Un país entre montañas

“Abandonar Sary Tash hacia el Sur es experimentar la progresiva transformación de las vastas y desoladoras llanuras del Alay Valley, en una muralla dentada de picos blancos sobre la que descansa una de las líneas fronterizas más inaccesibles del mundo. Subiendo por una de las carreteras más sobrecogedoras e inabordables que haya visto en mi vida, pasamos el control de frontera kirguís y, tras recorrer los varios kilómetros de tierra de nadie, superamos el Paso Kyzyl-Art a 4.282 metros de altura…”.

No sabía qué me encontraría en aquel misterioso lugar, del que jamás había escuchado lo más mínimo en televisión, sobre el cual jamás leí una palabra en ningún libro de Historia, del que lo único que conocía eran exiguos datos sueltos proporcionados por mi guía de viajes del año 2007. Tayikistán era uno de los países más pobres y subdesarrollados del mundo, además de inhóspito y aislado. Nada más, sabía.

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Señal de bienvenida a Tayikistán

Pero todavía me faltaba para llegar allí, aún estaba en Osh, Kirguistán. En Osh hay un hostal. En el hostal hay extranjeros. Es el único lugar, además. Se trata de un simple piso perdido en el corazón un simple barrio de la ciudad, donde en una simple vivienda de unos 80 metros cuadrados yacen cuatro cochambrosos camastros. Por unos siete dólares puedes pasar la noche y pegarte una ducha tras guardar turno en el único cuarto baño del hogar. Donde también vive el que lo regenta, un chaval de mi edad con una barba de longitud extraordinaria y su blanco sombrero musulmán que apenas cubría la coronilla de su formidable testa.

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Tendera en el bazaar de Osh
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El bazaar de Osh, integrante de la Ruta de la Seda y conocido como el mercado abierto más grande de Asia Central

Hablaba inglés, y tenía un sentido del humor de lo más peculiar, mostrando una expresión facial seria totalmente en desacuerdo con el tono cansado e irónico de sus palabras, que fácilmente se prestaba a la broma y el comentario avispado más inesperado. Organizaba allí, el hombre, transporte a los extranjeros en la dirección que les diese la gana. Contactaba con varios conductores poseedores de vehículos todo terreno y alquilaba sus servicios a los extranjeros –conductor y vehículo- por un precio ligeramente elevado sobre la tarifa estándar. De ahí sacaba su pellizquito y rentabilizaba el precio tan barato por el que ofrecía la estancia en aquel hogar a los inquilinos.

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En el bazaar de Osh lo mismo te venden escobas de paja…
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… que te venden los vestidos más atrevidos del mundo musulmán

En pos siempre de la alternativa, busqué y acudí a la calle donde se reunían los vehículos compartidos que buscan pasajeros, confiado en que mi experiencia de un par de semanas en Asia Central me bastaría para sacarme las castañas del fuego sin tener que gastarme un dineral en alquilar un todo terreno. Llegué y una marabunta de conductores se me acercó preguntando mil cosas que no entendí, salvo nombres de ciudades como Bishkek o Jalalabad. Les dije que no, que Murgab, Tayikistán, y tan pronto escucharon mis palabras la mitad se dieron la vuelta dándome la espalda. Nadie se dirigía para allá.

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Me encantan los bazaar de Asia Central, siempre coloridos. Puestos de comida callejera
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Puesto de especias

Se quedaron un par de tipos conmigo, pero comunicarnos con señas era demasiado arduo dada la complejidad de lo que intentábamos explicar. Saqué un mapa y ya quedó la cosa más clara sobre lo que yo quería, mas no existía forma humana de comprender lo que aquella gente deseaba transmitir a su vez. Quise entender que me confirmaban que sí, que me podía transportar los 412 kilómetros de pistas de tierra abandonadas hasta alcanzar Murgab. Ofreció un precio barato, aquel hombre enjuto que se mostraba verdaderamente solícito y presto en la ayuda al foráneo, demasiado barato para ser real, y finalmente opté por pedirle su número de teléfono prometiendo llamarle cuando estuviera en el hostal, donde pediría ayuda al encargado que hablaba inglés para que hiciera las veces de intérprete.

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Cualquier momento es bueno para rezar

Así lo efectué, y su respuesta me dejó noqueado: “no puedo ayudarte a llamar, porque yo organizo transporte a los extranjeros y tú ahora eres mi competencia”, contestó el encargado. Era su competencia porque les comuniqué a otros tres extranjeros del hostal la posible opción de transporte y su precio, que era la mitad de lo que nos pedían en el hostal. Estos extranjeros, dos británicos y una coreana, no eran demasiado dados a la aventura y los noté ciertamente reticentes a embarcarse en un intento arriesgado de buscarse la vida. Pagarían el efectivo que fuera necesario por disponer de su vehículo propio, sin complicaciones. No podía contar con ellos.

