Días difíciles

Viajando no siempre todo es maravilloso.

Días cuesta abajo. Días en los que te faltan las energías y la enfermedad te asalta inmisericorde aprovechando tu debilidad, acabando con lo poco que queda de ti. Días en los que te sientes más desamparado que nunca. Días en los que te olvidas de las razones y solo surgen los porqués. Días cansados, negativos, perdidos, melancólicos, llenos de pasado y renqueantes al avanzar.

Entonces te preguntas: ¿qué hago viajando de esta manera? Se te ha olvidado, te encuentras en mitad de una carretera perdida en países que nadie conoce, y tú te sientes tan perdido como la carretera misma. El lugar que dejaste atrás forma parte de otra vida, y por delante solo espera la incertidumbre vital, acrecentada por el rechazo de un trabajo y una estabilidad garantizada; o lo que es lo mismo, por haber renegado de la seguridad en busca de un sueño. ¿Pero qué sueño? En estos instantes de flaqueza no consigues recordar con claridad los cimientos que te impulsaron a lanzarte en su busca.

¿Por qué abandoné aquella tranquilidad? Tus razones tenías aunque en este justo momento parezcan olvidadas, o debilitadas, o vacilantes a la hora de mostrarse convincentes. Porque te ha vencido el miedo, lo sabes, solo es el miedo a lo desconocido que te controla y lo abarca todo en los momentos de flaqueza. Solo necesitas descansar bien y mañana estarás mejor, y pletóricamente continuarás adelante, y la carretera proveerá. La seguridad no garantiza necesariamente la felicidad. Ni el dinero, ni un trabajo ni una casa, te repites con la intención de auto sugestionarte y pasar el mal momento. Pero al tiempo te asalta la subconsciente idea de que tampoco la garantiza el simple hecho de viajar por viajar. Para viajar como forma de vida hay que tener un motivo ulterior.

Entonces, dejando a un lado el potentísimo deseo de conocer lo que no debe ser conocido, ¿por qué te fuiste dejándolo todo sin vuelta atrás? Atravesando Tayikistán me inquiría a mi mismo todas estas preguntas sin sonsacar una respuesta convincente. Entonces lo leí, no recuerdo en qué libro o documento, pero leí la respuesta, sucinta aunque con todo el sentido del mundo para mí en aquel instante: “Te vas para poder regresar”. Regresar siendo mejor de como marchaste.

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