Negro por dentro, amarillo por fuera

Desde el barco, aproximándonos a la costa China por Qingdao, una franja gris oscuro, muy oscuro, marcaba una podrida divisoria entre el cielo y el infierno. Considerada una de las ciudades mejores para vivir en China, mencionada en mi renombrada guía de viajes como un fantástico enclave para escapar de la polución del interior de China, Qingdao me pareció una triste ciudad de China. Una más.

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Un manto negro cubre el horizonte, es China

La ciudad tiene su encanto. Pero con sus bien conservados edificios de estilo germánico, su paseo marítimo plagado de turistas -incluido el menda que les escribe-, y múltiples cervecerías donde se sirve la famosa Tsingdao, Qingdao no dejaba de estar sumergida bajo una repulsiva atmósfera donde cada día vivido acorta los que quedan por delante. Desde el profundo mar impoluto me resultó temible la visión grisácea, y antes de llegar ya estaba deseando marcharme de allí.

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Qingdao, bonita pero tan contaminada como otra cualquiera

Esa misma tarde me largué a Taiyuan, donde los ojos y la garganta me picaban a rabiar debido a los gases emitidos por los miles de coches que saturaban el tráfico. ¿Cómo lo soportáis? Le pregunté a una chica que viajaba al lado mía en el bus. “Te terminas acostumbrando” me contestó, con una sonrisa. Pobre. Más que acostumbrando lo que terminas es jodiéndote y aceptándolo con resignación.

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Taiyuan, no he visto ciudad más fea. Bueno, sí, alguna sí.

Deseando huir cuanto antes de Taiyuan, tomé rápidamente un bus a Pingyao, milenaria ciudad amurallada donde el tráfico está totalmente prohibido en su centro neurálgico. Un paraíso de pocos kilómetros cuadrados. Cuando me aventuré a darme una excursión fuera de las murallas, en la moderna Pingyao donde ya no se veía turista alguno, descubrí que la ciudad no era más que otra Taiyuan, otra Qingdao, u otra Xian. Xian, donde estoy ahora.

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Al otro lado de la muralla, el mundo real

De Xian, se comprende tal nivel de polución: siendo una ciudad de casi siete millones de habitantes hay que aceptar que el tráfico sea apoteósico, que los buses se cuenten a millares y te arrojen a los pulmones una muerte lenta por sus mostruosos tubos de escape. Así que al final “te terminas acostumbrando”; es decir, te terminas jodiendo con resignación, y ya viajas en el bus con la ventanilla bajada y respirando a fondo la esencia de China, con satisfacción.

Esta noche me marcho de aquí, hacia el noroeste, hacia tierras salvajes y despobladas. No me lo creo ni yo, habrá millones y millones de chinos por todos lados. Pero tengo la confianza de que poco a poco me iré saliendo de las zonas super pobladas y seré capaz de respirar aire razonablemente nocivo en China. Todo un reto.

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Xian, una ciudad más con el cielo gris

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