La gente del lago

“Esta vez el centro de atención giraba en torno a la gente del lago, se trataba de entablar conexiones imposibles con gente que vive en otro universo. Y entonces me di cuenta de que estamos mucho más cerca de lo que creemos, perdidos en la bastedad planetaria o empotrados en masificadas megalópolis, perseguimos los mismos intereses por conocer lo desconocido, por aprender, saciar nuestra curiosidad, pasar un buen rato y echar unas sanas y simples risas”.

Avanzar en pos de un lago más, era una idea que no me excitaba demasiado después de haber visitado otros tres espectaculares cuerpos de agua durante el último mes. Tan es así, que en China pasé la noche en una yurta al pie de otro lago que compartía nombre con el que ahora era mi destino: Karakul -Karakol para los tayicos-. Siendo así, lo que yo quería –y necesitaba- era pernoctar en Murgab, un pueblucho de 4.000 habitantes a 3.650 metros de altitud rodeado por la más sobrecogedora soledad. Desde allí, Murgab, era el único sitio donde podría proveerme de nuevo transporte para cruzar la Pamir Highway, una de las carreteras más míticas del planeta.

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Divisando el lago por primera vez, al otro lado del páramo

El problema, según supe cuando llegué al minúsculo poblado plantado a la orilla del lago Karakol, donde pasaría la noche, es que los transportes solo circulaban por la mañana temprano. Viajaba yo ese día con tres extranjeros más, con los que coincidí en el hostal de Osh y con los que alquilé un todo terreno con conductor, única manera de moverse entre Kirguistán y Tayikistán, donde no existe transporte público alguno. Sin embargo, estos extranjeros con los que compartía gastos no compartía planes, y ellos decidieron pasar la noche en el lago. Yo acepté rogándoles por favor que al día siguiente saliéramos temprano hacia Murgab o me podría quedar varado en aquel paraje inhóspito un día más y causar gran estropicio a mi ruta de viaje. Dijeron que sí, que por supuesto, pero en realidad les daba igual porque ellos pensaban dormir en Murgab al día siguiente.

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El pueblo junto al lago, Karakol
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Karakol, atravesado por la carretera que lleva de Kirguistán al interior de Tayikistán
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Cartel de carretera que anunciaba el “Home-stay” donde me alojé, con Karakol al fondo

Me lo tomé con calma, la carretera proveería al día siguiente. Cogí mi cámara y salí a caminar en solitario por el pueblo situado a orillas del lago, llamado Karakol en una explosión de audacia geográfica. Rápidamente un grupo de niños me atisbó desde lejos y empezó a curiosear a mi alrededor. Sin posibilidad de comunicarnos en un idioma común, empezamos a dibujar números en el suelo con una piedra: nuestras edades. Les hice algunas fotos jugando y les dibujé un mapa de Europa en el suelo para explicarles dónde estaba España respecto a otros países y, lo más importante, Rusia, para que se situaran un poco. Querían que todo fuese Rusia, aquellos chavales.

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Los chavales intentan impresionarme con sus habilidades, no hay obesidad infantil en este pueblo
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¿A qué jugar en un lugar perdido en la quinta puñeta? A tirar piedras a otras piedras
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¿A qué jugar en un lugar perdido en la quinta puñeta? A tirar piedras a otras piedras
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Escribimos nuestros nombres en la arena

Dos de ellos, de doce y trece años, me acompañaron paseando hasta el lago, y más tarde se nos unió otro de dieciséis. Por allí juntos deambulando sobre la pedregosa orilla, sin explicarme cómo se creó una curiosa unión que nos permitió hablar por señas, onomatopeyas, y cuatro palabras mal dichas en inglés y ruso durante casi dos horas. Nos hicimos incontables fotografías juntos, nos reímos como tontos por las estulticias que estábamos pretendiendo comunicar, caminamos por el lago e incluso conseguí preguntarles cosas tan complejas como cuánta gente vive en su casa -de siete a once-, si estudiaban inglés en el colegio -sí, pero cualquiera juraría lo contrario- o si tenían caballos, vacas u ovejas -ya podéis imaginarme imitando dichos animales empleando mis mejores habilidades interpretativas-.

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Haciendo el cabra, supervisado por el experto

Ellos me pidieron que les mandase las fotos que nos habíamos tomado, pero no tenían ni internet ni dirección de correo electrónico, y su intención era que se las mandase por correo ordinario. Allí, a tomar por culo en Tayikistán, a 3.500 metros de altura en mitad del monte. Por no tener carecían hasta de ordenador. No era de extrañar pues ni de red eléctrica disponían, y la poca luz que consumían provenía de grupos electrógenos impulsados por motores diesel. Uno de los países más pobres del mundo, Tayikistán. De todos modos, les di mi dirección de email con la esperanza de que dentro de unos diez años contacten conmigo. Les guardo las fotos hasta entonces.

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Nos caímos en gracia los cuatro, de eso no cabía duda, y pasamos un buen rato completamente inesperado. Esta vez no fotografié el lago más de dos o tres veces, porque esta vez el centro de atención giraba en torno a la gente del lago, se trataba de entablar conexiones imposibles con gente que vive en otro universo. Y entonces me di cuenta de que estamos mucho más cerca de lo que creemos, perdidos en la bastedad planetaria o empotrados en masificadas megalópolis, perseguimos los mismos intereses por conocer lo desconocido, por aprender, saciar nuestra curiosidad, pasar un buen rato y echar unas sanas y simples risas.

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Mis tres amigos, tipos duros de verdad
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Presentándome a su familia, el hermanito

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Una de las personas que fue viajando conmigo hasta allí era una chica koreana, un tanto peculiar, si acaso rara, ella, que caminaba a lo lejos mientras los tres chavales la miraban curiosos, sin atreverse a acercarse a una mujer sin velo en la cabeza. Yo les animé a que la llamasen: “Korea! Korea!”, grité buscando que la muchacha se girase, estupefacta, al tiempo que la saludaba con la mano y ella respondía de igual manera mientras seguía alejándose. No tenía la menor intención de interactuar, aquella coreana. Les debió hacer mucha gracia mi actitud desinhibida a los zagales, que una vez llegó el momento de despedirnos, y más tarde cada vez que me volvían a ver pululando por el poblado, no dudaban en gritarme: “Korea! Korea!” excitados ante la peculiar visita extraterrestre de aquella tarde.

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¿Una pachanga?
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El museo del pueblo, Patrimonio Inmaterial de la Humanidad FUNESTO
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Karakol durante el ocaso
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Karakol durante el ocaso
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La bandera de Tayikistán ondeando al anochecer

Este pueblo no aparece en google maps

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