Echándole un par

“[…] acepté pagar 150 somoni, 25 euros, por asentar mi amenazante trasero diarreico en una lata de sardinas de marca china indescifrable, fabricada a un coste de un puñado de yuanes y varios boles de arroz, que parecía mentira que pudiera siquiera ponerse en movimiento”.

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Vistas de la carretera hacia Murgab, desde el vehículo

Tras el buen día en el lago, la noche, por el contrario, fue complicada. Hasta en tres ocasiones tuve que ir a buscar una roca en mitad de la noche estrellada, muy espectacular ella, a bajarme los pantalones. Acompañando al insufrible dolor de cabeza provocado por la altitud, una repentina diarrea explosiva acudió a extremar la dificultad de conciliar el sueño.

Lo que me preocupaba aún más que la propia enfermedad, no obstante, era el reto del día siguiente, que empezaría con dos horas de carretera espeluznantemente bacheada hasta Murgab. Sufriendo diarrea no era la jornada más apetecible del mundo, pero no era optativo. Si no me subía al vehículo que ya teníamos alquilado, sabe Allah cuántos días me quedaría aislado en el lago Karakol, donde el simple hecho de dormir ya era una odisea de altura. A parte de esperar a tener suerte de que algún vehículo con un asiento vacío parase por allí, cosa difícil, tendría que abonar otra vez un buen puñado de dólares para que me transportasen.

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Entre Karakol y Murgab solo había un par de casas sueltas a un lado de la carretera

Era un desafío, además, el llegar a Murgab lo más temprano posible, ya que solo por la mañana se reúne y dispone la gente para buscar transporte y emprender la larga y dura marcha hacia cualquier destino, pues todos eran distantes. De perder esos transportes, si es que los había, me vería obligado a permanecer una noche en el triste pueblo de Murgab, a 3.576 metros de altura, cosa que tampoco era apetecible dada mi inadaptabilidad al mal de altura. Pensaba en marcharme a toda costa a Langar o en Ishkashim, en la parte sur del país, fronteriza con Afganistán y conocida como el Wakhan Corridor. En Ishkashim era donde pretendía poner pie antes del Viernes noche para, el Sábado por la mañana, acudir al sabático mercado afgano que se da en la otra orilla del río: tierra afgana. Un acontecimiento único que no me podía perder.

Si no conseguía el transporte a dichos lugares, me vería obligado a trasponer durante ocho o nueve horas hasta Khorog, atravesando las Montañas Pamir por la Pamir Highway. Una vez en Khorog, habría aún de ingeniármelas para subirme a cualquier armatoste con ruedas que me acercara a Ishkashim. Un santo follón.

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Un ser humano coge agua del río, creímos que podía tratarse de un extranjero, ciclista

Estábamos ya a Jueves. La noche anterior, en la que me puse malo, habíamos acordado los dos británicos, la coreana y yo el emprender la marcha a las 8:00. El mayor interesado en salir temprano era mi persona, y de entrada propuse partir a las 7:30, tal y como el encargado del hostal me recomendó si acaso quería mantener alguna probabilidad de llevar a cabo mi plan. Focalizando las 8:00 de la mañana, me levanté a las 7:30 para estar listo a tiempo. Por desgracia, los poco considerados compañeros de viaje hicieron caso omiso de mis necesidades de estar cuanto antes en Murgab para buscar transporte, y no salimos hasta las 8:45, tras ejercer yo una considerable presión desde las 8:20 ante su parsimoniosa actitud. Ellos se quedarían en Murgab aquella noche con intención de regresar a Kirguistán, de donde todos veníamos, así que egoístamente les importaba un carajo lo que fuese de mí.

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A cada kilómetro, un poste de la Pamir Highway nos recordaba cuánto faltaba para llegar

Las prometidas dos horas de botes y bandazos a través del maltrecho camino se convirtieron en dos horas y media a causa del excesivamente precavido conductor, por lo que llegamos a Murgab a las 11:15, casi dos horas más tarde de mi idea inicial. Hasta el momento la diarrea no había dado señales de vida, pero cuando haces “pop” ya se sabe lo que acontece, así que yo apretaba el culo por si acaso. El conductor nos llevó hasta donde vivía una especie de organizador turístico local, que hablaba inglés, y que se encargaba de procurar alquiler de vehículos a particulares.

