Visados en Dushanbe

“Me sentía perdido, en parte debido al cansancio de casi dos meses de viaje, la soledad y el estado de frustración al ver que no había nada que yo pudiera hacer ante este problema. Salvo esperar”.

Éste texto es más bien una guía sobre cómo conseguir un visado iraní, uzbeco y turkmeno en Dushanbe, así como mis peripecias para lograrlo. Si no tienes pensado viajar por la zona, mejor limítate a disfrutar las fotos.

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Dushanbe, Rudaki park

Llegué a Dushanbe en un todo terreno conducido por un tipo que se introducía ciertos polvos extraños en su boca -un tipo de droga suave que la gente consume habitualmente por Tayikistán- para escupirlos pasado un rato, abriendo la puerta y agachando la cabeza a la altura de las rodillas, con el coche en marcha a ochenta kilómetros por hora. Unas veinte veces llevó a cabo la temeraria operación durante el largo trayecto, mientras yo observaba tenso, temiendo que se pasara al otro carril o se saliera de la carretera. Una vez en Dushanbe el futuro del viaje se mecía en la cuerda floja, pues infinidad de contratiempos amenazaban el reto de conseguir los tres próximos visados: de Uzbekistán, Turkmenistán e Irán. Una combinación de factores indispensable tenía que darse a la perfección para que todo saliera bien, y a tiempo.

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El barrio donde pasé cinco noches, desde el hogar donde me alojé

El más arduo de conseguir de todos era el de Irán, que requería disponer de una autorización expedida por el Ministerio de Asuntos Exteriores Iraní (MFA), para lo cual era indispensable la intermediación de una agencia de viajes autorizada que la solicitase en tu nombre. La agencia de viajes iraní con la que contacté -iranianvisa.com- prometía proporcionarla en un plazo de entre siete y diez días, al desorbitado precio de cuarenta y siete euros la pieza. Otro punto a tener en cuenta es que cuando pides la autorización tienes que indicar en qué Embajada de Irán vas a solicitar posteriormente tu visado; y allí, y solo allí, mandarán la mencionada autorización. Luego una cosa es la autorización, y otra es el visado, que requiere de dicha autorización. Una vez solicitada la autorización ya no puedes cambiar de Embajada, por lo que planificar con bastante antelación en qué ciudad vas a estar cuando la autorización haya sido expedida es todo un ejercicio ajedrecístico.

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El mejor váter que vi en Tayikistán, en el hogar donde me alojé

A primeros de Septiembre consideré como más adecuada para solicitar el visado la Embajada de Irán en Tashkent, Uzbekistán, con intención de estar allí el día 17 de Octubre. Poco después y tras ciertas averiguaciones sobre el visado de Turkmenistán, me di cuenta de que necesitaba ese visado antes, estando en Tayikistán. Así que el día 9 de Septiembre tuve que cambiar mi solicitud al Consulado de Irán en Dushanbe, Tayikistán, para ser recogida la autorización el 10 de Octubre. Y pagar 47 euros de nuevo.

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El mejor intercambio de mochilas de la historia. En el hogar familiar donde me alojé

Explicaré el motivo para el que le pueda interesar. Una vez adjudicado el visado de Irán en mi pasaporte, podría ir a solicitar un visado de tránsito para Turkmenistán, que requiere demostrar la posesión del visado del país de salida, en mi caso Irán. Esto debía hacerlo en la Embajada de Turkmenistán en Dushanbe, Tayikistán, obligatoriamente. Solicitando el visado en Dushanbe me permitían recogerlo una semana más tarde en la Embajada de Turkmenistán en Tashkent, sin tener que esperar una semana entera en Dushanbe solo para recoger este visado. Además, investigaciones internaúticas desvelaron que las Embajadas de Tashkent están masificadas y funcionan desesperadamente despacio, por lo que tramitar cualquier visado allí era desaconsejable. Una gran movida, esto de los visados.

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Fue tres veces al mismo bar, allí coincidí las tres veces con estas dos chicas. La de la derecha, tayika; la de la izquierda, rusa.

