Cosa de aficionados

“El espacio es igual de pequeño para todos, le proferí indignado, y seguí empujando el respaldo para debajo ante su resistencia invencible. Tuve que desistir con el respaldo a medio bajar, porque la otra opción era partirnos la cara allí mismo.”

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Sombra del autobús en marcha estirada sobre el desierto, al anochecer

Desde Dunhuang, hogar de enormes dunas, queríamos desplazarnos hasta Urumqi, capital de Xinjiang, pero aquel día no existía disponibilidad ni de tren cama ni de autobús cama. Sintiéndolo mucho por nuestras ya de por sí muy sobrecargadas espaldas, nos vimos en la necesidad de comprar billete de autobús de línea hasta Urumqi. Dieciséis horas sentados sobre un duro y viejo asiento maloliente, con un minúsculo espacio tamaño chino donde no se pueden estirar las piernas.

El camino entre Dunhuang y Urumqi tiene más baches que la economía española, lo cual, junto con el repugnante olor desprendido por algunos pasajeros que nos acompañaban, generalmente chinos de clase bastante pobre, prometían revolver estómagos y poner a prueba nuestro aguante hasta el extremo.

Un chino que tenía sentado detrás, cuando eché para abajo el respaldo del asiento, empezó a pegarle manotazos y patadas en señal de disgusto: quería el mozo que yo fuese las dieciséis horas con el respaldo derecho como una vela. El espacio es igual de pequeño para todos, le proferí indignado, y seguí empujando el respaldo para abajo ante su resistencia invencible. Tuve que desistir con el respaldo a medio bajar, porque la otra opción era partirnos la cara allí mismo.

El muy guarro me tiraba la basura debajo del asiento, incluido un chicle que quedó pegado a una de las tiras de ajuste de mi mochila, que tuve que cortar después. En un momento de descanso en un área de servicio durante la madrugada, se lo enseñé y se calló como una perra, aprovechando el golpe de efecto para bajar el respaldo del todo, ante su total silencio. Menudo chino hijo de perra, bien que tenía bajado el suyo hasta los topes en ese momento.

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Zona de molinos eólicos. Muchos eran de Gamesa

Cada vez que despertaba tras una corta cabezada, avistaba al otro lado del cristal la misma escena de una planicie desértica plagada de molinos eólicos, flanqueados por arenosas montañas peladas y mondadas. Así durante horas. Divisando ese escenario me alcanzó el amanecer, ya cerca del destino. Agotado física y mentalmente tras aguantar que el conductor se fuera a dormir de 2 a 6 de la madrugada, dejándonos en una estación de servicio en medio del desierto sin nada mejor que hacer. También nos tocaron las narices las lentitudes burocráticas de varios puestos militares en el que controlaron la documentación de todos los pasajeros: Xinjiang es zona de peligro para el Partido, igual que Tíbet.

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Hasta el amanecer

Intentar dormir en un espacio minúsculo, incómodo y agresivo no es tarea fácil. Sentado con la cabeza para atrás, o para abajo; o con el culo para un lado o para el otro; la cabeza en la ventana, el codo haciendo palanca en el marco de la ventana para aguantar la cabeza, los brazos en cruz o con la mano atada a la cortina para amortiguar la cabeza contra el cristal; o con la chaqueta liada a la cabeza a modo de almohada portátil, o apelmazada entre el hombro y la ventana mientras se desliza lentamente hacia abajo hasta que te das con la cabeza en el cristal; apoyado como sea en el compañero de viaje, o apontocando la cabeza en el asiento de adelante, o poniendo los brazos sobre las piernas y la cabeza sobre los mismos. O con las piernas subidas a la ventana haciendo tracción sobre pequeños resortes para que no se vayan al suelo al conciliar el sueño. Una pesadilla que solo terminaría al poner pie en Urumqi.

Procurar conciliar el sueño durante dieciséis horas en estas circunstancias pone a prueba tu imaginación, además de tu paciencia. Puedo asegurar que en comparación con las posturas que allí se conciben, el Kamasutra parecerá cosa de aficionados.

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