Evolución en Tashkent

“Yo tampoco daba por sentado el éxito de mi intervención, y basaba todas mis posibilidades de éxito en el efecto sorpresa y en el lenguaje corporal que transmitía, intentando estar absolutamente convencido de mi derecho al reintegro, que en realidad no existía. El resultado fue que impuse un respeto que ni yo mismo anticipaba, pillé al enemigo por sorpresa, basándome en la misma estrategia que tantas y tantas batallas ha ganado a lo largo de la Historia”.

A medida que transcurrían los días y los kilómetros, y me terminaba de leer “La vuelta al mundo en 80 días”, una nueva etapa vital se abría paso en mi interior. Estaba mutando en Phileas Fogg, una metamorfosis en directo acontecía ante mis propios ojos.

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Llegando al puesto fronterizo de Uzbekistán

Noté las primeras señales durante la experiencia con el chico ex neoyorquino de Khojand. Otra vez las noté en el complicado paso fronterizo, tanto en la parte tayika como en la uzbeka, donde hube de extremar la paciencia ante la milicia de ambas partes, multiplicando las sonrisas y recreando conversaciones animosas para granjearme un cruce tranquilo, sin sobornos de por medio. También sentí que algo estaba cambiando mientras esperaba un medio de transporte desde la frontera hasta Tashkent, capital de Uzbekistán, soportando con paciencia a varios taxistas que esperaban clientes en la frontera y que me quería timar, esperado a pie de carretera haciendo autostop, subiéndome con éxito a un coche particular que me trasladó hasta la estación de tren de Tashkent por cinco dólares estadounidenses. Pero una vez allí, la cosa dejó de ser tan sencilla.

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Los uzbekos que me llevaron a Tashkent flipaban con mi presencia

Pretendía buscar un billete de tren que me trasladase a Samarcanda, ciudad emblemática de la ruta de la seda, tan pronto como fuese posible. El interior de la estación era caótico. Las ventanillas de venta eran una especie de quioscos circulares donde los pasajeros se aproximaban por todas partes, sin respetar orden de llegada ni conformar clase alguna de hilera en la que guardar turno. El desesperadamente lento sistema informático y de impresión de billetes tampoco contribuía a la hora de aminorar la cantidad de gente en espera, y si no fuera por ser extranjero me habría visto igualmente envuelto en aquel caos. El guarda de seguridad de la estación detectó mi presencia foránea y me invitó a seguirle. Abrió hueco entre la gente y las maletas plantándome justo delante de una de las ventanillas, donde una mujer de unos cincuenta años me preguntó a dónde quería ir usando el inglés de acento más ruso que haya escuchado jamás.

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Trenes Talgo en Uzbekistán, aunque allí parecen llamarlos Afrosiyob

Los asientos de segunda clase parecían agotados, y el abultado precio de los de primera clase puso rápidamente de manifiesto que yo era un ciudadano de segunda a todos los efectos, incluso en aquel país. Eran las cinco de la tarde y salí de la estación decidido a encontrar un taxi compartido con el que llegar a mi destino esa misma noche, pero antes era una obligación cambiar divisas. Justo a las afueras de la estación, decenas de personas convertidas en casas de cambio ambulantes ofrecían som uzbekos. Era el mercado negro, que ofrecía una tasa de cambio un 30% más ventajosa que la oficial: cosas de las restricciones monetarias y políticas de divisas sin sentido del gobierno dictatorial de este país.

El primero que se ofreció, un hombre de mi edad, rubio, con pinta de ruso y cara de demasiado listo, estaba sentado en un muro que flanqueaba la rampa de acceso a la estación de tren. Nos rodeaba una multitud, así que su ofrecimiento público sin ambages me pareció del todo inofensivo, no intentaría engañarme a la vista de tanto testigo. La tasa de cambio que me ofreció era de 2.500 som por cada dólar americano que le diese. Yo, recién llegado a Uzbekistán hacía pocos minutos, relajado y con una actitud parsimoniosa no habitual en mí, no quise elaborar un estudio de mercado para investigar qué tasa de cambio ofrecerían los otros individuos que pululaban por allí. Así que acepté, saqué mi billete de Benjamin Franklin y me fui con 250.000 som a otra parte. Tres buenos fajos de billetes, 250 billetes para ser exactos.

