La Inhumanidad

Caminar por Hiroshima no promete edificios espectaculares, cultura japonesa tradicional, templos, ni paisajes de ensueño; pero te hace meditar como pocos sitios pueden hacerlo. Es algo intrínseco a los memoriales dedicados a las grandes masacres de la Humanidad, como también comprobé en los de Berlín, Phnom Phen o Nanjing, por ejemplo. Demasiadas masacres, algunas demasiado recientes, pero llevamos toda la Historia matándonos como salvajes.

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Personas rezando por los fallecidos en Hiroshima

Caminando por el pequeño parque creado para no olvidar la destrucción causada por la primera bomba atómica empleada sobre humanos, uno se percata de lo volátil que es la vida, de lo cerca que nos acechan persistentemente ciertas catástrofes invisibles. Recuerdo que hace días hubo un tsunami en el noreste de Japón que también robó de repente, traicionero, sin avisar, decenas de miles de vidas. Vidas igualitas que la mía y la tuya en este justo instante, ni mejores ni peores, ni más seguras ni menos. Igualitas.

Retomando el tema: resulta que Einstein, prominente científico de la época, estaba a la cabeza del equipo que desarrolló en Estados Unidos la ciencia necesaria para crear reacciones nucleares en cadena. En una carta conservada en el museo de la bomba, en Hiroshima, escrita por Einstein y dirigida a F.D. Roosvelt, el Presidente, se lee lo siguiente:

“Señor: […] En el curso de los últimos cuatro meses se ha hecho probable […] que pueda hacerse posible establecer una reacción nuclear en cadena en una gran masa de uranio. […] Ahora parece que esto puede ser conseguido casi seguro en un futuro inmediato.
Este nuevo fenómeno podría también llevar a la construcción de bombas, y es concebible -aunque mucho menos certero- que bombas extremadamente poderosas de un nuevo tipo podrían entonces ser construidas. Una sola bomba de este tipo, transportada en barco y detonada en un puerto, podría muy bien destruir el puerto entero junto con parte del territorio colindante. Sin embargo, dicha bomba podría pesar demasiado para ser transportada por aire.”

Albert Einstein, 2 de Agosto de 1939. Original en inglés.

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Carta de Einstein al Presidente Roosvelt (ampliar)

Aparentemente el científico albergaba gran entusiasmo ante tal posibilidad, puesto que la carta tenía como fin pedir fondos para perseguir dicha bomba: de ahí surgió el Proyecto Manhattan, de cuyos resultados ahora escribo. Leer aquella carta desmitificó para siempre el renombre de este hombre eminente. Me preguntaba si en caso de que aquel señor hubiese investigado la bomba para, un decir, los nazis o los soviéticos, tendría a día de hoy la misma buena prensa. Habiendo hecho lo mismo, quiero decir, solo que para otro cliente, aunque fuese siempre en nombre de la ciencia. Todo depende de los ganadores, que son los que escriben la Historia. En todo caso, me surge un dilema moral sobre la ética a seguir ante la consciencia de estar creando un arma tan destructiva. ¿Cómo debería haber obrado el bueno de Einstein?

Cambiando de tema. Japón ya tenía la II Guerra Mundial perdida sin remedio, pero aquél pueblo reprimido y gobernado por gentes sin alma, orgullosos hasta el delirio, tal y como muchos me temo siguen siendo a día de hoy, estaba dispuesto a ofrecer resistencia hasta la muerte del último hombre en suelo patrio.  Estados Unidos quería minimizar al máximo la pérdida de soldados en un posible asalto a Japón, y por eso instó, justo tras la rendición de la Alemania Nazi, a que la Unión Soviética colaborase en el frente del Pacífico, que hasta entonces había sido evitado sabiamente por estos últimos para no abrir un segundo frente de guerra mientras les arrimaban candela a los nazis. Ya sabían ellos que quien mucho abarca poco aprieta.