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Comerse un kebab y hacer amigos, matar dos pájaros de un tiro

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Bajé desde la cuarta planta del edificio sin ascensor donde se encontraba el hostal, y al llegar a la puerta divisé con jolgorio a un joven tayico con el que la noche anterior estuve tocando la guitarra, cantando y conversando junto con diez de sus amigos y amigas. Chapurreaba cuatro palabras en inglés, y le solicité que llamase al taxista y le preguntase sobre el negocio que me traía entre manos. Finalmente resultó que dicho taxista pretendía llevarme hasta la frontera con Tayikistán, y no hasta Murgab. Era mitad de camino, mitad de precio, tenía sentido. Regresé al hostal y con el rabo entre las piernas me uní a los tres extranjeros para alquilar el mencionado vehículo privado, no existía otra posibilidad de llegar a Murgab en aquella agreste zona del planeta. 65 dólares por cabeza fue el precio a pagar, 260 en total, por un trayecto de 412 kilómetros y dos días de manutención del conductor.

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No estaba tan mal la carretera entre Osh y Sary Tash

Al día siguiente, bien temprano, comenzamos la marcha en pos de lo desconocido, atravesando un terreno yermo que ascendía incansable a la blancura de las nieves. Pararíamos en Sary Tash, pueblo fronterizo encajado en un cruce de caminos, donde había poco más que un par de hostales cutres y una gasolinera, última en varios cientos de kilómetros, y último atisbo de vida humana antes de adentrarse en una zona del mapa donde desaparecen las ciudades y los pueblos. Después de Sary Tash no encontraríamos ningún atisbo de vida humana durante 100 kilómetros hasta vislumbrar el Lago Karakol y su diminuto asentamiento. No te molestes en buscarlo en Google Maps porque, simplemente, no aparece.

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La gasolinera de Sary Tash, con muy poquitos clientes…
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Cuando llegamos, el encargado de la gasolinera estaba tan tranquilo con su libro

Abandonar Sary Tash hacia el Sur es experimentar la progresiva transformación de las vastas y desoladoras llanuras del Alay Valley, en una muralla dentada de picos blancos sobre la que descansa una de las líneas fronterizas más inaccesibles del mundo. Subiendo por una de las carreteras más sobrecogedoras e inabordables que haya visto en mi vida, pasamos el control de frontera kirguís y, tras recorrer los varios kilómetros de tierra de nadie, superamos el Paso Kyzyl-Art a 4.282 metros de altura, adyacente al puesto militar tayico. En las cercanías de este enclave, poco más allá, marcando también la frontera geográfica entre Kirguistán y Tayikistán se eleva el Pico Lenin, de 7.165 metros de altitud. Ya estábamos en las Montañas del Pamir, palabras mayores.

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El 93% de Tayikistán son montañas, y el 50% del país está sobre los 3.000 metros de altitud.
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Puesto fronterizo de Tayikistán, con nuestro todo terreno en primer plano
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Cartel avisando de los 4.282 metros de altitud, junto al puesto militar tayico

Desde que dejamos Sary Tash no nos cruzamos con ningún otro vehículo durante 50 kilómetros y una hora de trayecto. En los puestos militares de ambos lados no esperaban a nadie, y los soldados estaban dentro de sus primitivos barracones resguardándose del frío reinante a aquellas estribaciones. Esperando nuestros pasaportes de vuelta, en el puesto militar de Tayikistán, nos topamos con una furgoneta prediluviana abarrotada hasta los topes de seres humanos y trastos por partes iguales. No volveríamos a ver a nadie hasta llegar a Karakol, 55 kilómetros y hora y media después, así de tortuoso era el terreno y aparatoso el tránsito.

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Sin comentarios
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Sin comentarios

Terremotos, lluvia, nieve, vientos huracanados, corrimientos de tierra, avalanchas. Aquel deteriorado camino se terminó convirtiendo en una pista de tierra con innumerables baches, cuando no directamente socavones impracticables incluso para un todo terreno, que limitaban la velocidad de crucero a escasos 25 kilómetros por hora si no menos. Por demás había que sumar el extremo cuidado con el que el conductor manejaba su vehículo Mitsubishi, herramienta de sustento familiar cuyos repuestos costarían el salario de un mes, y de cuyo cuidado dependía tanto su estabilidad vital como el éxito en nuestro épico viaje hasta Murgab.

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El camino bordeaba durante algunos tramos la frontera con China (a la izquierda)
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La Autovía del Pamir es la segunda autovía internacional pavimentada más alta del planeta alcanzando 4.655 metros –la primera es la Karakoram Highway, que también circulé semanas antes en China-

Ahora sí, esto era ya la verdadera M41, conocida como Pamir Highway, una de las carreteras más épicas sobre la faz de la Tierra. Ahora sí, esto era ya la verdadera y auténtica aventura que alimentaba mi espíritu más novelesco en la felicidad de mis sueños.

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Uno de los tramos en mejor estado y más bellos de la Pamir Highway
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Nuestro vehículo en mitad de la Pamir Highway

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