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Estos trenes, llamados Sharq, eran los más barateros y, por supuesto, en los que yo viajaba

Mientras iba de un lado para otro en busca de un vehículo que se dirigiera a Samarcanda esa misma noche, fui asaltado múltiples veces por diferentes taxistas a lo largo de los cien metros que recorrí antes de llegar a la carretera principal. Uno a uno les fui preguntando cuánto me cobrarían por llegar a mi destino. El primero lo intentó con un precio de 100 dólares, cuando la guía de viajes me indicaba que el precio debía girar entorno a 10 dólares. Me reí a carcajadas y seguí adelante, sin que pasara mucho tiempo antes de que un segundo taxista me empezase a acosar con preguntas de a dónde quería ir. Samarcanda, le dije, a lo que él sugirió 150.000 som, unos 60 dólares. Aún muy caro, muy caro, fue toda mi respuesta antes de girarme y continuar, ya con la mosca detrás de la oreja ante la repetición de precios elevados, con cierta sensación de cabreo naciendo en mi fuero interno, empeñando todo mi ser en la lucha por no perder la calma ni la esperanza.

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Pues un tren de Uzbekistán, ¿qué? Aquello no es el tercer mundo, ¿verdad?

El tercer taxista con el que me crucé me preguntó amablemente que cuánto estaba yo dispuesto a pagar. Me perseguían de cerca el primer y segundo taxista de antes, como aves carroñeras que esperasen el deceso de su víctima para aprovechar lo que quedase. Temía yo, no sin motivo, que cada vez que estos dos últimos taxistas abrían la boca era para convencer al nuevo conductor de que no me bajase el precio de 60 dólares. Un cartel, una mafia, en la que todos querían sacar bocado del pobre extranjero.

A mi coro de taxistas se unía a su vez una serie de espontáneos divertidos con aquella caza del extranjero presenciada en vivo directo. Le dije al tercer taxista que no iba a pagar más de 10 dólares, convencido de que mi oferta era justa, pero éste soltó una carcajada y profirió que ni en mis mejores sueños me saldría con la mía. Se acercó entonces otro tipo, taxista para no variar, el cuarto, que tenía una muy poco recomendable pinta más próxima a la de un sicario que a la de un chofer. Cuando le dije, ya perdiendo progresivamente la sonrisa, que quería ir a Samarcanda y me requirió 100 dólares por ello, no pude menos que desternillarme de risa en su cara y, delante de las diez personas que nos servían de coro, afirmarle que estaba loco de remate mientras me hacía molinetes con el dedo índice en mi propia sien. Estaba empezando a cabrearme al ver que tanta gente se había puesto de acuerdo para timarme, y me largué de allí a paso ligero cuando comprendí que no iba a encontrar un transporte decente en la vida. Me fui porque no tenía ganas de discutir ni de ponerme de mal humor. Tampoco tenía hostal a donde ir, ni siquiera sabía a dónde quería dirigirme ahora, pero lo primero era alejarse de allí e intentar pensar con claridad.

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Iglesia protestante muy cerca de la estación de tren. Influencia rusa.

No habiendo llegado aún a la carretera principal, ya que no me habían dejado andar más de cincuenta metros, repentinamente un abuelote me ofreció cambio de divisas. Unos minutos antes ni me habría molestado en preguntar, pero entre todos los taxistas habían afilado nuevamente mi instinto, me habían despertado de mi aletargamiento. Así, le pregunté a aquel hombre a cuánto estaba su tasa de cambio, 2.700 som por dólar, me dijo. Inmediatamente a continuación, un chico joven me ofreció otra vez esos mismos 2.700 som por dólar. Esta cantidad suponía 200 som más por cada dólar de los 100 que yo acababa de cambiarle al ruso, que en definitiva me había timado 7,5 dólares de un plumazo ante mi falta de picardía. Se acabó, me dije con calma, pongamos las cosas en su sitio, que ya es hora.

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Trenes gigantes, en un museo/cementerio de trenes cerca de la estación

Regresé nuevamente a la estación de tren, divisé al ruso con el que cambié dinero primeramente y me dirigí directo hacia a él, que me vio venir de lejos. Le espeté seriamente, aunque muy tranquilo: “tú eres muy listo. Devuélveme los 100 dólares que te di antes”, a la par que le ofrecía de vuelta los tres fajos de billetes que me entregó con anterioridad. Se quedó de piedra, no supo reaccionar más que para gritar el nombre de su compinche, que acudió a su llamada con mis 100 dólares de vuelta. Nos intercambiamos el papel moneda una vez más, sin que ellos acertaran a pronunciar palabra alguna, simplemente se quedaron contando los billetes, estupefactos, petrificados, sin saber cómo actuar ante la inesperada actitud de aquel extranjero con tantos huevos. Yo tampoco daba por sentado el éxito de mi intervención, y basaba todas mis posibilidades de éxito en el efecto sorpresa y en el lenguaje corporal que transmitía, intentando transmitir mi absoluto convencimiento ante lo que consideraba mi derecho al reintegro, que en realidad no existía. El resultado fue que impuse un respeto que ni yo mismo anticipaba, pillé al enemigo por sorpresa, basándome en la misma estrategia que tantas y tantas batallas ha ganado a lo largo de la Historia.