Sin embargo, de los siete a diez días prometidos por la agencia de viajes iraní –iranianvisa.com, nunca la uséis-, íbamos ya por veinticinco días, y aún no sabía nada de mi autorización. Tras continuas presiones por mi parte a través de correos electrónicos, desde la mencionada agencia me venían prometiendo un día sí y otro también, desde hacía semanas, que la autorización estaba al caer. Era mentira, y para ello mezclaban excusas inverosímiles que les habían hecho perder toda credibilidad y, a mí, la fe. Llegué al punto de pensar que me habían timado y que Irán habría de ser cancelado en mi ruta de viaje. Las malas opiniones vertidas por algunas personas en Internet sobre mencionada compañía no hacían sino empeorar mis expectativas. Me vi sometido a mucho estrés, desesperado, con el dilema sobre si esperar quién sabe si eternamente en Dushanbe hasta ver si finalmente era expedida mi autorización, o continuar adelante y olvidarme para siempre de Irán y la Ruta de la Seda. Os recuerdo que mi autorización viajaría al Consulado de Irán en Dushanbe, allí y solo allí, por lo que una vez abandonase esta ciudad no habría marcha atrás aunque la autorización llegase al día siguiente.

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Estatua de Rudaki, Dushanbe

Llegado el martes 8 de Octubre, día que en principio tenía pensado trasladarme hacia Dushanbe, volvía a tener únicamente promesas vacías por parte de la agencia iraní, y un sentimiento de desesperanza me abarcó por completo. Mi cabeza daba vueltas sin descanso a miles de ideas y preguntas interiores sobre a dónde vamos y de dónde venimos, si debería seguir viajando o simplemente buscarme un trabajo y llevar una vida normal. Me sentía perdido, en parte debido al cansancio de casi dos meses de viaje, la soledad y el estado de frustración al ver que no había nada que yo pudiera hacer ante este problema. Salvo esperar. Hasta tal punto llegó el estrés, que esos días acabé por enfermar con problemas estomacales y fiebre por primera y última vez en el viaje.

Esa misma noche, martes 8 de Octubre, mandé por primera vez un correo electrónico verdaderamente amenazante a la agencia de viajes, prometiendo denunciarlos no solo ya en las redes sociales sino también en Irán una vez consiguiese llegar al país. Era un farol. Contra todo pronóstico, pocos minutos después recibí un email de confirmación: la autorización había sido aprobada y sería enviada al Consulado de Irán en Dushanbe en un período de uno a tres días. Mi estupefacción se mezcló con una alegría mayúscula, y toda la presión contenida salió expelida al unísono en manifestaciones de júbilo tales como las que uno tendría si su país ganase un mundial de fútbol.

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Bonito mosaico en Dushanbe

Era martes 8, como digo, y al día siguiente por la mañana, como ya sabéis, el Presidente cortó las carreteras, haciendo imposible que me personase en ninguna Embajada o Consulado en Dushanbe antes del siguiente lunes día 14. Era un mal menor, puesto que habiendo estado al borde de la catástrofe ya todo parecía ser cuestión de tiempo pero una meta segura de ser lograda. El domingo 13, tras mis aventuras de furgoneta y auto-stop, descansaba felizmente en Dushanbe pensando en la aventura del siguiente día.

Lo primero que hice fue dirigirme al Consulado de Irán donde acababan de abrir y, tras comprobar el número de código de mi autorización, me informaron de que ésta aún no había sido recibida por el Consulado. Primera mala noticia. Tardarían de uno a tres días en enviar la misiva, según la comunicación transmitida por la agencia iraní pero que en realidad pertenecía al Ministerio de Asuntos Exteriores (MFA) iraní, pero ya habían transcurrido cinco y allí no tenían noticias de ella. Les supliqué, insistentemente, que llamasen a Irán, al MFA, para comprobar que la autorización había sido expedida tal y como decían en el email, que les mostré. Pero allí no movieron un dedo salvo para aconsejarme que me las ingeniase yo para que el MFA les reenviara el código a ellos. Según esto, dependía de la agencia de viajes otra vez. Segunda mala noticia. Y tercera mala noticia: el día siguiente, martes 15, era día festivo nacional en Tayikistán y no abrían las embajadas. Cuarta mala noticia, aún en el caso de que lograse mi autorización, el visado no se expedía en el momento, sino que se solicitaba un día y se recogía al siguiente.

