Los Autos Locos de Kirguistán

“De otro modo nos habríamos matado en la primera curva tomada a aquellas velocidades. Lo peor, sin duda, fue la manera de conducir de ese energúmeno, que se reía como un poseso y vivía cada metro de carretera al límite, sin mesura, recordándome al personaje Dean Moriarty del libro On the Road”.

carretera hacia Osh
La carretera hacia Osh

Alcanzamos Osh, ciudad de Kirguistán, a las diez de la noche en lugar de a las nueve de la mañana como marcaba el horario previsto. Quizá porque al día siguiente era festivo en China, quizá porque en esta época del año hay menos gente transitando entre ambos países, pero el caso es que los trámites fronterizos fueron bastante rápidos y el tráfico en la carretera escaso.

Dado que nos habíamos ahorrado once horas respecto al horario previsto, decidimos intentar llegar de un tirón hasta Bishkek, la capital kirguís, ni más ni menos que a 620 kilómetros al norte de allí. Por desgracia a esas horas de la noche parecía no haber ya transporte público. Es más, no había prácticamente nadie en la calle: Kirguistán no eran China, estábamos en Asia Central. La única opción era recurrir a los taxis privados, una forma muy común de transporte en este país aunque yo aún no tenía ni la menor idea de cómo buscarlos ni de cómo funcionaban.

Pero la Carretera, mi amiga, me lo brindó en bandeja, mejor que planeado. Inmediatamente tras bajar del autobús, antes siquiera de darnos tiempo a colgarnos las mochilas, se nos acercaron dos chicos jóvenes preguntando: “¿Bishkek, Bishkek?”. Les dijimos que sí, que cuánto, y nos propusieron la que interpretamos como aceptable cantidad de 1.000 soms (unos 14 euros) por cabeza. Nos prometieron estar en Bishkek a las 7 de la mañana, lo cual encajaba perfectamente en nuestros planes solicitar visado antes de las 11:00 en la Embajada de Tayikistán.

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El Subaru tuneado, en la gasolinera antes de partir

Subimos sin dilación en su Subaru tuneado, con faldones deportivos en el exterior y neones azul fosforito en el interior. Se trataba probablemente del vehículo con más fuerza de aceleración de todo el país, aquel Subaru. El conductor, de veintiún años, cumplió a la perfección con la descripción ofrecida por mi guía de viaje, y conducía como si no le esperase un mañana mejor. La primera lección aprendida en Kirguistán fue nunca jamás volver a subirme a un coche conducido por alguien más joven que yo. Pero ya era noche cerrada, en mitad de aquel país desconocido, y bajarse del coche se antojaba poco recomendable. Solo quedaba cruzar los dedos, tener fe en que mi abuela hubiera encendido suficientes velas en su altar y confiar en su buena mano con el de arriba.

El camino empezó a empinarse y curvarse exponencialmente una vez pasados los primeros 150 kilómetros de los 620, y el loco conductor aceleraba y frenaba ante cada curva cual lo haría si se hallase compitiendo en un rally por su vida. Innecesariamente aceleraba y desaceleraba en plena recta, sin razón aparente, como si solo quisiera comprobar el potencial de su trucado bólido, provocando que en el asiento de atrás no supiéramos a qué agarrarnos para no dar tumbos de adelante hacia detrás o de un lado a otro. Así mismo, dormir fue misión imposible durante las horribles nueve horas de recorrido, salvo por dos horas que el prudente muchacho paró a dormitar en un área de servicio.

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Inclinado sobre el volante, que estaba al lado derecho pese a conducir por la derecha….

Una pesadilla surrealista. Nos salvó el que por aquellas carreteras en el culo del mundo no circulaba apenas tráfico, menos aún de madrugada, y que el chico, todo hay que decirlo, conducía con cierta habilidad. De otro modo nos habríamos matado en la primera curva tomada a aquellas velocidades. Lo peor, sin duda, fue la manera de conducir de ese energúmeno, que se reía como un poseso y vivía cada metro de carretera al límite, sin mesura, recordándome al personaje Dean Moriarty del libro “On the Road”. También podría encarnarse en un participante de “Los Autos Locos”, con el estúpido sinsentido de su manera de conducir.

El viaje terminó a las siete de la mañana tal y como prometieron la noche anterior, pero lo hizo en mitad de la nada. Justo después de que el copiloto nos informase de cómo su amigo, el desquiciado piloto, había alcanzado la feliz velocidad de 220 kilómetros por hora en plena recta. Una interminable recta, era aquella carretera que unía dos estribaciones montañosas donde el Subaru fue a pararse súbitamente, sin combustible. El chaval, ni corto ni perezoso, empezó a reírse como si le hubieran contado el mejor chiste del mundo, diciendo “shit”, única palabra que sabía en inglés, entre sonoras carcajadas, sin mostrar el más mínimo desasosiego o contrariedad, como si todo fuese una gracieta cojonuda que nos fuera a alegrar el día.

