La Misión de Afganistán

“[…] un tipo con cara de muy mala leche, metro noventa y pico de altura y cuatro estrellas en las hombreras, lo que le convertiría en Comandante o Teniente Coronel, apareció inadvertidamente por mi espalda dirigiéndose al interior de la frontera. “¿Queréis pasar a Afganistán?” inquirió muy educadamente…”.

Por encima de todo está la misión: el calor, el frío, el hambre, el sueño y el cansancio, para mí serán estimulantes. Esto decía una de las premisas de una Brigada Paracaidista en la que pasé dos años de calor, frío, hambre, sueño y cansancio muy estimulantes.

La recitábamos de forma asidua en las formaciones de por la mañana, bien tempranito, en las que la repetición de himnos y lemas era utilizada para aborregarnos en la medida de lo posible. Cosas inherentes a la milicia. Durante el último año que estuve en la 13 Compañía Paracaidista, popularmente conocida como “La Narcotrece” -no sin falta de razones-, nos estuvieron preparando a conciencia para una próxima Misión en Afganistán. Entonces estuve muy cerca de pasar cuatro meses uniformado, armado y encarcelado en el desierto afgano. No obstante, y tras varias polémicas que no vienen al caso, al final terminé por no participar en dicha misión. En cualquier caso, aquellas anécdotas quedaban ya cinco años atrás, mas yo aún recordaba las palabras de los mandos de la Brigada: “por encima de todo está la misión”, repetían incansablemente.

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Sobre un BMR del ejército en mi etapa de paracaidista

Ahora se me hacía más presente y relevante que nunca aquella frase. En esta ocasión había sido mi propia persona la encargada de establecer como misión prioritaria el dirigirse, precisamente, a Afganistán. Por descontado, sin uniforme ni armamento. Descendiendo Tayikistán desde Khorog en dirección sur hacia Ishkashim, circulando durante decenas de kilómetros a escasos metros del río que ejerce de frontera natural separando ambos países.

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El río Wakhan. Al otro lado, Afganistán

Ishkashim, asimismo, es un pueblo separado por el río, por lo que lo hallamos partido en una parte tayica y otra afgana. Lo excepcional de este poblado es que los Sábados se abre el puente que cruza el río entre ambos Ishkashim, y tras el que se encuentra el puesto fronterizo entre ambos países, con motivo de un mercado al que acuden centenares de comerciantes afganos. Dicho mercado ha devenido en un destino popular entre los escasísimos extranjeros que visitan la zona. Así, nos juntamos la noche del Viernes unos doce viajeros en el único albergue del Ishkashim tayico, con idea de acudir a la mañana siguiente al esperado mercado.

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El río, fotografiado desde el lado afgano

Aunque en teoría todo lo que está al otro lado del río ya se considera suelo afgano, en realidad este mercado se celebra en una zona compartida por Tayikistán y Afganistán, zona de nadie o zona de ambos, como se prefiera. Antes de poner pie en el citado puente, los soldados del Ejército de Tayikistán recogen uno a uno todos los pasaportes de aquel que quiera cruzar a esta tierra de nadie en suelo afgano. Los documentos, que uno de los militares se guardaba en su bolsillo, serían entregados al regresar de vuelta a Tayikistán. O eso contaba la leyenda.

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El puente sobre el río Wakhan

Una vez cruzado el puente, unos doscientos metros en línea recta se situaba la alambrada fronteriza y los edificios de ambos países, que funcionaban como control de inmigración y control aduanero de bienes. Ese era el punto que sobre el papel separaba físicamente la entrada en Afganistán. Formando un triángulo entre puente y control fronterizo, estaba el recinto consagrado a los intercambios mercantiles, rodeado por un muro de dos metros y una densa alambrada de afilados pinchos. Dicho mercado está vigilado por gran cantidad de soldados de ambos países, que patrullaban en gran número, desarmados, a lo largo y ancho del recinto. Así pues, el sitio era 50% Afganistán, por así decirlo.

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Justo tras cruzar el puente, a la derecha quedaba el recinto del mercado

Nada más cruzar el puente me dirigí curioso a la valla fronteriza por donde salían corriendo los numerosísimos comerciantes afganos, cargados con las más diversas mercancías embutidas en pesados y voluminosos fardos que doblegaban sus espaldas, para coger cuanto antes los mejores pedazos de suelo en el recinto del mercado. A mi lado se plantó, observando callada, una chica alemana con la que compartí transporte desde Khorog hasta Ishkashim, en un trillado Opel Astra conducido por un desquiciado personaje al que en Málaga solo podría describir como un “kinki”.

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El puesto fronterizo, desde unos 100 metros. Prohibido hacer fotos, claro.

Saludé a los dos soldados tayicos de la entrada de la verja, armados con modernos fusiles Kalashnikov, y al cabo de unos segundos uno de ellos me preguntó: “¿Afganistán?”. Nunca entendí si aquello fue una invitación, una sugerencia o mera curiosidad. Tan intrigado como sorprendido, contesté con vehemencia aventurera: “nos gustaría pasar, sí”. Sin mediar ni una palabra más, el joven soldado, que no aparentaba más de dieciséis años, corrió al anterior del recinto vallado donde los afganos se situaban en línea junto a sus mercancías para ser examinados minuciosamente por varios soldados armados. Imaginé que estarían buscando drogas, más que armas o bombas atómicas, ya que Afganistán es uno de los mayores productores del mundo y Tayikistán es el principal puerto de entrada hacia Rusia y Europa, principales consumidores.

