Bambi, cruel y despiadado

Bambi era un monstruo cruel y despiadado. Sí, lo que leéis. Tras una ardua investigación en persona así lo corroboro. El lugar del estudio se llama Nara, situado a media hora en tren desde Kyoto, donde encontramos un majestuoso parque, de unos 3 kilómetros cuadrados, que consta como uno de los 981 lugares que son Patrimonio de la Humanidad UNESCO.

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Uno de los mayores templos que he visto

En este parque, además de múltiples templos, santuarios y jardines, se estima que hay unos 1200 ciervos que vagan a sus anchas, y que conforman por sí mismos una de las mayores atracciones turísticas de la zona. Dichos ciervos tienen que comer, cómo no, y se han mal acostumbrado a ser alimentados por las hordas de turistas. Es tal el negocio, que cada 50 metros puedes encontrar un puesto ambulante de venta de galletas para ciervos. No es broma, pequeños paquetes de galletas destinados a cebar exclusivamente a los ciervos.

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Los cuadrúpedos, bien aviesos, se acumulan alrededor de los puestos de venta de galletas en hordas no menos peligrosas que las de los turistas. Lo fascinante es que, no alcanzo a imaginar cómo, ningún ciervo hace siquiera el amago de aproximarse a las galletas, que están a simple vista encima de los tenderetes, para escamoteárselas a los vendedores. Intuyo que desde tiempos inmemoriales, los ciervos se han estado llevando trancazos cada vez que intentaban agenciarse el susodicho alimento circular, y este escarmiento se ha ido transmitiendo de ciervos a bambies durante generaciones. Hasta aquí todo curioso, pero razonable.

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Asesinos acechando inocentes turistas, en la puerta de una tienda

Empecemos. Acababa yo de llegar a la periferia del parque, aún fuera de éste, y me encontré con el primer puesto de galletas, vigilado atentamente por cuatro entrañables ciervos de considerable tamaño y cornamenta, a los que con una sonrisa en la boca y palabras de fascinación me dispuse a fotografiar. A una distancia de tres o cuatro metros de los ciervos me descolgué la mochila y empecé a remover cosas, excitado e impaciente, buscando la máquina fotográfica para plasmar la imagen que tenía delante de mí: cuatro ciervos mirándome fijamente.

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Bestia asesina aguardando turistas

No lo hacían por admirar mi indudable belleza, no. Lo hacían porque, en un primer momento, tenían la fe de que fuera a sacar dinero para comprarles galletas; pero, a medida que escarbaba en mi mochila, parece que consideraron la posibilidad de que lo que andaba rebuscando era comida. Aquí fue cuando el ciervo mayor, con unos cuernos largos como mis brazos, empezó a aproximarse y olisquearme, al tiempo que yo, con mi mapa de turista y mochila agarrados en una mano y la cámara en la otra mano, me preparaba para echarle fotos como buenamente podía.

Nara
La mala bestia que me atacó

Ahí fue cuando sobrevino la primera dentellada, a la mochila, tras la que me quedé yo pensando algo así como: “un momento, esto no puede ser real”. Ahí tiré la primera foto, primer plano del ciervo mirándome directamente a unos 20 centímetros de la cámara y 30 de mi cara. El segundo bocado fue al mapa que llevaba en la mano, a lo que conteste con un sopapo, zas, en toda la cara. Le dije al ciervo: “tú, idiota, que no tengo comida”, pero no pareció enterarse.

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Mi mapa, tras ser mordido por la bestia

Me colgué la mochila a la espalda para quitarla de su vista, gesto que el ciervo no apreció, dándomelo a entender mediante un bocado a la parte baja de la camiseta, peligrosamente cercana a la entrepierna, que afortunadamente no cogió carne. “Mira, ciervo, me cago en tu puta madre”, le espeté con disgusto y desencanto. Le pegué un leve empujón a modo de “que me dejes ya” y seguí andando a paso ligero sin mirar atrás. A los cinco metros me paré, me di la vuelta, y comprobé cómo ahora los ciervos rodeaban amenazantes a otro grupo de turistas, con niña pequeña llorando desconsolada, y tratando de escapar, incluida.

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1200 ciervos, 1200 hijos de satanás, hambrientos de galletas y sedientos de sangre forastera. Jamás he visto mayor asimilación pública de diversión y violencia, celebradas en una orgía interracial de turistas aporreados y ciervos psicópatas. San Fermín se queda en anécdota. A lo largo de las cinco horas que pasé en Nara, vi e inmortalicé incontables ataques, algunos rozando la tragedia. Nota especial requieren los reincidentes, a los que ahora los veías gritar aterrorizados, correr despavoridos, y ahora los veías volviendo a repetir la operación sacando sus galletas, buscando que volvieran a cornearlos, morderlos e incluso patearlos.

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Cómico cartel, con el ciervo cabrón vigilando detrás (ampliar)

También es para destacar los carteles de cómicas viñetas repartidos a lo largo del parque, en los que se menciona que los ciervos son peligrosos y podrían atacarte, cornearte, patearte, tirarte al suelo o morderte. De que pudieran comerse tu mapa del parque no decían nada. De Nara puedo decir que es un sitio muy bonito con templos espectaculares, pero también puedo decir que ha roto por completo mi fe en la bondad animal. Si veis un ciervo, tiradle unas galletas bien lejos, y corred.

 

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