Represión sexual en Japón

Es un tema muy controvertido con el que sé que me puedo pillar los dedos; pero aun polémico, se merece unas líneas por su calibre y trascendencia social. Cierto es que en casi todos los países desarrollados existe bastante libertad a la hora de expresar la sexualidad y mostrar el propio cuerpo públicamente, pero el modo en el que este avance social ha ido cercenándose y mutando en Japón, ha desembocado en una tortura psicológica diaria para el hombre japonés -del que me compadezco-, y, para las mujeres, en una extraña amalgama de derechos y deberes que tampoco debe ser nada sencilla de manejar.

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Moza ligera de ropa observada por un policía vigilante, Tokyo

El contexto

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Tres mujeres cualesquiera en una calle de Tokyo

La mujer japonesa vive en una sociedad extremadamente machista y conservadora -igual que muchas otras sociedades asiáticas- donde se le exige ser bella a la par que sumisa. Por imposición de la moda y de la competición social por la popularidad y el éxito, las mujeres visten de manera bastante atrevida, exactamente equiparable a la de los países occidentales. Como anécdota, desde el punto de vista europeo podría aseverarse que alguna que otra mujer viste de forma tan sensual o llamativa que, equivocadamente, se las podría tomar por prostitutas sin serlo. Por supuesto, también se puede encontrar verdadera prostitución en el país, y no es poca. Aunque yo, personalmente, sería incapaz de discernir los atuendos de las meretrices.

Es llamativo que en una sociedad cerrada y tradicional se consienta tanta libertad, en ocasiones cercana al exhibicionismo, contrastando éste con el estatus femenino de ciudadano de segunda. Japón es uno de los países con menos igualdad del mundo industrializado. Son mujeres objeto. Puede que en China, donde los jóvenes aspiran a igualar los modelos sociales de Japón, Corea y Taiwan entre otros, hayan copiado e incluso superado este punto, rozando en ocasiones el límite de la comodidad o la decencia. Como anécdota graciosa, es común ver mozas subiendo montañas con tacones de aguja. Siempre monas, las chinas.

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Sailor Moon, de toda la vida

Volviendo a Japón. Existe una gigantesca industria pornográfica, tanto real como de animación -dibujos animados-. Sin ser pornográficos, sí que son especialmente curiosos los personajes de animación creados para los más pequeños, que aún no poseen la capacidad para discernir por qué los personajes femeninos de sus dibujos animados aparecen con tan poca ropa, ceñida ésta al cuerpo en actitud subjetivamente erótica. Todos los hemos visto, también en España.

Otra asociación perniciosa es la que se produce entre las colegialas y la pornografía. Obligatoriamente hasta llegar a la Universidad, los estudiantes visten uniformes en las escuelas. Por la tradición sexual japonesa, muy cercana a la pederastia por una serie de razones culturales, los uniformes de las colegiales -falda de cuadros y medias- se han convertido en un icono sexual, popular en películas pornográficas y eróticas, reales y animadas. El problema se da al asociar de forma inversa: lo que se ve en la pornografía, también se ve cuando vas andando por la calle en las menores de edad que vienen o van al colegio. En difinitiva, hay todo un mundo de perversión en torno a los menores, los uniformes y el sexo.

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Dos estudiantes paseando por Tokyo. Todas visten con el mismo estilo.

La imaginación del hombre japonés está saturada por la inmensa cantidad de estímulos sexuales que recibe, que me atrevería a aseverar sin miedo a equivocarme, es superior a la existente en países europeos. Tanto en cine, televisión, fachadas de edificios, revistas, marquesinas o incluso personas de carne y hueso, éstas imágenes de índole sensual también se pueden consumir con inusitada facilidad en multitud de tiendas a pie de calle, que proveen de material de alto contenido erótico y pornográfico de ambos tipos: real o animación. Contrastando de forma absurda con todo lo anterior, la sociedad japonesa es, al mismo tiempo, desmesuradamente respetuosa, hasta el punto de evitar el contacto visual como muestra de educación y respeto. Luego, en la soledad del hogar, cada uno tiene libertad para hacer lo que quiera con sus manos, como en cualquier otro lado.

