La Montaña Amarilla

La predicción meteorológica anunciaba rayos y centellas sobre Huangshan, la “Montaña Amarilla”, durante los próximos días. Malas noticias cuando el plan consiste en subir a una montaña y caminar a lo largo de ella durante dos días. No en vano, estas montañas de vértigo son famosas por la cantidad de días con lluvia al año, amén de por las intensas nieblas que impiden disfrutar del paisaje la mayor parte del tiempo. Consideramos incluso abortar el ascenso.

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La Montaña Amarilla

El coste de la entrada a la montaña era elevado: 230 yuanes (28€), más 80 yuanes del telecabina para llegar arriba y otros 80 para el posible descenso. Tomar el telecabina era obligatorio en nuestra situación, con las mochilas a cuestas, amenaza de lluvia y las seis o siete horas necesarias para el trayecto a pie. El total sumaba unos 48€, más alojamiento en la montaña. Todo ello para arriesgarte, así lo indicaba el parte meteorológico, a no ver nada. Pero llegados hasta allí, decidimos echarle valor y confiar en nuestra suerte.

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Telecabina entre la niebla

Al aproximarnos a su base, el cielo estaba ennegrecido, mas no llovía. Sin embargo, más de mil metros allá en lo alto era inviable conocer el grado de niebla que podríamos encontrarnos. Remontados por el telecabina nos zambullimos directos en las nubes, quedando sin visibilidad alguna. Una vez nos apeamos en la estación de telecabina, nos vimos, además, atrapados en un enjambre de turistas chinos. En su mayoría estaban guiados por ruidosos guías portadores de banderas y megáfonos eléctricos, de los que salían atronadores chillidos sin pausa más que para respirar. El cargar con las mochilas hacía extremadamente agotador el superar los cientos de escalones, al igual que dejaba exhausto permanecer estático aguardando a que la maraña humana consiguiera avanzar por el estrecho raíl de cemento que marcaba los caminos de la montaña.

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Un grupo de turistas chinos, con sus gorras a juego y todo

Gradualmente se difuminaron las nubes y la visibilidad mejoró, acompañada por sol y buena temperatura, que en el mes de Junio ya atizaba con la suficiente energía como para quitarse la camiseta y ponerse rojo como un tomate. Así, subiendo y bajando acompañados por cientos de chinos con sus constantes “halou” y miradas de estupefacción, llegamos al hotel donde habíamos reservado habitación. Por unos 20€ la noche conseguimos una cama en habitación de 8 personas: muy caro para China, pero aceptable para éste enclave aislado en la cima del parque natural enlistado como Patrimonio de la Humanidad UNESCO.

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Las nubes bajan, cuando quieren

Agasajados por el buen tiempo paseamos alegres, ésta vez ya sin equipaje a la espalda y alejándonos de las rutas principales, explorando caminos donde los grupos de turistas no se atreven a aventurarse. Los tours organizados normalmente realizan visitas de un solo día, por lo que no les queda más remedio que limitarse a circunvalar el camino principal a toda prisa; con la idea de, no muy tarde, coger el telecabina de vuelta al autobús y, de ahí, a casa.

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Un puente de película

Descendimos durante un buen rato, encontrándonos con precipicios de vértigo desde cuyas paredes verticales colgaban árboles amarrados a la roca con artes telequinésicas, para evitar desplomarse en el manto verde que aguardaba cientos de metros más abajo. La nubosidad hacía acto de presencia a su propio antojo, cambiando el paisaje sin aviso y haciendo la aventura totalmente impredecible. De alguna manera nos urgía a caminar más aprisa, tan rápido como fuera posible, antes de que el paisaje se tapara por completo y la lluvia nos condenara a buscar refugio. Así, descendiendo, alcanzamos un puente de piedra anclado entre dos rocas, pendiente en el vacío a cientos de metros sobre el suelo de nubes blancas. Pareciera sacado de la película “El Señor de los Anillos”.

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Vistas que dejan sin habla

Regresando nuevamente al hotel comenzaron a caer cuatro gotas, que dieron paso con prontitud a una lluvia torrencial que nos recluyó en la habitación durante horas, mientras tratábamos de secar el calzado con secadores de pelo y la ropa con el calefactor de pared. Eran las 16:00, y con esto ya habíamos dado el día por concluido.

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Chinos en lata esperando el amanecer

Al día siguiente, eran las 4:15 de la madrugada cuando nos pusimos en pie para ver el amanecer. Qué apretados, pensaréis. Ni hablar, pues allí había que darse de ostias con cientos de chinos en busca de un lugar donde ver, o mejor dicho fotografiar, el sol saliente. Aquello ya estaba lleno de chinos cargados de cámaras grandes como sus cabezas, haciendo fotos con flash al cielo que clareaba. Yo, no contento, me subí a una piedra que daba directamente a un precipicio sin salida: el más mínimo empujoncito me haría flaco favor. A mi vera se sumaron dos o tres chinos valientes que, viendo mi emprendimiento, decidieron que la idea no era mala. A mi me daba sensación de vértigo solo verlos acercarse, pues hasta tal punto era la situación delicada. Lo más gracioso fue que no se vio salir el Sol porque las nubes lo taparon hasta que ya estaba bien arriba en el cielo.