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Llegando a Murgab

Rápidamente le hice saber que no estaba interesado en pagar los 200 euros que me pedía por alquilar un todo terreno que me llevase a mí solito a ninguna parte, que lo que yo quería era transporte público local, es decir, taxis compartidos. Finalmente me indicó dónde estaba la parada de taxis, un tanto reticente, y afortunadamente se encontraba a escasos quinientos metros de distancia. Me despedí con un rápido apretón de manos de los tres extranjeros, por los que no sentía la más mínima simpatía a esas alturas, la verdad sea dicha, y sin más sentimentalismos ni la consecuente pérdida de segundos me dirigí a la cercana estación en pos de buscarme las habichuelas una vez más.

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Zona donde esperan los vehículos en Murgab

No me malinterpretéis. Los británicos, una pareja joven y carismática, me parecieron gente muy interesante. No tanto la coreana, que era un bicho raro disfrazado de esperpéntico turista asiático multicolor, y que emitía más onomatopeyas que palabras. Cosa en cualquier caso muy común por aquellas tierras de las que provenía, pero que a mí me enervaba sobremanera. Pero en aquel momento mi mente únicamente estaba concentrada en que lo más importante era la misión, y a aquellos tres no los iba a volver a ver nunca más en mi vida. Es lo que tienen la mayoría de las amistades de viaje. Cuando empecé a andar me abordó cierta melancolía por lo efímero y superficial de las relaciones viajeras, pero, en fin, a esas alturas y tras su falta de consideración ya me importaban un pimiento los tres, así hay que decirlo.

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En Murgab hasta los blindados del ejército estaban hechos candela

La primera en la frente: el transporte a Langar o a Ishkashim ni está, ni se le espera. Puse el plan B en marcha: ir a Khorog a través de la Pamir Highway, pasar la noche allí y el Viernes alcanzar Ishkashim a toda costa. Esa era la misión y había que cumplirla, así que acepté pagar 150 somoni, 25 euros, por asentar mi amenazante trasero diarreico en una lata de sardinas de marca china indescifrable, fabricada a un coste de un puñado de yuanes y varios boles de arroz, que parecía mentira que pudiera siquiera ponerse en movimiento. No digamos ya de trasponer con nueve personas hasta Khorog, subiendo el Koi-Tezek Pass a 4.272 metros de altitud por una Pamir Highway que no era más que tierra, piedras y socavones.

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Mi conductor (izquierda) y sus dos amigos, tres tipos chungos de cuidado

Más tarde descubrí que esta “fragoneta” de cuerpo estrecho y alargado, con capacidad para ocho personas incluyendo al conductor –aunque en la mía se metieron durante un buen rato nueve seres-, era el medio de transporte estrella en el país. Uno de cada tres vehículos era esa clase de furgoneta. Me imaginé a un chino vestido con traje y corbata, portando un maletín falso pero con buena apariencia, enseñando fotos y planos del juguetito rodante al alcalde de Murgab, convenciéndole de que por el precio a pagar por aquella chatarra no iban a encontrar nada mejor que les llevase y trajese por aquellas intransitables carreteras de montaña. Lo fascinante es que la chatarra lo hacía, vaya si lo hacía, doy buena fe.

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Así divisé por primera vez nuestra furgoneta

Como dato anecdótico, y no es la primera vez que algo así me acontece, la desconfianza en la raza humana me hizo acercarme a un flamante todo terreno Mitsubishi aparcado justo en frente de donde ya me habían convencido a subirme, por 150 somoni, en aquella maltrecha furgoneta china. El todo terreno tenía escrito a dedo en la polvorienta luneta trasera la palabra “Khorog”, así que no era un misterio saber a dónde se dirigía. Le pregunté al conductor que si saldría pronto, y me dijo que sí, mas no muy convencido. Ya sabía yo que hasta no tener los cuatro asientos vendidos allí nadie movía un dedo, y de momento aparentemente yo era el único cliente, por lo que la cosa prometía una espera de muchas horas o quizá salir directamente al día siguiente. No obstante me proveyó de una valiosa información: el precio era 120 somoni, no 150.

