Mucha humanidad

Humanidad es entrar en un baño público de una estación de servicio, a las cuatro y pico de la mañana, y nada más cruzar el marco de la puerta encontrarse de bruces con doce chinos, doce, en cuclillas soltando pestilentes boñigas al unísono, al ritmo de odorosos gases corporales y gargajos sacados de tan adentro que, no puede ser de otro modo, arrancan consigo todo atisbo de verguenza para poder afrontar la nula privacidad de acto tan íntimo como es sacar de dentro toda la mierda que llevamos.

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Un momento íntimo, o no tanto. Imagen cedida por Bruno Scarniet

Humanidad es aceptar con naturalidad y benevolencia lo violento de su situación: agazapados junto a una pérfida hendidura donde las inmundicias se apelmazan amortiguadas por un ponzoñoso hedor a amoníaco, separados del compañero de defecación por una nimia tablilla de made…ra que no alcanza el medio metro y deja libertad a las miradas, sin puerta delantera que los oculte ante las miradas del gentío que entra y sale a todo trapo por la puerta principal, compuesta por plásticos transparantes en forma de tiras que cuelgan desde el techo y que da directamente a la calle.

Humanidad es que, pese a todo, al entrar yo por la puerta todos esbocen una sonrisa, los doce, me miren fijamente y empiecen a comentar la jugada. ¡Un extranjero! ¡Lo que hay que ver! Yo no es la primera vez que veía algo así, pero el ser el protagonista de un show tan grotesco me resulto espeluznantemente obsceno. Giré 360 grados, sin saber a dónde dirigir la mirada o mis pasos, y eché de menos no tener la cámara de fotos en mano. O quizá fuera mejor así, pensándolo mejor.

Yo solo quería miccionar, y para ello me fui al rincón que había destino a las aguas menores, cosistente en otra hendidura menor en el suelo. Allí puesto, aún desorientado, dando la espalda a los acuclillados y otros espontáneos que se habían ido acumulando, allí, en el infesto cagódromo de carretera de mala muerte, y cuyas miradas de estupefacción intuía, sin riesgo a equivocarme, clavándose como zarpas impregnadas de heces en mi nuca. Imposible. Subí la cremallera y me fui a mear detrás del edificio, donde me sorprendieron los colores suaves del alba iluminando unas montañas cársticas salpicadas de verdes árboles. Mucho mejor ahora, así sí.

Ya se me había olvidado lo que era viajar por el interior de China: duro, violento, sucio, difícil, lento, cansado, pero jodidamente lleno de humanidad.

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Un pensamiento en “Mucha humanidad”

  1. Thanks for this great description of the normalcy of something in our experiences is not so normal. I have had similar experiences and doubt I ever will find them anything but intriguing (and gross). That is to say, I appreciate the opportunity to step into another’s norm for a moment and the intimacy of the toilet for me, is not the same for many.

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