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Un teatro

Parecía irremediable que tendría que esperar hasta el miércoles 16 antes de poder mover un dedo, lo que suponía un retraso de siete días sobre el calendario de viaje que llevaba previsto, ocho si contamos que hasta el día siguiente no recogería el visado. Todo ello teniendo la fe de que durante los próximos días el Consulado recibiese la maldita autorización, para lo cuál redacté un email de nuevo a la agencia de viajes, a la par que a una amiga iraní que tuvo la buena voluntad de llamar al MFA y, al menos, comprobar que la autorización fehacientemente existía y estaba allí sobre la mesa. Temí que fuese una patraña de la agencia de viajes y que no existiera en realidad.

Mientras tanto fui a la Embajada de Uzbekistán, donde esperaban cientos de tayikos aglomerados para conseguir un visado con el que viajar al día siguiente, festivo, a Uzbekistán a visitar a la familia. Un proceso que en condiciones normales habría llevado cinco minutos me llevó hora y media, pero salí de allí con un visado de Uzbekistán tras haber pagado 75 dólares estadounidenses. Entre Consulado y Embajada me paseé media ciudad, admirando sus edificios coloridos de estilo ruso, sus palacios presidenciales y esculturales monumentos.

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En la embajada uzbeka guardaban cola decenas de personas
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En esta tétrica habitación era donde se tramitaba el visado

Ya no había nada más que estuviera en mis manos salvo resignarse y esperar cruzando los dedos a que llegase el miércoles. ¿Conseguiría salir de Tayikistán algún día? El objetivo de estar en Navidad en España se cumpliría, eso era seguro, pero cuántos lugares tendría que sacrificar por falta de tiempo aún era imposible discernirlo. Como mínimo llevaba ocho días de retraso y no podía permitirme muchos más.

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Rudaki Park

Miércoles. Me armé de valor y volví al Consulado de Irán en Dushanbe, con todas mis esperanzas puestas en que allí me esperase por fin la autorización para visitar Irán, proveniente del Ministry of Foreign Affairs (MFA). Desde mi agencia de viajes me habían confirmado su petición al MFA para que reenviase la misiva al Consulado, a la par que me confesaban con incredulidad ante la reacción del Consulado, pues podría haber intentado comprobar por ellos mismos la existencia de la autorización mediante el código de aprobación que yo ya les proporcioné, contactando directamente al MFA.

Tan pronto como llegué al Consulado me reconocieron. “No, aún no”, fue toda respuesta cuando me acerqué al mostrador. Me quedé sin palabras. “Ayer fue fiesta musulmana, y hoy, mañana y pasado es fiesta en Irán y no trabajan”, me comunicaron. El corazón se me paró. Como poco, eso significaba que hasta el lunes 21 no había nada que hacer, con suerte de que entonces apareciese la maldita autorización por allí. Una autorización que existía, que estaba en Irán porque mi amiga iraní había llamado al MFA y la tenían allí sobre la mesa, pero que por algún motivo incomprensible no había sido enviada o recibida en el Consulado de Dushanbe.

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El nuevo Palacio Presidencial… todo un lujazo en uno de los países más pobres del mundo

Mantuve la calma pero hablé seriamente con ellos: necesitaba esto, hoy, y les encomendé con gran pasión que colaborasen conmigo para lograrlo. Mientras tanto, me fui a imprimir el email escrito en árabe por el MFA donde confesaban la aprobación de mi autorización y la promesa de enviarla entre uno y tres días después al Consulado. Aunque se contaban ya siete días desde entonces.

Regresé con mi email impreso, que leyeron de pasada sin darle más importancia. Esperé allí mismo, sin decir nada, pues solo quedaba esperar. Si el lunes 21 pudiese solicitar el visado finalmente, lo recogería el martes 22, día que también, con suerte, solicitaría el visado de Turkmenistán para ser recogido una semana después, martes 29, en Tashkent. Demasiado tarde, tendría que hacer indeseados sacrificios en mi ruta de viaje. Eliminar Turquía de la lista, posiblemente, dejando la Ruta de la Seda coja. El hombre encargado de los visados en el Consulado salió por detrás de una puerta, venía con un papel en la mano al que inmediatamente clavé la mirada, tenía que ser aquel papel, por necesidad, porque así tenía que ser escrito. Los segundos pasaron exasperantemente lentos hasta que el hombre se aproximó a la ventanilla y me enseñó el papel: la maldita autorización había llegado. No sé cómo, pero allí estaba.

