Mi amigo el “kinki”

“Perdía potencia o hacía ruidos raros de forma recurrente, ante lo cual mi amigo el quinqui perjuraba echando ambas manos al cielo, dejando el volante libre mientras derrapábamos y saltábamos por aquellas carreteras llenas de curvas y baches, a aquellas alturas, escupiendo maldiciones o peticiones a Allah, muy enfadado, para golpear el volante a continuación con rabia”.

Salió de su Opel Astra y me convenció para irme con él hasta Ishkashim. Bueno, me convenció un colega suyo que también se dirigía al mismo poblado y hablaba inglés rudimentariamente. Aún faltaban dos pasajeros más para llenar las cinco plazas del destartalado automóvil, con los cables puenteados y la luneta delantera totalmente resquebrajada. Para arrancar tenía que poner el coche cuesta abajo, juntar los cables para hacer puente y rezar para que arrancase.

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El Opel Astra
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Puenteado

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Mi amigo el quinqui intentando arrancar sin éxito

Quedamos una hora más tarde, a las 13:00, así que me fui corriendo a comer algo antes de partir. Al regresar a la hora convenida allí estaba el coche pero ni rastro de los dos personajes, que no aparecieron hasta las 14:30. Cuando regresaron todavía faltaba un pasajero más, y aparentemente nadie quería subirse al coche con aquel quinqui tayico. Tras otra hora más esperando a que alguien ocupara el último asiento, una chica alemana salió de la nada con una mochila inmensa a su espalda. Me dirigí a ella e intenté convencerla para que fuese con nosotros, y aunque al principio pensaba que yo era un tayico, al ver que yo era español se sintió más confiada y aceptó. Por fin partimos.

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Así se echa gasolina en Tayikistán
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Un embudo, un cubo y gasolina aguada, es todo lo que se necesita

De cuando en cuando, si le venía en gana, el Opel Astra decidía pararse un rato en plena marcha, lanzado aún a toda velocidad por caminos de tierra que bordeaban el barranco sobre el río fronterizo entre Tayikistán y Afganistán. Perdía potencia o hacía ruidos raros de forma recurrente, ante lo cual mi amigo el quinqui perjuraba echando ambas manos al cielo, dejando el volante libre mientras derrapábamos y saltábamos por aquellas carreteras llenas de curvas y baches, a aquellas alturas, escupiendo maldiciones o peticiones a Allah, muy enfadado, para golpear el volante a continuación con rabia. Una escena esperpéntica que se repitió varias veces durante la hora y media hasta parar en Ishkashim. Por el modo en que conducía no me extrañaba que el Astra estuviera completamente destripado.

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Solícito, paró un par de veces para darme tiempo a tirar fotografías cuando se lo pedí. Así mismo nos acercó por su propia voluntad a visitar un precioso e impresionante “sanatorium”: baño termal natural rodeado de piedras blancas, de cuya parte superior surgía el agua caliente a borbotones desde el interior de la tierra, cayendo parte a una piscina y parte hacia el río. Buen chaval, mi amigo el quinqui.

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Justamente de aquí arriba brotaban las aguas

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He de puntualizar en este punto que por cada uno de los países que he visitado he podido localizar quinquis. Afirmo que el fenómeno quinqui es común a todos los países del Universo sideral. Me atrevería a aventurar que un 10% de la población mundial es quinqui pura. Quinquis arios.

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Otros quinquis de Tayikistán, que me invitaron a comer, mientras se tragaban dos botellas de vodka
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Estaba buena la comida… hasta tres días distintos fui a ese mismo lugar a por este plato

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Vodka. Una ya estaba vacía

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Muy, muy quinquis

Al día siguiente, en el mercado de Ishkashim, nos encontró y nos siguió con el rabillo del ojo durante todo el día, con idea de transportarnos a mí y otros tres extranjeros desde Ishkashim hasta Yamchun, donde dormimos. Y sacarse unas pelillas, claro. Una vez allí, y tras vivir un día excepcional, me llevó montaña abajo hasta la carretera que cruzaba el valle, donde hice autostop. Se marchó, el quinqui, con los otros tres extranjeros de vuelta a Ishkashim, y no volví a verlo nunca más. Seguramente seguirá haciendo rallyes por aquel país, mientras su Opel Astra aguante.

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Chandal Adidas, gorrilla y un Opel Astra reventado. ¡Super quinqui!

Un día más tarde, ya de vuelta en Ishkashim, me encontré esta vez con el colega del quinqui que sabía inglés, y que por su parte era también medio quinqui, quinqui mestizo que se diría. Conducía una furgoneta y me ofreció transportarme a Khorog. Perfecto.

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Este pobre niño se pilló el dedo meñique con el tirador de la puerta del Opel Astra… la madre estaba junto a él y lo rescató inmediatamente, no os preocupéis

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