Hacia Osh en familia

“Yo estaba sudando de calor, pues el sol apretaba con energía, pero quién iba a ser el guapo de llevarle la contraria a tal respetable y poderosa señora. Por dos veces me impelió a abrigarme, y yo ya no me atreví a quitarme el forro polar hasta que horas después la observé desprenderse de su abrigo de leopardo…”.

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Mis abuelos kirguís

Me desperté en Bishkek enfrentándome al mundo en solitario, tras despedirme de Bruno con el deseo de reencontrarnos en otro viaje que nos aguardase en el futuro. Mi nuevo objetivo era desplazarme 700 kilómetros al sur, cruzando dos cadenas montañosas hasta llegar a Osh, segunda ciudad del país y plataforma de entrada a Tayikistán. Ya era la segunda vez que me pagaba esta paliza de trayecto.

Me levanté bien temprano para buscar el punto donde teóricamente se reunían los taxis compartidos –es decir, vehículos privados cuyos asientos podías pagar para que te llevasen- hasta Osh. Para llegar hasta ese punto subí el autobús público número 4, que pasó justo a tiempo, de hecho tuve que correr para alcanzarlo en la parada, y abrió las puertas expresamente para mí cuando ya se marchaba. Iba el autobús apretadísimo como no he visto otro, ni en China, ni siquiera durante la feria de Málaga, que ya es decir. No me quedó más remedio que subirme por la parte de atrás con mis dos mochilas, voluminoso yo, siendo amasado contra las puertas hidráulicas que se cerraron rozándome.

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En Bishkek había autobuses piratas como el de la foto (furgonetas) y otros grandes y aparatosos como en el que casi me quedo cojo

Sin poder moverme lo más mínimo, fehacientemente espachurrado, la postura adoptada en mitad de los escalones de bajada no me permitía mantener los dos pies en el suelo al mismo tiempo: a la pata coja, sea pues. Sin poder desprenderme del peso del equipaje a mi espalda, la pierna izquierda, sobre la que me mantenía erguido, temblaba más y más a cada minuto que pasaba, a causa del esfuerzo de controlar el equilibrio en contra de la conducción a base de acelerones y frenazos bruscos que acostumbran en esta zona del mundo. Hasta pasadas tres largas paradas no se bajó la marabunta y solo entonces pude descansar. Por suerte, aguanté erguido lo suficiente para evitar salir disparado hacia la calle al abrirse la puerta sobre la que me apoyaba. La pierna izquierda, no obstante, me estuvo temblando por el esfuerzo hasta unas cuantas horas después. Para qué quieres gimnasios cuando te puedes ir de viaje.

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Imagen de la carretera principal de Kirguistán, habitualmente colapsada por el ganado

El conductor del autobús, aunque dirigía su pretérito troncomóvil de manera aceleradamente desquiciada, fue tan amable de explicarme pausadamente, con detalle, la ruta a seguir hacia la parada de taxis. Ni siquiera había llegado a ésta cuando divisé un par de tipos gritándome desde bien lejos “¿Osh? ¿Osh?”. Osh, Osh, contesté aseverando, y en menos de tres minutos ya estaba dentro de un compacto Mitsubishi, en compañía de un matrimonio de sesentones kirguís y un conductor de su misma edad, camino a Osh. Pareciera que me estaba esperando.

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El vehículo

La mujer del matrimonio se sentaba detrás conmigo, viendo cómo sus generosas posaderas ocupaban plaza y media en virtud de cuantiosos años excediéndose con la cantidad de tocino con la que acompañaba el pan de su dieta. Eso, unido a su carismático abrigo de leopardo y su pañuelo musulmán liado a la cabeza, la convertía en un poderosísimo imán de interés visual.

Rápidamente la que apodé como Big Mama se metió en el papel de abuela, y no dudó en repetirme incansablemente que me abrigase el cuello cada vez que me quitaba el forro polar para quedarme en manga corta dentro del coche. Yo estaba sudando de calor, pues el sol apretaba con energía, pero quién iba a ser el guapo de llevarle la contraria a tal respetable y poderosa señora. Por dos veces me impelió a abrigarme, y yo ya no me atreví a quitarme el forro polar hasta que horas después la observé desprenderse de su abrigo de leopardo, que por lo grueso y peludo debía valerle para la nieve, a la señora.

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Puesto de carretera

Por el camino, que aunque era la segunda vez que lo recorría era la primera vez durante el día, despertaron mi curiosidad los incontables vagones viejos de tren esparcidos a ambos lados de la carretera, ejerciendo funciones de viviendas, o de refugios, o quién sabe qué, en lo alto de aquellas estribaciones montañosas cuyas vías férreas más cercanas están a varios cientos de kilómetros. Cómo llegaron hasta allí era otro misterio que aún no he logrado resolver.

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Un rato más tarde, tras parar en una mezquita a mitad de camino para el rezo del medio día, me cedieron el asiento delantero para mi alivio y frescor. Desde el asiento de atrás, Big Mama me avisaba cada vez que ella consideraba que algo merecía ser fotografiado, y obviamente yo tenía que fingir el ademán de disparar una instantánea, aunque en realidad no lo llevase a cabo. A la abuela de uno hay que hacerle caso siempre.

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Paramos en un mitad de una larga carretera flanqueada por un río más abajo en un valle, con varias yurtas y un vagón de tren que hacían las veces de hogares adyacentes a la carretera, y cuyos habitantes vendían las típicas bolitas de yogurt seco llamadas kurut, cuyo sabor extremadamente fuerte recuerda a una mezcla fallida de queso roquefort y yogurt caducado.

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Bolitas blancas, alias “kurut”

No estuvo mal aquella forma de viajar, mucho más cálida que los multitudinarios e impersonales autobuses, promoviendo las anécdotas, la interacción y la amistad entre los pasajeros. Nos despedimos alegres y contentos, tras intercambiar uvas pasas mías por manzanas suyas, en lo que fue todo un viaje de diez horas en familia.

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