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Mi amigo conductor al volante, ¡el solito ocupa casi todo el ancho de la furgo!

Aún parlamentaba con el conductor del Mitsubishi cuando apareció corriendo el conductor de la furgoneta china para llevarme de vuelta al redil. Ya era tarde, tuvo que bajarme el precio a 120 somoni, aunque me quedé con la sensación de que 100 somoni los hubiera aceptado igual. Eran las 11:30, la furgoneta tenía espacio para siete pasajeros y yo ocupé el último espacio disponible. El conductor llenó el depósito y a las 11:45 arrancó para ir recogiendo uno a uno, en sus respectivas casas del pequeño Murgab, a los otros seis pasajeros. En ese momento me alegré de cada minuto que había conseguido ahorrar esa misma mañana. Por unos pocos minutos podría haber perdido ese último asiento, echando a perder la misión, condenándome a sufrir mi mal de altura en Murgab quién sabe cuánto tiempo más.

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Premio para el que adivine la marca de la furgoneta
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On the road

Así de fructífero fue avanzando el día, que la diarrea ni se atrevió a amagar con un nuevo advenimiento, para gozo tanto mío como de mis nuevos compañeros de viaje. Componían el pasaje tres mujeres bien entradas en carnes y otros tantos hombres tan enjutos que, irremediablemente, huirían despavoridos ante la mera idea de afrontar una pelea de sexos. Yo, como siempre, me las ingenié para entablar conversación sin conversar, solo con gestos, monosílabos, cuatro palabras básicas en rusinglish, y onomatopeyas tan contundentes y llenas de significado que hasta la coreana estaría orgullosa de mí. En un rato en la furgoneta ya éramos todos amigos.

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En algunos puntos había que poner la furgoneta casi a dos ruedas para poder pasar
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¡Un pinchazo en la mejor parte de la carretera!

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Gatillos hidráulicos, mahahahauuuuu

Tras pincharse una rueda en la bajada del paso a 4.272 metros, y para celebrar el veloz y exitoso cambio de neumáticos, nos hicimos una foto grupal dentro de la cochambrosa furgoneta que se bamboleaba estrepitosamente, ya nuevamente en marcha, y en la que los siete posamos sonrientes para la orla de viaje. El que más sonreía era el capitán del Ejército de Tayikistán que viajaba en el asiento central de la fila de atrás, un tipo cercano a los cincuenta pero con cara de veinticinco, nariz aguileña como un tucán y unos dientes tan blancos que parecieran no haber probado bocado en semanas. Orquesté la foto, juntando y ladeando cabezas, elevando a los de atrás de sus asientos, poniendo la cámara a la altura de la cabeza del conductor, que preferí por seguridad no incluir en la instantánea, y allí recreamos una escena cómica a la par que entrañable. Les mandaría la foto por email, prometí.

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Intento 1: fail!
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Intento 2: fail!
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Intento 3: ¡ahora sí salimos todos!

Minutos más tarde, no me hizo tanta gracia ver un flamante BMW serie 3 tirado en la carretera con el capó levantado y el motor echando humo, sus ocupantes de pie mirando el reventado motor rezando para que reviviera por arte de magia. Nuestro vehículo paró y el conductor les transmitió algunas palabras, imagino que de ánimo porque allí no había nada que hacer, y probablemente esos tres tipos pasarían la noche allí mismo. Nosotros ya habíamos consumido la única rueda de repuesto, y si daba de sí alguna otra rueda más seguiríamos el mismo camino, pensé preocupado. Todavía quedaban otras cuatro horas de carretera de piedras y curvas de vértigo.

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Llegando a Khorog

Aquel día, malo como un perro, sin comer absolutamente nada por miedo a la diarrea, con dolor de cabeza por el mal de altura, con cansancio acumulado por no dormir la noche anterior; en total me metí en el cuerpo 450 kilómetros tras dos horas y media de carretera hasta Murgab y otras ocho hasta que, ya de noche, me dejaron amablemente a la puerta de mi hostal en Khorog. Y vaya carreteritas. Pero, una vez más, lo había conseguido. Una vez más, the road provides.

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