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Muy bonitas también las estaciones de metro de Tashkent, aunque no tanto como las de Almaty, en Kazajistán

Esto ocurría mientras seis o siete taxistas, cambiadores de divisas y multitud de espontáneos me rodeaban en un corro cerrado de no menos de veinte personas. Se oían gritos de “¡Dólar, dólar!” y también de “¡Taxi! ¡Taxi!”, infinidad de risas y cachondeo. Levanté las manos, tranquila y confiadamente, miré en todas las direcciones y grité para llamar su atención: “¡Eh! ¡Hello!” Todos se quedaron callados mirándome aténtamente. “Taxi zaftra –taxi mañana, en ruso-, now hotel –ahora hotel, en inglés-, a tomar por saco –en español-“. Y resolutivamente me marché sin mirar atrás.

Momentos antes, mientras investigaba las diferentes tasas de cambio, otro taxista me ofreció sus servicios hasta Samarcanda por 45.000 som, 16 dólares, lo cual empezaba a sonar ya mucho más razonable. No obstante, una nueva filosofía acababa de surgir, exigiendo no tomar decisiones precipitadas sin estar convencido con plenitud de su conveniencia, así que le dije que esperase un momento. Tashkent se mostró como una jungla capitalista donde lo único que querían de mi era el dinero, y eso exigía extremas medidas de precaución.

Mientras el ruso, aún sin salir de su asombro, amagaba con seguir mis pasos, regresé al interior de la estación de tren con objeto de adquirir un billete para el día siguiente, consiguiendo una de las pocas plazas que restaban en segunda clase y que partía a las 8:30 de la mañana siguiente, al asequible precio de 10 dólares. Solo faltaba tumbar mi maltrecha espalda un hostal donde pasar la noche en Tashkent. Volví a salir de la estación con el riesgo de enfrentarme al ruso y su compinche, que con seguridad ya habrían salido de su estupefacción y estarían lamentándose por su falta de reflejos ante mi exigencia carente de derecho. Milagrosamente no me los crucé. Al que sí me encontré fue a uno de aquellos hombres que cambiaban dinero, con el que procedí a la transacción de divisas al tipo de rigor: 2.700 som.

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Super hostal en la estación

En Tashkent los buenos hostales brillan por su ausencia, estaban llenos, o eran demasiado caros. Tuve la gran idea de entrar a preguntar en el interior de la estación de tren, donde resultó emplazarse un hotel muy aceptable que cuando mi guía de viaje se publicó no aceptaba extranjeros pero que, actualmente, sí. Constaba de habitaciones conjuntas para seis personas, baño exterior, sin duchas, pero lo más barato que se podía encontrar en toda la ciudad, 10 dólares por noche. Además, estaba justo allí en la estación, lo cual era ideal para no perder el tren al día siguiente por la mañana. Más excelso fue que mi habitación de seis camas solo estaba ocupada por un chico uzbeco, que además era guía turístico que hablaba muy bien inglés y me ofreció algunos consejos de viaje.

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Un viejo Lada ruso muy bien cuidado

Solté la mochila y salí a buscar un sitio donde beberme una cerveza y comerme una pizza para celebrar, que ya tocaba. Le pregunté a un hombre sobre cómo ir a una zona donde supuestamente había bares, y espontáneamente se puso a parar coches en la carretera principal. Allí se detuvo un joven estudiante muy simpático y agradable en el trato conduciendo su reluciente Lada, con el que hacía de taxista pirata en sus ratos libres para ganarse los cuartos. Yo estaba tan contento, exultante de alegría, que quise invitarlo a unas cervezas, tenía que celebrar mis éxitos de ese día. No solo estaba por fin en Uzbekistán, también corroboré la evolución a la que me estaba sometiendo: conservé la calma en momentos de tensión, supe manejar la situación con entereza, resolviendo los problemas de forma solvente. Me fui a la cama con la formidable satisfacción de haber superado las zancadillas del destino sin el menor rasguño.

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Cerveza Baltika, para celebrar

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