Simulacro de catástrofe

No he dormido prácticamente nada en las dos últimas noches. Hoy, lo he intentado tumbado de forma incomodísima entre dos asientos del aeropuerto, encogido. Hasta las 5:30, cuando nos despertó un guarda de seguridad a gritos, tanto a mí como a los chinos que descansaban a mi alrededor.

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Caos en Shanghai

Me he dirigido hacia los mostrador de facturación con la confianza de que aquello no fuera tan caótico como lo fue anoche, pero cuando lo divisaba a lo lejos ya pude ver cientos de personas arremolinadas, empujándose e intentando colarse entre sí. Todos, aún, a la espera de que acudiesen los trabajadores de la aerolínea para abrir los mostradores y atenderles.

Vivir estas situaciones de cancelaciones múltiples de vuelos nunca es agradable, pero en China es aun peor. Confieso haber vivido una experiencia muy desagradable, a la que se unía que ya llegué muy cansado ayer tras volar desde Japón a Shanghai. Hoy, imagínate, entre el cansancio y el estrés acumulado en esta lucha constante por la supervivencia, estoy para partirle la cara al primer chino que me empuje o se me intente colar.

Me doy con un canto en los dientes si esta tarde puedo estar en casa, comer algo y ducharme. Avisé en la escuela de que hoy no puedo trabajar y, aunque no pasa nada, supone que dejo de ganar un buen dinero. Además, el gasto que me ha supuesto cenar y desayunar en el aeropuerto, mal y caro, más trasladarme anoche desde un aeropuerto de Shanghai hasta el otro, que ni eso ha pagado la compañía: ni comida, ni un hotel; una vergüenza. Pero cómo lo iban a hacer si aquí hay miles de personas que se han quedado tiradas igual que yo. Sería milagroso que consiguieran reubicarnos a todos hoy en otros vuelos, y yo cruzo los dedos.

Anoche éramos, como digo, miles de personas sin vuelo. Debido al tifón que azota la costa este de China, se cancelaron todos los vuelos que despegaban más tarde de las 21:00, tres decenas de vuelos aproximadamente. Retrasados y esperando despegar, otros veinte vuelos más. Los chinos gritaban, se estrujaban en turbas, empujando, buscando culpables, formando colas absolutamente desestructuradas en las que apenas se respetaba el orden. Como siempre, chinos intentando colarse por donde fuese.

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Vuelos retrasados y cancelados, en total unos 50.

Tras estar más de una hora sentado en el suelo, apoyado en uno de los pocos pedazos de pared libres para apoyar la espalda, decidí sumarme yo también a una cola, que por entonces tenía más de cien metros de longitud. Veía el mostrador de la compañía aérea tan lejos, y la ristra de personas avanzando tan lentamente, que perdí la esperanza de salir allí jamás.

Docenas de personas se acercaban directamente al mostrador, sin sumarse a la paciente cola, ante mi cara de estupefacción. Ante la incredulidad de que el resto de chinos no dijera ni pío. Cuando alguien intentaba saltarse un pedazo de la espera y se unía a la espera en mitad de la cola, yo saltaba indignado, hablando en chino, recriminando la actitud de los impostores, mas de poco servía. Llevaba ya una hora esperando cuando, cosa buena, dos muchachas se dispusieron a trabajar en otro ordenador del mostrador, acelerando así la tarea. Cosa mala, cuando cientos de chinos comenzaron a formar una nueva línea de espera ante este ordenador, creando una segunda cola y accediendo inmediatamente al mostrador. Lo lógico hubiera sido que de la cola que ya había fuese saliendo la gente, dirigiéndose a los tres ordenador que ya había. Pero no, allí nadie dijo nada, como borregos.

Tras una hora y pico de frustración, llegó mi turno. Justo entonces, un tipo apareció de la nada y se puso en el ordenador adyacente al mío, y comenzó a pedir que le cambiasen el vuelo, como al resto del mundo. Le dije que no tenía ninguna vergüenza por haberse colado a la mujer que iba detrás mía, y eso que a mí ya ni me iba ni me venía. A mi regañina se unieron dos o tres personas más, dejando al hombre en evidencia, callándose este tras un par de amagos infructuosos de defenderse.

Me cambiaron el vuelo, para la mañana siguiente, es decir, para ésta mañana. Pero en el otro aeropuerto de la ciudad, a dos horas en metro de donde estaba entonces. Salí corriendo para coger el metro, llegando justo 15 minutos antes de que saliera el último, a las 22:00. Aproximadamente a las 00:00 pude tumbarme en el duro y frío asiento metálico, ligeramente acolchado, que sería mi sostén aquella insufrible noche, en la que no pequé ojo.

Cené lo que tenía, algunas galletas. Esta mañana me tomé un café, y ahora acabo de comprar un zumo. No hay mucho más donde elegir. Lo vivido aquí me hace imaginar cómo sería encontrarse ante una crisis seria, alguna catástrofe económica, social o natural de cualquier clase. De las que ocurren varias veces todos los años en países lejanos que solo hemos visto en el telediario.

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Las masas en el aeropuerto de Pudong, Shanghai

E imaginarme cómo ésta se desarrollaría, aún peor si cabe, si la catástrofe fuese global. La gente luchando por salvar su propio trasero, sin respetar normas, y por supuesto sin respetar los derechos del prójimo. Luchar por sobrevivir necesariamente transforma la escala de valores humana civilizada, y no es difícil presentir, con algo a lo que podríamos llamar instinto, lo fácilmente que las masas podrían llegar en esas situaciones a matar a otros seres humanos. Es algo que me producía escalofríos. A punto de llegar a las manos estuvieron algunos chinos, increpando a los trabajadores de las líneas aéreas que no tenían culpa alguna de estar bajo aquel tifón. El tifón climático y el huracán de la ira humana.

Sin duda, lo vivido me ha servido de comprobación empírica para afirmar que, cuando se avecine lo que irremediablemente se avecina, con los miles de millones de personas que somos y más que seremos, vamos a vivir escenas lamentables. Que, de hecho, en muchas partes del planeta ya acontecen a diario, solo que no estamos acostumbrados a enfrentarlas aquí, en el mundo civilizado, exceptuando las que ocurren detrás de una pantalla, desde nuestro confortable sofá. Quizá, solo nuestros abuelos experimentaron escenas similares durante los tiempos de la guerra.

6 de Julio de 2013

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