Sensatez desquiciada

“El deporte nos hace iguales a todos los seres humanos. A unos más iguales que a otros. En Japón, donde la sociedad es extremadamente seria y estricta, los japoneses me dejaron atónito al verlos dentro de un estadio de béisbol: el estadio de los Yokohama Marinos”.

DSC_9930 copia
Aficionados animando a los Yokohama Marinos, Yokohama, Japón

¿Cómo puede cambiar la gente tanto? Me preguntaba al verlos chillar sin descanso, cantar tocando palmas, decir tacos y reírse como locos eufóricos. Acudí al estadio con mi amigo japonés y otro colega suyo, pero progresivamente se nos fueron uniendo jóvenes hasta llegar a sumar unos diez. La misma acumulación progresiva ocurrió con las botellas de alcohol, refresco y bolsas de hielo. Quizá el botellón dentro del estadio fuese parte de la explicación a tanta efervescencia emocional.

Siendo serios; allí la mayoría de la gente no bebía, y la verdad es que aparentaban pasárselo terriblemente bien. Ver sonrisas en sus caras era un hallazgo excepcional por lo inusual. Cualquiera diría que iban al campo en busca de otra vida radicalmente distinta a la existente a pie de calle. Dentro del estadio ya no tenían que mantener la compostura ni sentía presión social alguna; o al menos no tanto como en plena urbe.

Los integrantes del grupo al que me había acoplado giraban en torno a los veinte años de edad, y algunos ni llegaban a esa edad. “Este amigo mío es un yakuza, pero es muy buena gente”, me confesaba mi amigo. Era el que más gamberro parecía, sin duda, haciendo unos gestos de karateka en pos de animar a su equipo que eran dignos de un documental en sí mismos.

El partido era tan insulso como cualquier otro partido de béisbol, así que a los veinte minutos lo que más diversión les proporcionaba a mis nuevos amigos era el emborracharse cantando y diciendo tacos o frases soeces del estilo: “¡quiero metértela!”, “¡tengo ganas de f…!”, etc. Ante lo cual la gente de alrededor se reía y los miraba con estupefacción.

Mientras tanto, mirábamos a las chicas que pululaban sin cesar por los pasillos, vendiendo refrigerios variados. Iban vestidas, casi disfrazadas podría afirmarse, de forma bastante peculiar, muy sugerente bajo los estándares japoneses: mujeres objeto, eran las muchachas. Sonreían como estúpidas y saludaban con la mano para llamar la atención de los aficionados. Enfundadas en faldas o en shorts, calcetines altos y vestidas de manera infantilizada, con colorines y gorrillas de jovenzuela.

Y así, sin parar, durante las más de dos horas que duró el duelo deportivo. Espero que les pagasen bien a las jóvenes, aunque lo dudo. Huelga decir que, de pillarme sacando una instantánea de incógnito a aquellas mozuelas, habría terminado poco menos que siendo desalojado del estadio, escoltado por la policía y con una multa bajo el brazo, por ser un pervertido acosador sexual peligroso. Así de desquiciados están por allí.

Sin estimar estas vicisitudes que me azoraban a mí, los aficionados gozaban sin igual en aquel ambiente festivo, elevando sus cánticos de ánimo, acompasados por palmas y golpes de cachiporras sonoras que marcaban sonoramente el ritmo de la fiesta. La pasividad soporífera que se veía en el terreno de juego contrastaba con la viveza de los espectadores, tan eufóricos que parecieran estar viendo otro partido distinto al que yo observaba. Les envidaba, por motivarse tanto ante tan poco; menuda habilidad.

Tras el partido, mi amigo y sus colegas, perjudicados por el alcohol, intentaban dar rienda suelta a sus instintos con comportamientos bastante salvajes desde el punto de vista nipón. Gritar, insultar, decirle cosas a las chicas… Ya en el exterior del estadio, la gente los miraba como si estuvieran viendo animales en el zoo, con gestos reprobatorios y no sin cierta vergüenza ajena, que yo también sentí.

Dentro del vagón de metro, ya de vuelta a casa, envueltos por el silencio mortificador que inexcusablemente reina en este transporte público, los desmanes antisistema de mi amigo japonés eran recriminados incluso por sus propios amigos, que a medida que se alejaban del estadio volvían a la compostura originaria. Yo, aunque también le pedía que se calmara y guardase silencio, en el fondo le comprendía. Solo quería dar rienda suelta a su libertad interior, natural y primigenia. Era posiblemente el más sensato de todos los allí presentes.

4 Junio de 2013, Yokohama

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s