El mercado de Ishkashim

Superpoblado de afganos y de cachivaches con apariencia de haber sido rescatados de un vertedero, aquél era el mercado más alucinante que he visitado hasta el día presente. Los afganos en sí ya eran en su inimitable unicidad una atracción para todos los sentidos, porque parecían venir de la Edad Media, porque sonreían incansablemente, posaban ante la cámara e incluso pedían fotos con entusiasmo, porque eran amigables en el trato, daban la mano con alegría y respeto, y allí ya éramos todos amigos.

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A este simpático joven le compré el pañuelo que tiene entre sus manos

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Ojos afganos

Los puestos de zapatos no exponían los anticuados y cutres zapatos musulmanes, como había dado en bautizarlos, tristes y de estilo marcadamente hortera, que llevaba viendo en cada mercado callejero desde que paseé por las calles de Kashgar. Aquí vendían zapatos como los que portaría cualquier joven en las calles de España, podrían haber sido sacados de cualquier mostrador de Pull&Bear, solo que de segunda mano. ¡Destrozados! Zapatos que si fueran míos terminarían en la basura sin mayor miramiento, para los afganos merecían un puesto en un mercado de Sábado por la mañana.

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Los zapatos estaban hechos polvo. Incluidos unos que se colaron por ahí a la derecha…
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Un par de mercaderes afganos con mucha guasa
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Una sudadera china, trilladísima y manchada de forma irresoluble. A la venta
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Sea lo que sea que necesites, está aquí
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O aquí

Plásticos extendidos en el suelo exponiendo los más variados elementos de compra venta en un popurrí descabellado, incluyendo desde pilas -quién sabe si usadas- hasta polvos de maquillaje, pasando por galletas con el embase de programas contra el hambre de las Naciones Unidas, botes de champú que seguro que habían sido reutilizados y cartones de zumo pakistaní que sabían a todo menos a natural. Los objetos que vendían era lo de menos, lo que me dejaba estupefacto era la orgía mercantil en la que todo se mezclaba, el inexistente marketing visual con el que todo se vendía. Abundaban así mismo los puestos de ropa, de pañuelos, de sombreros; así como de comida callejera, como la sartén de un metro de diámetro cubierta por una tela de donde salió el plov afgano que me zampé a medio día, mientras un afgano borrachísimo, tanto que se caía de la silla, intentaba venderme insistentemente todo lo que llevaba encima.

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El plov afgano que me zampé
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Otro plato… de carne con carne
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Puesto de, atención, ¡patatas fritas! genial
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Toma patatas fritas

Paseé durante más de cuatro horas por el pequeño mercado, de 150×50 metros a lo sumo, recorriendo cada puesto una, dos y tres veces. Me reí a carcajadas, conversé hasta la saciedad con decenas de afganos, tanto por gestos como por idiomas inventados allí mismo, en aquel momento, que quedarían para siempre en el recuerdo de los implicados. Disparé incontables veces “la mejor foto del día”, de la semana y de la totalidad del viaje, y me sentí un estúpido por haber pensado que Afganistán era la casa del diablo y que los afganos eran todos peligrosos asesinos despiadados que odiaban occidente.

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Esto es una barba
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Con mi primo

No digo que Afganistán sea un mero patio de colegio, que no lo es, pero concluir que toda una sociedad se representa con los principios que mueven a unos pocos extremistas violentos, es igualmente insensato. Afganistán sigue siendo un lugar peligroso, pero no por los afganos en general, sino por algunos cuantos señores de la guerra que buscan su propio beneficio o, también pudiera ser, pretenden luchar contra quienes les han estado haciendo la guerra en la puerta de su casa desde hace siglos: los occidentales. Ojalá que todos hubierais podido estar allí hoy conmigo para vivirlo como yo lo he vivido, para crecer como yo he crecido, y para abrir vuestra mente como ojalá consiga al transmitiros mi experiencia a través de estas palabras.

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Entre tanto afgano y mujer tapada hasta las orejas, esta chica destacaba tanto como si estuviera desnuda

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