Lagartijas del desierto

“Con el frescor de la mañana completamos un recorrido fascinante surcando las cumbres de las dunas, subiendo y bajando de unas a otras; deteniéndonos a contemplar las ristras de camellos atravesando el desierto, transportando cachos de carne enfundados en zapatones naranja fosforito; admirando el oasis rodeado de dunas por el que el lugar fue famoso originariamente, sentándonos, saltando, respirando, escupiendo arena. Viviendo el desierto.”

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Se acercaba el desierto de dunas de Taklamakan

Estando cerca de Dunhuang, cada vez más al noroeste de China, el paisaje cambia drásticamente y se desertifica exponencialmente a cada paso. Únicamente interrumpido por los pocos árboles plantados y mantenidos por la mano del hombre y los impulsos reforestadores del Partido, además de por miles y miles, y miles, de generadores de energía eólica. Pese a ser tantos, suponen una mínima parte del consumo eléctrico del gigante chino, devorador de energía y, pronto, del planeta en general.

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Ya en Dunhuang, sin salir de la estación de autobús, nos llevamos la primera mala nueva: no había autobús cama disponible hasta pasados tres días. Eso nos obligaba a sentarnos en un bus de línea durante dieciséis horas hasta Urumqi, una pesadilla que sólo de imaginarla ya me ponía de mal humor.

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Esta simpática chinita no paraba de mirarnos y hacernos fotos

No quedaron ahí los malos ratos, y a la hora del almuerzo nos quisieron engañar por tener cara de turistas. Casi terminamos a las manos allí entre unos pocos, con amenazas de policía que quién sabe cómo hubieran terminado. Al final nos fuimos pagando la mitad y con la certeza de que un chino es capaz de matar por un par de euros. De todo aprende uno. Dunhuang era rematadamente caro al ser un destino turístico estrella, como pudimos ir comprobando durante las horas y días sucesivos.

Por si no fuese suficiente, en el hostal también recibí mi ración de realidad en forma de cultura china moderna. Además de caro, resultó inaguantablemente ruidoso gracias a la fiesta que se traía montada una piara de chinos borrachos en el bar de la calle de abajo, cantando con su karaoke hasta las dos de la madrugada. Pedí que nos cambiaran de habitación si había otra disponible, en la otra punta del edificio, pero en aquella calle también tenían guateque. De todos modos allí ya era soportable –usando los tapones de los oídos- y caí rendido al cansancio.

Entre estos problemas y otros retrasos, este primer día transcurrió sin que hiciéramos absolutamente nada de nuestro agrado. Fue un desastre desde por la mañana hasta la noche, lo que nos dejó un resquemor contra Dunhuang que derivó hacia una repulsa hacia los centros de turismo de masas que jamás me abandonaría ya. Todo quedó pendiente para el día siguiente. Viajar es jodido a veces.

Por fin, la siguiente mañana visitamos las dunas del desierto de Taklamakan, que aunque no os sonará de nada es hermano del renombrado desierto de Gobi, uno al ladito del otro. Se levantan, las dunas, de la nada. Como si las hubieran plantado a propósito al pie del asfalto que sirve como plataforma de lanzamiento de hordas de turistas –no vimos ninguno que no fuese chino-, las cuales se adentraban con horripilantes fundas naranja fosforescente cubriendo sus zapatos.

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Por su alquiler pagan 2€, con el fin de no llenarse los pies de arena, y pagaban a gusto porque es lo que estaba de moda, bajo su incomprensible punto de vista. Algunos incluso se reían porque Bruno y yo no llevábamos aquel engendro zapatil, poco menos que tachándonos de pobres o de mentecatos. Mire señora, que yo me lleno los pies de arena muy a gusto, y subo las dunas descalzo como Ali Baba manda porque así me sale de los mismísimos desiertos. De los dos: Taklamakan y Gobi. Que yo si voy a una duna es para llenarme de arena, oiga.

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Interminables filas de camellos atraviesan las dunas portando turistas

Los muy insensatos se ponían los cubre zapatos hasta para subirse a los camellos, sin tener que llegar a pisar un átomo de arena en todo el trayecto. Los pobres animales, jorobados, también se alquilaban a las hordas, que les llevaban hasta lo alto de una duna distante para no tener que poner pies en polvorosa y cansarse. Pagar dinero para facilitar el no poder experimentar la experiencia. No lo entiendo, será que no soy chino. Afortunadamente para nosotros, los que se atrevían a subir a pata eran pocos, aunque tan ruidosos como siempre. Con el frescor de la mañana completamos un recorrido fascinante surcando las cumbres de las dunas, subiendo y bajando de unas a otras; deteniéndonos a contemplar las ristras de camellos atravesando el desierto, transportando cachos de carne enfundados en zapatones naranja fosforito; admirando el oasis rodeado de dunas por el que el lugar fue famoso originariamente, sentándonos, saltando, respirando, escupiendo arena. Viviendo el desierto.

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Subiendo dunas

Me senté sobre la cumbre de una de las dunas más altas del lugar, sin un alma en cientos de metros a la redonda, dominando una visión del mar de dunas hasta donde el claro día permitía otear. Allí me dejé llevar por el fresco viento paulatinamente caldeado por un sol que nacía, a la par que mis pensamientos fluían libremente oscilando como la arena que volaba en derredor. El desierto es un lugar precioso que te atrapa con su encanto; pero tras unas horas nos enseña la cara más dura del planeta donde vivimos, ejemplificada por la ausencia de vida que allí se da.

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Un precioso mar de dunas

Éste ir y venir de pensamientos me hizo concluir que durante la etapa escolar los niños deberían marchar en excursión y vivir unos días en el desierto, de forma sucinta, comiendo lo básico, con el agua justa para beber. Sin ducharse, sintiendo el calor del día y el frío de la noche sin aire acondicionado ni calefacción. Simplemente para que desde la infancia apreciáramos el valor del planeta donde vivimos, de sus recursos, de lo verde; esas bondades de la generosa naturaleza que tanto despilfarramos y menoscabamos. Así nos enteraríamos de que con cada acto cruel contra ella estamos más cerca de vivir en un desierto, bonito pero inhóspito, como lo era aquel en el que mi mente vagaba.

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El pequeño oasis

De repente una pequeña lagartija, de no más de tres centímetros de largo y color del desierto, subió inocentemente corriendo por mi pierna y, ante mi estertor repentino, saltó de nuevo hacia la arena enterrándose junto a mi pie. No pude volver a encontrarla, desapareció para siempre entre los finos granos, pero aquel corto sobrevuelo de vida me llenó de esperanza, me animó a seguir adaptándome al entorno, a tener confianza en la posibilidad de pervivir aun en ambiente hostil. La envidiaba, pensé, quisiera ser como una lagartija del desierto.

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Estando tal que así, sobrevino mi amiga la lagartija del desierto

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