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Allí mismo nos quedamos tirados

Yo, concienciado con el medio ambiente y con el ahorro energético, ya me olía que si aquel chalado conducía de esa forma tan poco eficiente los 2.000 soms con los que llenó el depósito no iban a bastar para cubrir la distancia hasta Bishkek. Lo que no calibré es lo rápido que el coche pasó de tener el tanque a mitad de capacidad a tenerlo en reserva. Sucedió en poco más de una hora: los 220 kilómetros por hora de velocidad se lo engulleron provocando torbellinos en el depósito.

Nos afirmaron que estábamos a noventa kilómetros de Bishkek, empleando el teléfono móvil para escribir los números. También nos comunicaron que a cinco kilómetros de distancia había una gasolinera, y tras perder veinte minutos de nuestro tiempo, que empezábamos a mirar con lupa porque solicitar el visado tayico pendía de un hilo, el copiloto hizo autostop y se subió a un camión en dirección a la susodicha gasolinera. Yo, de no tener cosa más interesante que hacer que observar a aquel niñato, terminé perdiendo la paciencia con él, y tras declararle en varias ocasiones que el altercado no tenía ni puñetera gracia decidí hacer autostop y llegar por mi cuenta a Bishkek. Además de aseverarle que conducía lastimosamente, lo cual le dolió en su patético orgullo de conductor de rallyes.

Hubo éxito, porque en menos de cinco minutos paré un monovolumen Honda conducido por un hombre de unos cincuenta años que hizo gestos inequívocos para que nos subiéramos, sin poner ninguna pega. Tenían razón, pasamos la gasolinera a los cinco kilómetros; pero Bishkek estaba aún a 160, y quedaba poco tiempo para llegar a la Embajada de Tayikistán antes de que cerrase a las 11:00.

Cruzamos otra imponente cadena de montañas, de forma más segura y relajada esta vez. Al descender y divisar Bishkek, nuestro conductor tomó un camino secundario y terminó parándose a las 9:30 de la mañana en una especie de oficina gubernamental de barrio, aparentemente a solucionar sus papeleos personales. Como el tipo nos había rescatado bondadosamente de la carretera no nos sentíamos con derecho a elevar queja alguna, aunque a las 10:00 ya empezamos a meterle algo de presión con el fin de llegar a la Embajada antes de que cerrase. Llamé a la Embajada por teléfono para que el conductor, que por supuesto no hablaba inglés, pudiera preguntar por la dirección. En ruso, que Bruno más o menos chapurreaba, nos dijo que tranquilos, que ante de las 11:00 estaríamos allí. Nos pusimos en marcha a las 10:30.

Mis recientes experiencias en China y, sobre todo, en Kirguistán, me habían enseñado a ser desconfiado en lo que a dinero se refiere. Deduciendo que íbamos con el tiempo muy justo, ejemplificado por la forma kamikaze que había adoptado el otrora tranquilo conductor, decidí que: si el hombre era realmente un alma caritativa que nos había recogido en la carretera, se merecía que le diésemos algo de dinero, digamos 4€ -sé que es poco, pero la esencia del autostop es que se supone que vas a dar 0€, por eso es interesante-. Por el contrario, si el hombre era como yo temía que fuese, desconfiado de mí, y nos pidiera dinero por el viaje, mejor solucionarlo antes de llegar a la embajada porque ya íbamos con el tiempo demasiado justo como para pararse a discutir.

Cuando le dimos 200 soms, agradecidos, el tipo los rechazó con desprecio y pidió directamente 1.200 soms, 20€. Nos informó, a buenas horas, de que él era taxista y no nos había traído por amor al arte. Le dije yo que un taxista no se para en una oficina a arreglar sus papeles, dejando al cliente en el taxi. Por otro lado, el precio que nos pedía era a todas luces excesivo: por un trayecto incluso más largo pagamos 1000 soms varios días después, en otro vehículo como el suyo. Además, que el tipo tenía que ir hacia Bishkek independientemente de habernos recogido o no, y tampoco nos avisó en su momento del negocio que pretendía. Un trápala, resultó ser aquel otro conductor.

Sin haberle entregado un duro, y evitando discusión alguna, nos apeamos del vehículo a las 11:00 en la puerta de la Embajada de Tayikistán, tras ver cómo el timador se perdía y preguntaba por la Embajada varias veces. Entré a tramitar el visado y el tipo se quedó fuera esperando malencarado, hasta que quince minutos después salimos, le dimos 1.000 soms por no buscar más complicaciones potencialmente policiales, y el tipo se fue de allí más contento que nadie. Teniendo en cuenta que cuando nos recogió iba irremediablemente en dirección a Bishkek, el sacarse 1.000 soms inesperados le alegró el día y, posiblemente, la semana.

Así terminaron las primeras 18 horas en Kirguizistán, tras enfrentarme a tres conductores de novela en las últimas 24 horas. Por mi parte, tras pagar 75$ conseguí mi visado de Tayikistán con su permiso GBAO para poder circular por la zona entre Murgab, Khorog y la zona fronteriza con Afganistán, donde estaré si todo sale bien la próxima semana.

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