Enfermedad del viajero

Para mí, viajar es una adicción a la que me he ido adaptando poco a poco, requiriendo progresivamente de dosis superiores para notar sus efectos dopantes. Mi primer viaje por libre duró tres días, el siguiente cinco, luego una semana, dos semanas, varios de un mes, dos meses. El próximo durará cuatro meses. Hasta aquí todo controlado: disponiendo de tiempo y dinero, saca billete y a correr.

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El Lago Oeste, en Hangzhou

Pero no es esto lo que me inquieta. Mi verdadera problemática son las emociones, algo que no puedes planificar, comprar o reservar por internet. Esa sensación de éxtasis que te embriaga y te dibuja una sonrisa imborrable en la cara, que provoca que la mochila no pese, que los aporreados pies floten entre algodones, que se salten las lágrimas y grites impulsivamente, por la simple incapacidad de explicar con palabras la sensación de libertad que te asalta en determinados instantes, y que segrega toneladas de endorfinas. Así se olvida el dolor, las preocupaciones, el pasado y el futuro. Esa sensación, por culpa de la costumbre y la repetición, se hace más esquiva y atenuada viaje a viaje. Mientras más carreteras has recorrido, ciudades más colosales visitado, y paisajes más recónditos, vírgenes y descomunales, devorado con ansiosa mirada; más elevado se coloca tu umbral de éxtasis, tu nivel de expectación. Y, por tanto, mayores son las posibilidades de que un sitio te deje indiferente y te haga sentir frustrado.

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Lago Oeste

Lo cual no significa que no sea un buen lugar, ni siquiera digo que sea decepcionante. Me explicaré con un ejemplo. Cuando has visitado grandes ciudades como New York, Tokyo, Mumbai, Dubai, Hong Kong, Chicago, Beijing, Shanghai, Londres, Bangkok, etc. ¿Qué más puede aportarte ver otra megalópolis? A veces mucho, otras poco, otras nada. Es lo que ocurre con una ciudad más bien normalita, como es Hangzhou.

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El parque alrededor del Lago Oeste, Hangzhou

Bueno, me retracto: Hangzhou es considerada una de las tres mejores ciudades de China, no es mi intención herir sensibilidades. Tiene un enorme lago con su arbolado parque en derredor, pero que comparado con un Central Park, por ejemplo, pues tampoco me pareció para tanto. También tiene un par de templos a las afueras, templos de tres al cuarto, con perdón, porque eso me parecieron después de haber visitado los de Beijing o Lhasa. En estos templos, por cierto, requerían una entrada más cara que para entrar a La Ciudad Prohibida o la Gran Muralla; una locura. ¿A parte de eso, qué tiene Hangzhou? Poco más, quizá una rica vida nocturna y una amplia comunidad de expatriados, aspectos que no busco cuando viajo, y que no lleve disfrutando dos años en Xiamen.

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Camino rodeado de bambú, Hangzhou

No es que Hangzhou no merezca la pena, es que a mí me ha dejado totalmente indiferente. No es problema de Hangzhou, es problema de mi progresiva falta de sensibilidad. Necesitaría pasarme varios años sin viajar, para empezar a disfrutar de cualquier sitio como si fuera la primera vez que saliera de mi pueblo.

Por otro lado, hay ciudades que son adecuadas para residir en ellas, pero que como objetivo de una visita de varios días se queda corta, te sabe a poco. Las ciudades son muy peligrosas para el viajero, pues sus infinitos rascacielos, torrentes humanos de oficinistas y turistas, su multitud de tiendas de lujo, y su tráfico estancado y pestilente, son una fuente potencial de frustración viajera. Lo mismo me ocurre a veces, quizá en menor medida, con las zonas paisajísticas, parques naturales, montañas, playas, lagos, etc. Aunque personalmente soy mucho más dado a disfrutar con la naturaleza viva, aunque sea una copia idéntica de algo que ya haya visto antes, que con una gran ciudad. Eso sí, es diferente disfrutar a entrar en éxtasis, que es lo que ansío cada vez que me cuelgo la mochila.

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El Lago Oeste, tan extenso que parece un mar. Al otro lado se ven los edificios de la ciudad.
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