Las consecuencias

Si unimos el deseo sexual creado en el hombre japonés por la infinidad de estímulos diarios y públicos, con una represión moral que exige la mayor compostura en la calle, tenemos una contradicción brutal que causa problemas sociales inimaginables. Se muestran los cuerpos provocativa y explícitamente, pero no se puede, repito, ni mirar. Porque no miran, que yo me he parado a comprobar ver si los tíos se giraban para chequearle el culo a una buena moza, y ninguno se atreve. Si no se puede observar a las mujeres directamente, no hablemos ya de tocar o de intentar mantener una conversación con una desconocida. Eso sería un atrevimiento, una hazaña descabellada. En España siempre puedes intentar ligarte a quien te de la gana, pero en Japón, no. De hecho, es delito, pueden acusarte de acoso sexual simplemente por insinuarte, aunque no creo que esto sea lo común hoy día. Menuda frustración, a Freud le daría un infarto si lo viera.

Los ejemplos

Viendo la televisión en casa de mi amigo Dosho, aparece en imagen una mujer joven hablando con un periodista, explicándole cómo hallándose en el interior de un vagón de tren, un hombre despiadado le toco el trasero. Sí, eso era la noticia, reportaje de al menos 10 minutos en un canal nacional. Yo apenas salía de mi asombro ante las evidentes imágenes, que al tiempo eran corroboradas por las puntualizaciones de mi amigo japonés. La mujer interpretó, junto a un hombre que simulaba ser el agresor, el momento cuando intentando salir del vagón, un hombre estiró la mano rozándole el culo. No le pegó un pellizco ni una cachetada, no, solo la rozó. Pero no quedó el asunto arreglado con una bofetada o un escarnio público en televisión, sino que además al hombre se lo llevó la policía detenido.

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Vagones de metro, siempre atestados

Hay una plaga de cámaras repartidas por doquier con el fin de controlar que ningún pervertido se sobrepase con mujer alguna. Especialmente sensibles son los trenes. Todos hemos visto imágenes de esos vagones de metro convertidos en transporte de ganado durante las horas punta, donde lo normal es que si alguien lleva un paraguas en la mano, al final termine metiéndoselo por el culo, sin querer, al usuario de al lado. Ya sea por los empujones, el movimiento violento de los propios trenes o por la falta de espacio. Mi amigo japonés me comentaba al respecto, que los hombres de negocios o gente de dinero, cuando viajaban en este transporte, iban con ambas manos agarradas a los pasa manos metálicos del techo. No sin motivo: se daban casos de mujeres que, falsamente, acusaban a hombres de haberlas tocado aquí o allá, con intención de denunciarlos y sacarles el dinero. Con ambas manos arriba, se evitaba el peligro de ser chantajeados por tocar culo ajeno. Aunque en Japón ya no tengo claro que sea legal ni tocarse el culo propio, visto lo visto.

Me explicó mi anfitrión que si en Japón te pillan tocándole el trasero a una moza, te detienen y te meten una multa inolvidable. Lo mismo ocurre si te da por robarle una fotografía, o si intentas cualquier otra cosa que la mujer considere ofensiva para con su ciudadanía de objeto humano de segunda. Cada uno defiende lo que le dan, ¿no? Para apoyar toda esta maquinaria del “se muestra, pero ni se mira, ni se toca”, además de la espeluznante profusión de cámaras que lo controlan todo, se ha creado una sociedad tan frustrada y reprimida que está dispuesta a joder al primero que incumpla éstas subversivas normas establecidas: será por venganza, por aquella sinrazón humana de la envidia, del “si yo me jodo, tú te jodes más”. Porque cuando amargamos a la ciudadanía, ésta la termina pagando con el primero que pilla. Verbigracia, en Japón el maltrato de género es exacerbado y rampante, porque cuando los hombres llegan a casa cargan su represión sobre sus objetos humanos de segunda.

Curioso me resultó, tras conocer todo lo anterior, ver cómo en los mismos vagones de metro donde nadie habla y nadie se mira, donde la mujer en minifalda, medias de rejilla y tacones de aguja se bambolea de pie a tu lado, ¡haya colocados anuncios de medio metro de la Playboy japonesa! Mostrando tías buenas enseñando cacha, con una ropa interior insuficiente para ocultar unas colosales mamoplastias de aumento. Es psicótico, es enfermizo. No me extraña que a diario haya japoneses que se arrojen a las vías del tren. Diariamente sin exepción, durante los diez días que estuve en Japón, presencié cómo informaban de que en tal o cual línea había ocurrido un accidente, con la consecuente interrupción temporal del servicio. “Un suicidio”, respondían como razón del accidente ante mi expresión de extrañeza, porque las redes de ferrocarril de Japón son demasiado seguras para cualquier otra clase de accidentes.

