El ogro de Irkeshtam

“Era la personificación de la violencia, aquel bárbaro. Me lo imaginé en uniforme militar haciendo las veces de genocida, mascullando palabras de odio visceral mientras escupía su rabia y descerrajaba tiros a bocajarro”

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El autobús de marras

El día empezó temprano en Kashgar, embarcando en un autobús excesivamente herrumbroso incluso para el noroeste de China. Tenía una explicación: por su matrícula supe que me enfrentaba a un autobús de Kirguizistán, país cuya renta per cápita está en el puesto 143 de 227 países, justo entre Malawi y Ruanda.

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Mujeres uzbecas, compañeras de viaje

De Kirguizistán era también su conductor, un gigante de metro noventa y no menos de ciento diez kilos de brutalidad consumada, que no sabía hablar sino era vociferando y haciendo aspavientos violentos con unas manazas de las que colgaban dedos bastos como longanizas de pueblo. Además, era tuerto. Repito, tuerto; el conductor era tuerto, literalmente carente de visión en un ojo. La mezcla era explosiva, y me recordaba a algún monstruo deforme sacado de El Señor de los Anillos, mas sin necesidad de atrezo para caracterizarse.

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El ogro, tuerto

Sin posibilidad de comunicarnos en ningún idioma común, se llevó nuestros pasaportes a gritos, de mala manera, hacia el interior de la estación de autobuses. Regresó con las manos vacías y replicó enfurruñado cuando le pregunté por ellos. Un par de minutos después se enfadó con un hombre y, mientras le gritaba atronadoramente a corta distancia, escupiéndole visiblemente con cada palabra que expulsaba, empezó a zarandearlo como si fuera una maraca en el Carnaval de Río. Se enfadó, también, cuando vio que aún no habíamos soltado la mochila en el autobús. Se enfadó, otra vez, cuando la soltamos donde no era. Se enfadó cuando una chica llegó tarde. Se enfadó con alguien desconocido que se achantaba al otro lado del teléfono, a la par que conducía y fumaba cigarro tras cigarro. Se enfadó con el mundo exterior escupiéndole sonoros gargajos a través de la ventana del autobús, en repetidas ocasiones.

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El ogro tuerto

Era la personificación de la violencia, aquel bárbaro. Me lo imaginé en uniforme militar haciendo las veces de genocida, mascullando palabras de odio visceral mientras escupía su rabia y descerrajaba tiros a bocajarro al primer ciudadano que se le cruzara por el camino. Aquel hombre era la clase de persona que empezaba guerras y disfrutaba masacrando, pensé mientras le detestaba desde mi asiento, dos metros más atrás.

Se enfadó cuando mi manta rozó el suelo, gritándome vete tú a saber qué. Se enfadó con mi compañero belga y le pegó un empujón cuando se subió al autobús demasiado despacio después de hacer una parada para descansar. Se enfadó con todo ser vivo, incluidas plantas diría yo, que se cruzó por la carretera, tocando el ensordecedor claxon una media de quince veces por minuto, sin exagerar, impidiendo todo descanso y manteniendo al personal en un estado de ansiedad permanente.

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Puesto fronterizo chino en mitad del monte

Estaba enfadado incluso ante los soldados del Ejército Popular Chino que nos pararon en el puesto fronterizo de control de pasaportes. Un soldado subió a bordo preguntándole que si él, siendo conductor, iba a seguir el camino hacia Kirguistán o nos iba a dejar en el puesto fronterizo y darse la vuelta como hacían otros conductores. El horripilante engendro kirguizo le gritaba, en vete tú a saber qué idioma, “¡diez! ¡diez!”, como pude entender por los diez toscos dedos que agitaba frente a la cara inquieta del soldado. Cada vez que éste repetía la pregunta, desesperado, el ogro kirguizo le mostraba de nuevo sus diez herramientas, gritando más y más fuerte, más y más enfadado, “¡diez! ¡diez!”, en una escena que prometía un sonoro guantazo al soldado chino como siguiera insistiendo en sus preguntas.

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4 kirguis, 3 uzbecos, ¿1 tayico?, 1 belga y 1 español

Curiosamente, de las diez personas que íbamos en el autobús yo era el único con conocimientos de chino suficientes como para entender aquella pregunta, pero a esas alturas de la película le tenía tanto repudio al conductor que me quedé en mi sitio. Decidí no arriesgarme a intentar ayudar. En definitiva, no podía traducirle al kirguís ni al ruso, y no importaba cuán grande fuese mi buena voluntad, que si me metía en medio igual pillaba yo también.

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Militar kirguís armado con un K-47 registrando el bus

Solo se tranquilizó, aquel mal bicho, cuando llegamos al puesto fronterizo del lado de Kirguistán, viéndose rodeado de gente de su propia etnia, uniformados y portando AK-47, con los que se abrazaba animoso. Una vez pasado el trámite fronterizo el Sol empezó a caer. El ogro hizo sonar música de su tierra natal desde su puesto de comandante al volante de aquel autobús de mala muerte que, si ya botaba como una atracción de feria en la carretera mejor asfaltada, imaginaros cómo se retorcía e inclinaba sobre las zigzageantes carreteras de alta montaña a más de 4.100 metros de altura sobre el paso de Irkeshtam.

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En mitad de las montañas, el pequeño pueblo de Irkeshtam

Parecía vivir en un eterno mal día, aquel monstruo, tuerto, os recuerdo, que nos transportaba en su destartalado autobús de la extinta Unión Soviética a través de precipicios entre curvas de ciento ochenta grados. Pero cuando puso la música nos sentamos a su lado, sobre la cálida tapa del motor, y no sé como terminamos todos bailando música kirguís entre los picos nevados, mientras la obscuridad tomaba el mando. Una suerte de música “reggaeton” kirguís, para ser exactos, con la que levantábamos ambas manos al aire haciendo el ganso, también el conductor, soltando el volante varias veces, y sonriendo por primera vez.

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