Cambiando de nacionalidad

Sentado en el paseo marítimo de Qingdao, dos jóvenes chinas paseaban frente a mí cuando una le comenta a la otra, en chino: mira este extranjero, creo que tiene que ser de Pakistán. Le dije que no, que era español. Se le subieron los colores y me pidió disculpas, mas yo me lo tomé como un cumplido, pues eso signicaba que dos meses sin afeitarme habían surtido algún efecto. Al final las dos terminaron acompañándome un par de horas recorriendo la ciudad.

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Vista desde el paseo marítimo de Qingdao

Quizá fuese el calor de finales de Agosto, o el tener que pasear con la mochila a cuestas. Probablemente fuese el regresar a la polución de una ciudad china de 10 millones de habitantes. El caso es que por muy bonita que fuese Qingdao, yo estaba un poco a disgusto, y solo la compañía de estas dos simpáticas muchachas logró sacarme de mi incomodidad.

Mucho influyó, también, el que nada más poner tierra en China me dirigiese a la estación de tren para sacar billete en dirección Pingyao, pero estuviese todo completo hasta dos días después. Me refiero a tren cama, claro, porque ir en asiento normal suponía sentarse durante doce horas en un tren masificado con chinos de pueblo. Un suplicio al que ya me había enfrentado antes y que no ansiaba repetir de nuevo.

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Mis dos nuevas amigas de Qingdao

Sin posibilidad de subirme a un tren, me dirigí sin la menor dilación a la estación de autobuses. Allí encaré el mismo problema: no quedaba ningún ticket disponible para autobús cama. ¿Por qué demonios estaba todo lleno si no era fiesta nacional ni nada similar? Quise encontrar la explicación en que gracias a la creciente clase media china, cada vez eran más las personas que viajaban y, por tanto, la red de transporte cada vez estaba más saturada. Tendría que reservar los billetes con dos días de antelación a partir de ahora.

Por tanto, no tuve más remedio que adquirir un billete de autobús de 10 horas durante la noche, en un triste asiento donde apenas me cabrían las piernas. Entre las malas noticias y el cansancio acumulado, aquello me sentó como una bomba. Intenté verle el lado positivo: al menos sería más cómodo que ir sentado en el tren, aunque tampoco mucho. Tenía hambre y me quedaban 6 horas antes de marcharme de allí, así que me subí al primer autobús municipal que encontré y me bajé donde me dijeron que estaba medianamente cerca de la playa. Aprovechando un poco el tiempo.

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Una mujer china se sienta a la sombra en un parque junto al mar

Tras comer algo en una cafetería, que era lo único que encontré abierto a esas horas, me senté en un pequeño parque junto al mar, con su césped y sus árboles, y su tropa de turistas chinos paseando y haciéndose fotos ridículas. Yo me tiré en el césped, apoyando la espalda en mi mochila, y me quedé contemplando la escena un buen rato, buscando el relax.

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En China también esquilman los mares

Por el paseo marítimo de Qingdao abundaban los puestecitos de venta de souvenirs turísticos, que iban desde los ya manidos sombreros de colores que tanto gustan a los chinos, hasta las novedosas estrellas de mar y cangrejos que eran cocinados a la barbacoa. Otro tipo de comida que pude ver por allí fueron saltamontes fritos y ensartados en sus palos. Pinchitos de saltamontes, justo lo que iba buscando. Y quien piense que aquello es algo típico de Qingdao está muy equivocado. Lo que ocurre es que hay ciertas cosas que solamente le podrías vender a un turista con ganas de probar cosas nuevas. Estúpidas cosas nuevas.

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Un puesto de saltamontes fritos, para turistas
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Una casa colonial. A un chino podrá llamarle la atención, a mí me daba un poco igual

Tras pasear por el antiguo barrio colonial donde se erigen hogares de estilo arquitectónico alemán, me dispuse a despedirme de mis dos acompañantes chinas. Me acompañaron a una parada de autobús, donde les pedí que me indicasen cuál sería el adecuado para llegar a la estación de autobuses. Tuvieron a bien meterme en uno, mas cuando le pregunté al conductor si ese autobús se dirigía a la estación necesitada me dijo que no, bajándome en la siguiente parada. Perdido como estaba, tuve que correr varias calles, preguntado a unos y a otros, hasta subirme en un bus que me llevó a la estación de tren, y de allí uno más hasta la estación de autobuses. Llegué justo a tiempo, cuando ya estaba a punto de partir.

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La hora de la siesta es sagrada

En mi primer día como paquistaní la carretera ajustó los tiempos más de la cuenta; me estaba poniendo a prueba justo antes de comenzar el Gran Viaje.

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