Sin embargo, la guerra se desarrolló de manera más favorable de lo esperado para los norteamericanos, que acariciando Japón con la punta de los dedos, teniendo el botín a punto de caramelo, se llenaron de codicia y se negaron a repartir el pastel de la victoria con nadie más. Menos aún con una Unión Soviética que ya olía a Guerra Fría. Así pues, se tomó la decisión de acabar con la guerra de forma inmediata, sin darle tiempo a la Unión Soviética a unirse a la fiesta y devorar a una presa fácil. Ahí es cuando soltaron el pepino nuclear, el 6 de Agosto de 1945. Dos días después, la Unión Soviética declaró la guerra a Japón e invadió Manchuria y la mitad de la península Coreana. Los efectos de aquello siguen presentes a día de hoy con las tensiones entre las dos Coreas. La tozudez Japonesa solo cedió tras la segunda bomba atómica arrojada sobre Nagasaki, espoleada por la necesidad de Estados Unidos de conseguir una inmediata rendición nipona: de no haber sido así, la Unión Soviética habría tenido tiempo de abarcar aún mucho más territorio.

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Maniquí de una niña representando la piel derretida cayendo

Pues unas 80.000, miles arriba, miles abajo, fueron las personas que desaparecieron de un plumazo con la primera bomba atómica, de forma casi instantánea, directamente desintegrados. Otros 120.000, decenas de miles arriba o abajo, murieron en los días o años sucesivos debido a las quemaduras, radiación, cáncer, etc. Las historias personales que se contaban en el museo le dejaban a uno atónito. Basta mencionar que la calor desprendida por la bomba fue de tal magnitud, que la carne se derretía y se le caía a jirones a las personas aún vivas. Afortunados los que murieron en el primer instante sin enterarse de nada.

Estos japoneses de a pie ya estaba bien jodiditos de antemano, por soportar una economía de guerra desde hacía una larga década, por aguantar a unos gobernantes que los llevaron a enfrentarse con países que ni sabrían ubicar en un mapa, por llevarse a sus padres, hermanos, maridos o hijos a morir de disentería, abandonados en alguna isla del Pacífico plagada de mosquitos. Y lo que me fastidia es que los gobernantes actuales me dan la misma nula confianza que me darían los de entonces. Como si no fuera suficiente con lo breve e inestable que es la vida de por sí, que históricamente siempre ha habido unos cuantos en el poder encargándose de angustiar aún más al ciudadano corriente. Basta ya, hombre, de tanto dar por culo.

antes y despues
Hiroshima antes y después de la bomba

Tres días antes de Hiroshima me encontraba en Nanjing, China, donde, siete años antes de los hechos expuestos, los japoneses cometieron a su vez otra de las grandes masacres de la historia. Allí extirparon la vida a unos 300.000 civiles a lo largo de un año de calvario horripilante, de pesadilla, de infierno en vida. Los datos varían mucho según la fuente, e incluso los japoneses, así de desmesurado es su orgullo, llegan a negar el asunto de cuando en cuando, causando la ira china. Como dato, para los no muy puestos en las virtuosas hazañas humanas, mencionaré que únicamente durante la II Guerra Mundial se estima que murieron unos 60 millones de seres humanos, millones arriba, millones abajo.

Los japoneses son tercos como mulas, orgullosos de su país como he visto pocos, debido a un adoctrinamiento nacionalista acometido a principios del siglo pasado por el emperador de la época, que orientaba la vida de la nación hacia la belicosidad y la idea de ser superiores a los países vecinos, por la gracia de dios. Igualito que les pasó a los alemanes. Ambos terminaron declarando la guerra al resto del mundo; y el resto del mundo les demostró que no eran ni mejores ni peores, sino igual de mentecatos que todos los demás. Al final, unos y otros jodidos por igual. Lo peor es que, a grandes rasgos, muchos aún siguen teniendo la misma mentalidad, ya que la cultura es un factor de cambio lento, profundamente arraigado y difícil de cambiar. La presión y represión social a la que los japoneses están sometidos a día de hoy tampoco ayuda.

Así, caminando justamente 600 metros por debajo de donde explotó la bomba atómica en Hiroshima, pensaba yo en lo importante que es aprovechar el AHORA y disfrutar de todas las pequeñas cosas que a tantos y tantos millones de personas a lo largo de la historia les fueron arrebatadas injustamente, sin aviso ni razón.

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El famosísimo icono del “Industrial Promotion Hall”, que ahora únicamente promociona el turismo.
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