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Este maldito documento me trajo de cabeza durante un mes

Alcé las manos al cielo, cerré los puños y me las llevé al pecho, explotando de emoción abracé al tipo que tenía a mi lado, que correspondió entre risas. El hombre de la ventanilla también se reía, posiblemente no habían visto tanta felicidad en años. Eran las 11:25 y a las 12:00 el Consulado cerraba, no había ni un minuto que perder, aún tenía que ir al banco a pagar, rellenar un formulario y, joder, entregar dos fotografías tamaño carnet que me había olvidado en la casa donde estaba alojado. No había tiempo material ni para coger taxi hasta aquel hogar, ni para buscar un sitio donde me hicieran fotos nuevas en tan poco tiempo, pues tenía que ir al banco que estaba a un buen paseo del Consulado. Necesitaba un milagro o tendría que esperar hasta el día siguiente.

El milagro estaba en mi cartera: el día antes, tras entregar una fotografía en la Embajada de Uzbekistán, inconscientemente guardé las dos fotografías que me sobraron en mi monedero en lugar de en el sobre donde guardaba toda la documentación y el resto de las fotografías. Ese sobre es el que me olvidé en el alojamiento. Mi subconsciente me salvó, por pura casualidad. Así mismo, para rellenar la solicitud llamaron a un colega suyo, que me cobró tres euros y medio por rellenarla en árabe, buen negocio tenían montado. A las 11:30 le entregué mi pasaporte a aquel tipo para que fuese rellenando mi solicitud de visado y salí corriendo hacia el banco iraní donde debía pagar los 75 euros, ni más ni menos, que costaba el visado. El banco estaba a tomar por culo. Corrí rápido a velocidad constante por alrededor de un kilómetro, hasta que divisé un autobús con la puerta abierta al que me subí ya en marcha cuando se alejaba de la parada. No sabía qué autobús era, no sabía si me llevaría a donde necesitaba. Pregunté por el banco y me dijeron que sí, y otro kilómetro más adelante me bajé y seguí corriendo hasta la puerta del banco. En cinco minutos deposité 105 dólares estadounidenses y emprendí el regreso al Consulado con mi resguardo de abono. Eran las 11:42.

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Más monumentos a Rudaki

Esperé ansioso la aparición de un nuevo autobús número tres, al que me subí esperanzado en poder lograr mi meta, mas varios cientos de metros más adelante, y por causa desconocida, la carretera estaba cortada a cal y canto por la policía. Allí se apelmazaban progresivamente los vehículos y nada parecía suceder, nada parecía cambiar. Tras dos minutos de insulsa espera me bajé y continué mi camino corriendo, no había un segundo que perder. Entré nuevamente en el Consulado a las 11:52, entregué las fotos y el resguardo de pago, mientras que un tipo desconocido traía algunos minutos después mi pasaporte con la solicitud completada en árabe. Ya estaba todo listo para recoger mi pasaporte visado al día siguiente a las 11:00. Me fui de allí saltando, pegando gritos y con una gran sonrisa de idiota.

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La ópera

Jueves. Sin mayor novedad recogí mi reluciente visado de Irán a las 10:50 de la mañana del jueves 17 de Octubre, ¡victoria!, y me puse en marcha hacia la Embajada de Turkmenistán, a por mi tercer y último visado logrado en Dushanbe en cinco días laborales. La idea era solicitar el visado y, sin entregarles mi pasaporte, poder entrar en Uzbekistán y recogerlo una semana después en la Embajada de Turkmenistán en Tashkent –capital de Uzbekistán-. Así me ahorraba el esperar cinco días o los que fueran en Dushanbe, dándome libertad de movimientos para continuar mi viaje por Uzbekistán, visitando Samarcanda y más tarde regresando al norte hasta Tashkent para recogerlo.

La Embajada no era más que una casa grande de un barrio acomodado de Dushanbe, rodeada por altos muros y vigilado por dos militares de Tayikistán que aparentaban tener el mejor destino del país. Seguro que eran unos enchufados. Uno de ellos me comunicó por señas que el señor Cónsul no estaba, que volviera a las 15:00. Eso no sonaba nada bien, me dije, pues las 15:00 es una hora a la que las embajadas ya están casi siempre cerrando, y empecé a temerme que algo raro pasaba y que nada bueno podía salir de todo aquello. De todos modos aproveché para ir a comer algo no sin antes ejecutar mi mejor cara de preocupación y decepción ante los militares, buscando el efecto pena para que no se olvidasen de mí.

