El barrio musulmán, Xian

Encerrado en el corazón de los catorce kilómetros de perímetro de las colosales murallas de Xian, se encuentra el barrio musulmán más afamado de China. Son solo unas cuantas manzanas empotradas dentro de la China moderna, de ahí que destaquen sobremanera sus costumbres de procedencia étnica Uigur, originaria de la región noroeste de Xinjiang, a la que me dirigiría en pocos días.

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Unos chavales jóvenes se ríen en la cocina

Tan pronto como soltamos las mochilas en un hostal, mi nuevo compañero de viaje belga y yo nos pusimos en marcha hacia dicho barrio. Salimos de una calle abarrotada de tráfico y edificios modernos para meternos en un área cortada a los vehículos, de aire añejo y tradicional. Aunque inevitablemente algunas motos y mini furgonetas se colaban circulando a toda velocidad entre el gentío, de forma tan peligrosa como ocurre a diario en el resto de China.

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Fotos de boda de una pareja Uigur, en la Mezquita de Xian

Estábamos tan aletargados tras las muchas horas de autobús que el cambio de ambiente fue un regalo para nuestros sentidos. Nos cambió el ánimo instantáneamente, llevados de la mano de las agradables, hospitalarias y cercanas gentes musulmanas. No había trozo desaprovechado en sus calles, llenas de tiendas de frutos secos, especias o ropa; restaurantes, puestos callejeros de tofu, caldos, tortillas, barbacoas, panaderías, carnicerías y un sin fin de variedades más, todas entremezcladas y dignas de ser admiradas por su toque genuino.

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Los musulmanes terminaban de abarrotar el barrio con la alegría de sus risas, los colores de sus ropas, su música, y con los olores de su comida especiada. Tan pronto veían que podía hablar chino se mostraban prestos a entablar conversación de tú a tú, tal y como lo haría una persona sencilla. Quedaba clara su disposición a través de sus miradas y gestos de expresión sincera y humilde, ciertamente contrapuestos al modo escéptico o hipócrita con el que trata a veces el chino de a pie al forastero. Quizá porque tanto los musulmanes que conocí allí como yo mismo nos sentíamos igualmente extranjeros en China. De algún modo podría entenderse que tenían más en común con nosotros que con los chinos Han –los Han son la etnia dominante en China-.

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Un joven baila para nosotros, descansando en su tarea de hacer pan

Tomé primeros planos a muchos de ellos, que se prestaban sin dudar, con una sonrisa en la cara; me retraté junto con algunos para inmortalizar la breve amistad que nos unía, nos contamos historias e intercambiamos apretones de manos. Con su simpatía nos dejaron gratamente impresionados, dejándonos la certeza de que estaban hechos de otra pasta.

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Un tendero me entrega una especie de kebab, aunque estaba más seco…

Este viaje va a poner a prueba muchos conceptos y estereotipos auto inculcados, acaso inoculados por los medios de masas o creados tal vez por intereses empresariales o gubernamentales. Algunos también serán, como no, reales. Pero para salir de dudas tendré que proseguir viajando y desentrañando. Aquí comenzaba la Ruta de la Seda.

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