Con clima inmejorable, cielo sin nubes y paisajes sin niebla que dejaban sin aliento, paseamos desde las 7:00 hasta las 10:00, momento en que regresamos al hostal. A partir de esa hora subieron las nubes para quedarse, y al cabo de un rato no se veía más allá de 15 metros de distancia. Pobre gente la que subía a esas horas, porque el desembolso económico acometido fue para no ver absolutamente nada.

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Mar de nubes al amanecer

Sopesando el coste del lugar y lo que éste ofrece, puedo concluir que bien merece la pena, sin duda. El problema es que el nivel de disfrute depende al 100% de las condiciones climáticas que te toquen. También del estado físico en que estés. No le recomendaría a nadie una visita de un solo día, pues hay demasiado para ver y las distancias son formidables. Igualmente, no se lo recomiendo a gente en precario estado de forma o salud, pues la dureza de la orografía les impediría ver más del 5% del parque –nosotros mismos llegamos a ver poco más de la mitad del mismo-, amén de sufrir gran fatiga física y posteriores secuelas en forma de agujetas e incluso lesiones.

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¡Los monos atacan!

La masa de chinos, siento decirlo, molestaban bastante. Se encontraban en demasía, de todas las edades, incluyendo ancianos y niños, que bloqueaban el paso y rompían la tranquilidad espiritual a la que el entorno incita. En cualquier caso, como ya dije, evitando las zonas cerca de los telecabina y la ruta principal era factible alejarse lo suficiente de ellos. Incluso verse totalmente solo. Tan solos que la segunda mañana un grupo de cuatro agresivos monos quiso atacarnos, obligándome a soltar porrazos con la botella de agua en el suelo, cual cavernícola en celo, pegando gritos para que huyeran.

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Un tramo de escaleras cualquiera

Se sudó allí la gota gorda, subiendo y bajando lo inimaginable. Sin exagerar en absoluto aseveraría que más de 10.000 escalones –se rumorea que todo el parque tiene 60.000-, que de eso entiendo desde que conté los 2.548 que bajé en la ciudad de Dali, Yunnan, China. La orografía escarpada, sin apenas llanos para descansar, suponen que para caminar un kilómetro necesites superar mil peldaños, además de terminar 200 o 300 metros de desnivel más arriba o abajo de donde empezaste. Esto sería algo así como ascender a pie uno de los rascacielos más altos del mundo, con la peculiaridad de que no todo el trayecto subirías, sino que antes de llegar a la cima habría tanto subidas como bajadas, dependiendo del terreno.

Con tal de ahorrar y evitar los abusivos precios de alimentos y líquidos en lo alto de la montaña, transporté tres litros de agua en el interior de mi mochila. Con ellos tuve suficiente, al igual que ocurrió con la comida que transportaba, a excepción de una mazorca de maíz que vendían en un puesto a la vera del hotel. Las cambiantes temperaturas, la limitación de alimentos y bebidas y la extrema orografía, convirtieron la visita en poco menos que una prueba de superación personal. Habida cuenta de que 8 kilómetros de pendientes los subimos y bajamos con los 12 kilos de las mochilas a la espalda. Duros de pelar.

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Turistas suben las escaleras en la pared de la montaña

Me fui con la satisfacción del éxito por ver mucho más de lo que, en un primer momento, el clima nos anticipaba. Al mismo tiempo, igual entusiasmo provocaba el haber aguantado físicamente aquella tortura maratoniana, pues quitando la rodilla izquierda que ya sufre con la edad, no tenía que quejarme más que del descomunal agotamiento muscular en gemelos y cuádriceps. Ahora tocaba darles descanso.

Hasta nuestro siguiente destino, Nanjing, nos desplazaríamos mediante autobús, cinco horas de trayecto. Por desgracia, al llegar a la estación a las 12:15 ya no quedaban asientos disponibles ni para el bus que salía a las 13:50, ni para el de las 16:40. La solución fue coger otra línea hasta una ciudad intermedia, Tunxi, y desde allí cruzar los dedos para encontrar otro nuevo vehículo hasta Nanjing. Así fue, y a las 16:20 tomamos el último disponible, llegando a nuestro destino ya de noche. Una vez allí, nos dirigimos a una estación de metro en el extrarradio, donde nos recogería la chica china de Couchsurfing que nos iba a hospedar las dos próximas noches. La carretera, una vez más, me trataba bien.

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El puente colgante de cuento de hadas
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Un mirador al pie del precipicio
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Picos entre la niebla

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