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Estos dos soldados afganos ni me estaban deteniendo, ni me estaban escoltando, solo posaban para la foto

Del joven no supe más porque acto seguido lo engancharon para chequear bultos, cosas del Ejército, que cuando eres soldado cualquiera tiene facultades para mandarte tareas. Sin embargo, no pasaron dos minutos cuando un tipo con cara de muy mala leche, metro noventa y pico de altura y cuatro estrellas en las hombreras, lo que le convertiría en Comandante o Teniente Coronel, apareció inadvertidamente por mi espalda dirigiéndose al interior de la frontera. “¿Queréis pasar a Afganistán?” inquirió muy educadamente éste, empleando un perfecto inglés. Era la segunda vez que me lanzaban aquella pregunta-ofrecimiento en dos minutos, y empecé a considerar que allí todos eran amigos del alma y que igual nos permitían cruzar la frontera con tal de poner los pies un rato en suelo afgano, hacer la gracia, y regresar acto seguido a Tayikistán. Obviamente no disponíamos de visado afgano, es más, en aquel justo instante ni siquiera portábamos nuestro pasaporte, custodiado aún por los soldados del puente.

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No hace falta decir nada

“Sí, si es posible nos gustaría pasar y pisar suelo afgano”, aclaré yo. El alto rango nos miró unos segundos y dijo secamente: “seguidme”. No me lo pensé un segundo y crucé la valla fronteriza, entrando en el recinto donde a escasos metros chequeaban los paquetes llenos de trastos afganos. A lo largo de todo el lado derecho se levantaba el edificio donde cacheaban a los afganos y recogían sus carnés de identidad, que dejaban depositados en aquel recinto, intercambiados por unas pequeñas tablas de madera con números, antes de poder continuar con el registro. Nos dijo el Teniente Coronel que esperásemos allí mismo, a la puerta del edificio y en medio de todo aquel meollo, y allí mismo quedamos observando los exámenes de mercancías y, sobre todo, las caras, las vestimentas, los gorros, las expresiones y las arrugas de todos y cada uno de los afganos que allí se encontraban. Vecinos del otro barrio de Ishkashim pero terriblemente diferentes, como si la otra parte del pueblo se hubiera quedado anclada un par de siglos atrás.

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Soldado afgano, se deja querer

Transcurridos unos minutos entramos de lleno en el susodicho edificio, y nos hicieron pasar a la oficina del que tenía que ser a la fuerza el Coronel del destacamento porque, aunque no llevaba galones, era el más anciano de todos los allí presentes, amén de ser el único entrado en kilos, lo que demuestra siempre mejor vida. Nos pidió nuestro pasaporte y le contestamos que no lo teníamos encima, nos dijo que entonces no podíamos pasar a Afganistán y le replicamos que los pasaportes se quedaban en el puente, pero que teníamos fotocopias, que le enseñamos, y que dio por buenas tras unos segundos de miradas dubitativas y un breve intercambio de palabras en alemán con mi adyacente compañera. Salimos de la oficina y volvimos a seguir al Teniente Coronel, que nos llevó esta vez a la oficina donde guardaban los carnés de identidad de los afganos, que pasaban uno a uno para realizar la operación burocrática, flipando al mismo tiempo por ver allí metidos a dos extranjeros que pretendían cruzar al otro lado.

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Un afgano con mucha pinta de afgano. El primero con el que interactué

Aguardamos un buen rato hasta que el Teniente Coronel, que acababa de echarle un puteo enorme no sé por qué razón al soldado que se encontraba anteriormente guardando la verja de entrada, nos pidió los pasaportes y le dimos las fotocopias. Nos miró con cara de estar escuchando un mal chiste, dijo que tenía que ser el pasaporte original y nos hizo volver al puente, convencer a los soldados de que nos entregasen los pasaportes y regresar a aquel mismo lugar. Así lo hicimos, comentando entre sonrisas nerviosas que iba a ser una pasada si finalmente nos dejaban hacer la gracia de dar un corto paseo en territorio comanche, aunque ni siquiera nos dejasen tomar unas fotos de recuerdo.

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Un hombre sencillo y amable. La curiosidad hacia alguien proviniente de un sitio radicalmente distante al nuestro era mutua

Volvimos a la oficina, ya como si fuéramos de la familia, moviéndonos por el vigilado y armado recinto como Pedro por su casa. Le cedimos los pasaportes al militar malencarado y éste se puso a rebuscar en sus páginas. A los dos o tres minutos me llamó con mi pasaporte en la mano para comunicarme que mi visado de Tayikistán solo era de una entrada, por lo que si salía no podría volver a entrar. Bueno, pensé yo, parece ser que no se trataba de un paseo entre amigos después de todo, sino que pensaban que pretendíamos trasponer a Afganistán con todas las de la ley, visados incluidos. Falta de entendimiento o exceso de fe por nuestra parte, aquello quedo en agua de borrajas.

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El mercado estaba verdaderamente abarrotado

Nos fuimos de allí con cierto sentimiento de decepción, pero llegando a la conclusión de que habíamos estado dentro de la línea fronteriza experimentado una pequeña aventura. Ahora sí pusimos rumbo al mercado donde ya deambulaban cientos de afganos y tayicos, así como el resto de los extranjeros, para ser simplemente uno más de ellos, aunque los únicos con nuestro pasaporte en el bolsillo.

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Terminado el mercado, los afganos vuelven a cruzar la frontera

Según Google Maps, aquello es Afganistán

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