fascinación, de que apenas hay gente viendo la escena. Finalmente nuestro papel era insignificante, provocando que la seriedad y la tensión se esfumaran instantáneamente.

Al abrir el noruego la segunda limusina la broma continúa, y quienes emergen ahora son las otras dos modelos occidentales –también rusas-. Les digo: “bienvenidas chicas, por favor pasad”, descojonándome. Ellas también se ríen ante lo absurdo de la situación. Antes de que pudiera parar de reírme, se me acerca Jenny sonriendo, contenta, y me dice que ya está, que ya habíamos terminado nuestro trabajo y nos podíamos cambiar y marcharnos. Miré el reloj, eran las 18:45, me faltó preguntarle: “¿en serio? ¿Y nos vas a pagar por esto?”. Pues sí, menos de diez minutos después tenía un sobre en mi mano con el dinero. Durante un breve pero perturbador segundo me sentí mal por haber cobrado a cambio de tal estúpido e insignificante trabajo. Solo deseaba haberlo hecho bien, pese a que probablemente mi única función era simplemente estar allí.

Foto 25-09-11 00 43 08
El escenario

Al avanzar a posteriori entre los colores de las decenas de fulgurantes luces que irrumpían en la oscuridad de la noche, el lugar parecía incluso más fastuoso que durante el día. La música, el agua fluyendo de las anchas fuentes y cayendo en pequeñas piscinas, los cañones proyectando su potente haz de luz contra una atmósfera polvorienta y contaminada que los tornaría visibles a kilómetros de distancia. Después de todo no había estado nada mal, Jenny estaba contenta y las modelos quedarían desfilando, aunque yo, ensimismado dentro de mi mundo, nunca llegué a preocuparme por observarlas. Cuando el show terminara le sucedería una comilona de órdago a la que tampoco asistiría porque ya andaría en el camino de vuelta a casa, con mi dinero en el bolsillo. Espero que me vuelvan a llamar para la próxima.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s