El quinto pasajero

“La pobre, la cabra, en escasos momentos de lucidez pasajera intentaba saltar, escapar, salir disparada hacia la libertad. El problema es que delante de ella no estaba la libertad sino mi pierna”.

A las 5:45 de la mañana me despertaron con unos toquecitos en la cabeza, pese a que en realidad, con el jaleo que llevaban un rato armando, ya estaba medio despierto. Tras un matutino té con galletas nos pusimos en marcha de vuelta a Ishkashim, en el soviético Lada de la era de los dinosaurios perteneciente al hermano de la chica que hablaba inglés, la de la casa donde me habían hospedado esa misma noche.

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El Lada y el conductor antes de partir. Prometía ser un lindo paseo

Durante el momento del té me quedé a solas con aquella mujer de cara amargada, esposa del que me llevaría en coche minutos después, y que no cejaba de mirarme sin decir ni pío, creando un incomodísimo silencio que decidí romper. La señalé con un dedo -tú-, hice gesto de dormir y le pregunté: “¿xorosho?” -“¿bien?”, en ruso-. Es decir: “¿tú dormir bien?”, universal. La mujer puso cara de pánico, se levantó y se dirigió como una exhalación a la habitación contigua, despertando a gritos a la mujer que hablaba inglés. Yo puse cara de no poder creérmelo: ¡si solo le había preguntado si había dormido bien!

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Sus ropas eran alegres, pero vaya careto…

Cuando regresó, decidí intentarlo de nuevo. Misma operación: “¿tú dormir bien? ¿yes or not?”. De nuevo perdió la calma, giró la cabeza y gritó con pánico el nombre de la cuñada, que apareciendo medio dormida por la puerta se acercó a rescatarla. Me preguntó si había dormido bien. Cada minuto que pasara allí prometía ser un verdadero coñazo. Cuando su hermano requirió mi presencia para macharnos, se precipitó una despedida de prisa y corriendo, pero casi mejor así, porque las miradas inquisitivas y la tensión de ser el centro de atención me provocaban irrefrenables ganas de huir sin mirar atrás. Les di mi dirección de email y la dirección física en España, con la somera esperanza de que algún día se hicieran un correo electrónico y me contactasen. Sería, en todo caso, en un futuro muy lejano. Y así nos subimos al coche y nos fuimos.

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Acababa de salir el sol cuando nosotros partíamos

En el hasta extremos cómicos diminuto Lada, íbamos el hermano, otro tipo desconocido que apenas si abría la boca y que acababa de aparecer en escena, y yo. Al bajar la cuesta hasta la carretera principal torcimos hacia el Este. Estando Ishkashim al Oeste deduje que nos dirigíamos al cercano pueblo de Vrang, a donde paseé el día anterior, con el objetivo de recoger al cuarto pasajero que habría de sentarse al lado mía. No estaba equivocado. En estos mundos de pobreza y combustible costoso no se deja un asiento desaprovechado. Una mujer rechoncha y sonriente que rozaría los cuarenta, enfundada en un vestido tan colorido como el pañuelo con el que se cubría la cabeza, subió al vehículo. Muy musulmana ella, cada vez que pasábamos por delante de un Mazar o de una lápida mortuoria junto a la carretera, rezaba y pronunciaba sus oraciones islamistas. Hasta ahí, dentro de lo que cabe, aunque curioso no dejaba de ser un viaje normal.

De no ser por la cabra.

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La ventana necesitaba de unas cuñas de madera para mantenerse cerrada. Muchos años tenía el Lada

Sí, la mujer rechoncha depositó una cabra a sus pies. Es decir, junto a los míos, en el minúsculo asiento trasero del Lada. Drogada la pobre, la cabra, babeaba incesantemente a no más de dos centímetros de mi pantalón, por lo que pasé las dos horas y pico de trayecto haciendo malabarismo para no pringarme. La pobre, la cabra, en escasos momentos de lucidez pasajera intentaba saltar, escapar, salir disparada hacia la libertad. El problema es que delante de ella no estaba la libertad sino mi pierna.

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Y de repente, una cabra

Agarraba la cabra por los cuernos y, con sus piernas, más o menos la sujetaba apretándola contra el asiento del conductor con idea de que no diese mucho por culo. Asustada, la pobre, la cabra, se cagó encima, porque aquel tufo que asaltó el Lada no podía ser humano. Grande la cabra, la cabra, la puta de la cabra, la madre que la parió. Yo me temía que el efecto de la droga que le hubieran dado -me imaginé que heroína proveniente de Afganistán, porque por aquellas tierras no tendrían dinero ni acceso a sedantes- se difuminara antes de lo esperado y aquello se tornara un circo con la cabra como protagonista y el extranjero puteado como estrella invitada.

Colaborando en la creación de tal escena surrealista contábamos con música musulmana a todo volumen tronando por los altavoces traseros, justo detrás de mi cabeza. El básico Lada había sido tuneado con un sistema de sonido cojonudo que me estaba destrozando los tímpanos. No quisiera ser insensible respecto a las capacidades artísticas del señor musulmán cuyo disco compacto sonaba, pero la letra de la canción contenía una serie de berridos –“beeeeeeee”- en distintos tonos que se intercambiaban inquietando a la cabra, a la par que desintegraban mis capacidades auditivas.

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Ese equipo de sonido no venía de serie con el Lada

Llamando la atención de la mujer rechoncha, le grité un “¡beeeeeee!” señalando al mismo tiempo los altavoces, imitando al cantante, y apuntando seguidamente a la cabra. Ella le dijo algo al conductor, que inmediatamente bajó el volumen mirándome reprobatoriamente. Mientras todavía me clavaba sus ojos, volví a berrear “¡beeeee!” e imité a la cabra pegando saltos compulsivamente. Todos me entendieron a la perfección. La buena de la cabra dio por culo pero, siendo justos, me salvó de tener que aguantar la música ensordecedora durante todo el camino. Otro regalo de la carretera.

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La carretera hacia Ishkashim
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Superpoblada de ganado, la carretera
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Cuando se ponía muy rebelde, la sujetaba de los cuernos

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