¿Qué más se puede pedir?

“Puertas que en sí mismas concentraron los deseos y temores de millones de personas a lo largo de los siglos. Historia en sí mismas, leyenda, casi un dios al que rezarle o al que temer, eran aquellas moles de madera colgadas de sus goznes.”

DSC_1768 copia
Auténtico. En Jiayuguan.

Desde Zhangye decidimos, admito que en un impulsivo ataque de ansiedad viajera, coger un tren que salía a media noche y llegaba a las tres de la madrugada a Jiayuguan, noroeste de China, donde nos esperaba el anhelado comienzo del desierto. A las 04:30 me acosté, y a las 09:30 me desvelé sin vuelta atrás.

DSC_1743 copia
Primeros bazares en la Ruta de la Seda

La falta de sueño no frenó los impulsos de seguir adelante, e instantáneamente la carretera nos proveyó de un auténticamente pueblerino mercado callejero, de una sola calle, que por azar hallamos no lejos del hotel. Comimos a lo largo de los puestos callejeros: tortilla en forma de bola con algunas verduras dentro; mantou chino, que es una especie de pan vaporizado en vez de horneado; y una zanahoria que pelé con el cuchillo que la abuelita del tenderete me prestó a tal efecto. Allí no habían visto un extranjero en eones, y el interés mutuo en conversar desembocó en agradables momentos.

DSC_1748 copia
Curiosas escenas de mercado

Por ejemplo cuando entablé un diálogo con un vejete de extensa barba blanca, que admiré con adoración, y que nos invitó a acompañarle a la mezquita del pueblo, que nos enseñaría gustoso. Estaba la mezquita situada al final de la calle del mercado, y allí dentro pude tener mi primera conversación sobre religión islámica en este viaje, guiado por varios chinos musulmanes deseosos de compartir sus costumbres con el extranjero.

DSC_1777 copia
Mi amigo
DSC_1778 copia
Mi amigo nos guía a la mezquita
DSC_1783 copia
Minarete de la mezquita, el primero que veía en mi viaje

A continuación nos dirigimos al histórico puesto fronterizo de Jiayuguan, un fuerte con sus murallas intactas –rehabilitadas con toda probabilidad-, sus torres, sus cañones, y hasta sus chinos disfrazados de soldaditos de época.

DSC_1932 copia

Todo reconstruido intentando imitar el diseño original, lo que le ha garantizado la declaración de Patrimonio Mundial UNESCO. Era fácil dejar volar la imaginación y recrear en la mente lo que aquello fue hace mil años. La parte negativa es que media fortaleza estaba en obras de restauración, entre andamios, obreros y ladrillos que rompían el encanto, cosa muy habitual en China por otro lado.

DSC_1921 copia
El fuerte de Jiayuguan visto desde fuera

A mí siempre me han gustado las fortalezas y las historias de frontera, y el verme situado allí, bajo el marco de la puerta que en tiempos del Imperio daba salida hacia terrenos indómitos, que simbolizaba el fin de la civilización conocida y el último lugar al que se le podía llamar hogar, me hizo sentir rebosante de emociones.

DSC_1874 copia

Especialmente al encarar las enormes puertas abiertas ante el abrasante y cegador sol de la media tarde, encarando el vacío de la llanura desértica por el que venían los enemigos. O, para los que se atrevían a ir en la dirección opuesta, el camino hacia el oeste: la Ruta de la Seda que surcaba miles de kilómetros hasta dar a parar en la lejana y vieja Europa. Allí, con un nudo en la garganta, me sentí como un aventurero de otra época.

CSC_1905 copia
Camellos para pasear turistas

Otrora era una exigencia disponer de un pasaporte especial para cruzar aquellas puertas, y los soldados que por allí salían nunca tuvieron la certeza de flanquearlas una vez más, ya de camino a casa. Así como los enviados al destierro aceptaban la imposibilidad de reingresar, los enemigos ansiaban a toda costa echarlas abajo y conquistar su interior. Puertas que en sí mismas concentraron los deseos y temores de millones de personas a lo largo de los siglos. Historia en sí mismas, leyenda, casi un dios al que rezarle o al que temer, eran aquellas moles de madera colgadas de sus goznes.

no retorno copia
Cruzando las puertas de camino a la nada insondable

Al anochecer regresamos a la calle del mercado, donde varios puestos de comida habían surgido ahora para proveer la cena. Un puesto de carne a la barbacoa atrajo nuestra atención, y les pedimos que nos hicieran un roujiamo: especie de kebab de cordero. El pan calentito, la carne como la que podría haber preparado mi abuela, carne local, de calidad y jugosa, especiada y un poco picante, que conformó un bocado inmejorable tras tan intenso día. ¿Qué más se puede pedir? Otro roujiamo, por favor.

Anuncios

2 pensamientos en “¿Qué más se puede pedir?”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s