Yamchun Fortress

“Todo aquello estaba, en aquel instante, reservado para mí. El Sol se detuvo en su avance, receloso, permitiendo silbar un rato más al congelado viento del alba que recorría la garganta entre las montañas peladas”.

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Circulando a lo largo del río Wakhan; al otro lado, Afganistán
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Por la principal carretera que atraviesa el Wakham Valley circula más ganado que personas. Imagen muy habitual
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Máximo exponente tecnológico del lugar. No había muchos más tractores en la zona

Dormía bajo el techo de una casa tradicional tayica situada a mitad de los seis kilómetros de camino que suben hasta los baños llamados “Bibi Fatima”, nombre que suena cachondo para un español pero que para alguien de Tayikistán debe tener todo el sentido del mundo. Partiendo de la base de que Fátima era el nombre de la hija del profeta Mahoma.

La noche anterior me acerqué a aquellos baños junto con dos chavales australianos y la chica alemana que me llevaba acompañando tres días. A aquel lugar van las mujeres tayicas con el deseo de que sus aguas termales, a las que se le otorgan poderes milagrosos, las ayuden a quedar encintas. Aunque para quedar preñadas tendrían que hacer antes otra cosa aún más importante pero que yo no les iba a desvelar por miedo a llevarme una paliza. Allí nos bañamos en un recinto cerrado a modo de sauna, por cuya parte superior caía el agua a alta temperatura proveniente del interior de la tierra. Se reunían allí una decena de hombres tayicos que nos miraban extrañados, todos desnudos, mas sin inconveniente alguno por compartir su pequeño retiro de aguas calientes con nosotros. Por supuesto, las mujeres se bañaban en otra zona apartada.

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El interior de los baños termales, todo de piedra, antes de que todos entrásemos
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Mujeres tayicas esperando su turno para bañarse. Obviamente no todas pretendían quedar encintas

Sonó el despertador y me levanté, yo solito y por voluntad propia, a las 6:30 de la mañana para ver el amanecer unos dos kilómetros montaña arriba. Allá en lo alto despuntaba una fortaleza amurallada del Siglo XII llamada “Fuerte Yamchun”, construido en un peñisco apartado del cuerpo principal de la montaña y rodeado por sus cuatro costados por pronunciadas pendientes, siendo una de ellas un desfiladero de vértigo. Alcanzar la explanada amurallada exigía traspasar antes una torre fortificada, hoy medio derruida, que guardaba el acceso a un estrecho pasillo de tierra elevado, sin barandillas, tan estrecho que no cabría más de una persona al mismo tiempo. Si esa persona dijera de caerse, terminaría muchos metros más abajo. Una buena manera de defender una entrada.

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Imagen del fuerte el día anterior, al atardecer
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Imagen del valle subiendo la montaña hacia el fuerte, el día anterior al atardecer

Allí aparecí escasos minutos antes de que el Sol saludara parsimoniosamente por sobre los picos del Hindu Kush, propiedad de Afganistán. Justo a su espalda, unos cuantos kilómetros más allá, se abría Pakistán. En el valle formado entre el Hindu Kush y la cadena montañosa que yo pisaba corría el río Wakhan, que divide Tayikistán de Afganistán bifurcándose a lo largo del valle para luego reencontrarse tras formar pequeñas islas, girando sobre si mismo para formar curvas pinceladas del brillo matutino, como si diamantes fluyesen sustituyendo al agua helada del techo del mundo. Por aquel estrecho y largo valle paseó Marco Polo en el año 1276.

El Sol podía esperar un poco ante la fascinación que me produjo descubrirme allí solo entre todos aquellos pedazos de Historia, imaginándome los cientos de soldados otomanos, persas, chinos o rusos que pasaron las noches heladas aislados entre las miles de piedras que conformaban barracones, torres y murallas. Hoy, de manera fascinante, todavía se conservan los cimientos de toda aquella infraestructura, e incluso alguna torre casi intacta: así de gruesos y resistentes eran sus muros de piedra.

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Esta torre estaba casi intacta
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Al otro lado del muro se extendía el valle

La neblina creando contrastes de grises al fondo del cuadro. La nieve a un paso, recordándome la altura de las remotas estribaciones donde me encontraba. La hierba, los árboles, los cultivos y las casas rudimentarias a ambos lados de la frontera, quinientos metros más abajo casi en perpendicular, cobijando gentes que vivían en un mundo aún desglobalizado. Todo aquello estaba, en aquel instante, reservado para mí. El Sol se detuvo en su avance, receloso, permitiendo silbar un rato más al congelado viento del alba que recorría la garganta entre las montañas peladas. Noches de nieve, ataques sorpresa, falta de comida, enfermedades y meses eternos condenados a guardar aquella fortaleza, debieron forzar que los soldados que la residieron no disfrutasen de las vistas como yo lo hacía, sin embargo.

Encontré una piedra donde apoyar mi cámara, corrí entre la grava y me subí a una roca al borde de la explanada defensiva. El disparador automático saltó mientras el sol lanzaba sus primeros cálidos rayos sobre mi cara, dibujando siluetas y sombras entre las atalayas y los ventanales de las murallas, coloreando el aire de líneas rojizas de luz, y culminando un momento de libertad absoluta, de aventura y de emoción.

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Libertad

Sobre un pedazo de Historia olvidada en una de las zonas más remotas del planeta, encaraba Afganistán en la soledad de la mañana. Nada más hacía falta, todo estaba bien y en paz. No quería irme, no tenía necesidad de ir a ninguna otra parte, y las lágrimas saltaron de mis ojos sin poder remediarlo.

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El fuerte visto desde una elevación cercana

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