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Una moza se tapa la cara y sale corriendo

Otro hecho que me dejó perplejo fue que, contrastando con China, donde te miran fijamente a la cara por ser extranjero, en Japón únicamente miraban mi cámara de fotos. Las mujeres, cuando me atisbaban a lo lejos con mi cámara de generoso tamaño colgando del cuello, clavaban en ésta la mirada, temerosas de que fuera a robarles una instantánea. Verdaderamente demencial. Hablamos del país donde la fotografía es un emblema nacional, donde dicen que los niños nacen con una Nikon debajo del brazo. En varias ocasiones, como he hecho en cada país por el que he viajado, levanté la cámara con la intención de fotografiar una mujer vestida de forma tradicional japonesa, o porque iba disfrazada de dibujito manga o ser andrógino. ¡Salían corriendo! ¡Tapándose la cara! Y yo asustado de que llamasen a la policía o de que me linchasen allí mismo, por violador visual.

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Pornografía de animación (ampliar)

Mención aparte se merece un barrio que visité, Akihabara. Es una enorme zona comercial repleta de negocios de productos electrónicos e informáticos, junto a otros centrados en el entretenimiento audiovisual. De estos últimos, no pocos se enfocaban en la pornografía. Se vendía en tiendas a las que se accedía desde la propia calle, transitada por familias y niños, a simple vista.

A su vez, cada cien metros se divisaban muchachitas vestidas de colegialas eróticas, atrayendo clientes a sus cafeterías; sí, cafeterías eróticas. Un rollo Barrio Rojo de Amsterdam, pero enquistado en una sociedad desquiciada. Yo me fijaba también en la masa de hombres japoneses frustrados que acudían allí a buscar lo que no encontraban en la vida real. “Aquí son todos unos perdedores”, me decía Dosho, dándome a entender que si ese barrio existía, era para darles una vía de escape fácil a todos los que se ven abrumados por la atracción constante hacia el sexo, frente a la dificultad para alcanzarlo.

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Akihabara

Las conclusiones

Es perfectamente aceptable que cada mujer vista como quiera, la libertad debe ser lo primero. Pero esta libertad, basada en una sociedad machista donde se menosprecia a la mujer y donde se reprime a los hombres, resulta un arma de doble filo. Por poner otro ejemplo de sinrazón, los países musulmanes son igualmente represivos y machistas, pero no existe tal libertad de la mujer para mostrarse, al menos suprimen esa tentación. No sé qué será peor.

En Europa tampoco nos libramos por completo. Muchas mujeres y hombres se obsesionan por su cuerpo, por su vestimenta, pasan por cirugía e invierten su vida en un gimnasio, se cuecen al sol o en camas solares, todo con el fin de exhibirse par atraer al sexo contrario. Bien haríamos en recapacitar y centrarnos más en el interior. Al menos, se hace en situación de libertad e igualdad, y no existe ninguna represión enloquecedora.

La frustración y la represión terminan así, con gente desquiciada que termina perdiendo la cordura, con una sociedad tecnológicamente moderna, pero de lo más represora y retrógrada que he conocido hasta el momento. Al final, se convierte en una bomba de relojería. Me recuerda lo acontecido en 1937 en Nanjing, China, cuando los japoneses violaron a 20.000 mujeres con gran saña y desdén, aunque no fue un hecho puntual de aquella ciudad, sino un comportamiento arrastrado a lo largo de toda la guerra. También torturaron y masacraron a unos pocos cientos de miles de civiles inocentes. Por algo sería. Aunque tampoco han sido los únicos en proceder de esta manera.

Hoy en día muchas otras sociedades son reprimidas por multitud de métodos: religión, leyes, costumbres ancladas en el pasado, e incluso por miedos económicos causados por crisis financieras. Conflictos que surgen a lo largo del planeta porque a mucha gente se les veta lo que todo ser humano necesita: comida, agua, libertad, posibilidad de ganarse el pan, afecto natural, una vida sexual normal, una familia. Todo ello desemboca en rabia, en traumas, en destrucción material o de vidas humanas, y la posterior venganza concatenando ciclos eternos de odio. A veces, son venganzas contra gente que no tiene culpa de nada, elegidas por éste o aquél para pagar los platos rotos: limpiezas étnicas, odio racial, xenofobia, cazas de brujas. Ojalá que la sociedad global consiga un mayor equilibrio con el paso de las décadas, desarrollándose más igualitaria y razonable. Ojalá que todos los seres humanos logren su pedazo de felicidad y alegría, independientemente del país, religión, nivel económico o social del que procedan. Un bienestar global revertirá de manera positiva en todos y cada uno de nosotros, y es en sí mismo la única solución viable para que éste descarrilado mundo global tome un rumbo sensato.

6 de agosto, 2013

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