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Avenida Rudaki, la arteria principal de la ciudad

Regresé a la hora señalada e inscribieron mi nombre en un cutre papelajo ya pintarrajeado en un 95% de su superficie por monigotes y quinielas futbolísticas. Esperando frente a la puerta de la mansión consular aguardaban otros cuatro o cinco tayikos, sentados en un banco junto con el militar que mandaba en el chiringuito. Pasados veinte minutos de espera, a las 15:10, este uniformado se giró y me dijo “zaftra”, esa odiosa palabra que significa “mañana”, mientras cruzaba los brazos en una equis desoladora, dando a entender que no había ya nada que hacer allí. “¿Cómo que zaftra?”, le espeté yo en un perfecto español. “Vengo por la mañana y me dices que venga a las tres, y ahora a las tres me dices que zaftra, ¿y mañana qué me vas a decir? ¿que vuelva el Lunes? No, no, no. Yo de aquí no me muevo”, dije serenamente, convencido de mí mismo, mientras todos los allí presentes me miraban sin entender una mierda de mis palabras, pero intuyendo la disconformidad que expresaba mi tono de voz y mi lenguaje corporal. Ni más in menos que lo que yo pretendía.

Las conversaciones que se sucedieron, incluida una en inglés con un espontáneo que también estaba por allí esperando, fueron sobre lo ocupado que estaba el señor Cónsul, sobre si estaba hablando por teléfono, o en una reunión para salvar el planeta, o quién sabe qué, cómo o donde, si igual la estaba pelando. Que me fuese a casa y que volviese al día siguiente por la mañana, me repetía el militar amablemente, ante lo que yo volvía a repetirle que de allí yo sería el último en irme, si acaso dormiría aquella noche allí mismo en frente de la puerta.

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Muy bonita arquitectura en Dushanbe

En esas apareció inesperadamente la misma coreana esperpéntica con la que compartí transporte desde Osh hasta Murgab dos semanas atrás, y a la que también me crucé en el hostal de Khorog hacía justamente una semana. Qué pequeño es el mundo viajero. Me dijo que llevaba tres días acudiendo a esta misma Embajada y que por una cosa o por otra todavía no había tramitado su visado. No quise tenerla muy en cuenta, porque no aparentaba ser una chica muy espabilada la pobre, pero incrementó mi preocupación a tener que quedarme en Dushanbe muchos más días por venir, cosa que no me podía permitir. Así que guardé la calma y respiré hondo con optimismo, allí seguiría yo hasta que el señor Cónsul decidiera aparecer.

Llegaron las 16:00, hora oficial de cierre de la Embajada, y por la puerta salió un hombre mayor y vestido con ropas sucias que aparentaba ser el jardinero o algo similar. Yo igualmente le supliqué, entre sonrisas, de cachondeo, que le dijera al Cónsul que allí estaba esperándole. La coreana también esperaba, sentada junto a otro hombre tayiko y el militar agorero. Pasaron cinco minutos el jardinero salió nuevamente y tras decirle algunas palabras al militar me invitó a entrar. Tras hacer la gracia de pedirme que dejase la mochila en la puerta, por si acaso llevaba una bomba -¡boom!, dijo entre risas-, me hizo pasar hasta el despacho del Cónsul, un tipo de treinta y pocos años extremadamente afable y eficiente.

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A veces mi estancia en Dushanbe parecía un infierno, como la puerta del ascensor en el edificio donde me alojé. De película de terror.

En su inglés cogido con pinzas me ofreció un par de papeles a rellenar, me hizo unas cuantas preguntas y en pocos minutos le entregué toda la documentación necesaria y salí de allí con la firme promesa de que el jueves siguiente podría recoger mi visado en Tashkent. Todo había salido bien, una vez más lo había conseguido. Me despedí finalmente de Dushanbe, bonita ciudad la cual recorrí de arriba a abajo, de embajada a consulado, una decena de ocasiones.

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