Equilibrio natural

Bujara, fascinante ciudad antigua situada entre sedientos campos de algodón plantados a un paso del estéril desierto, unos mil años atrás considerábase la capital cultural y religiosa de Asia Central. Hasta que Gengis Khan, aquel famoso mongol siempre a caballo, espada en mano y cortando cabezas, la redujo a escombros en el año 1220. Por suerte, todavía conserva muchos de sus sagrados edificios, junto a una atmósfera relativamente auténtica que recuerda a la época originaria, tan pronto no te metas en las tiendas de souvenirs para turistas que inundan cada rincón.

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Madraza Mir-i-Arab. Bujara

Una mañana me dirigía a “The Ark”, una ciudadela fortificada levantada en el siglo V en mitad de la propia ciudad. El día anterior fui avisado por un turista chino de que el precio de la entrada ascendía a 17.000 somoni: 5,2€. Un pastón.

“¿Cómo que un pastón? ¡Agarrao!”. Mira, no me seas de lengua rápida, que tú vas al Día en vez de al Mercadona para ahorrarte 10 céntimos comprando yogures. Si durante este viaje voy a viajar aproximadamente 120 días, 5€ que ahorre cada día suponen 600€ al final del viaje. ¿Ahora qué me dices? De momento he salido airoso intentando ahorrar cada día una cantidad más o menos significativa siguiendo las artimañas más insospechadas. Así mismo, para reducir el presupuesto sigo a rajatabla muchas de las austeridades recomendadas por nuestro amado Rajoy. Nada de vivir por encima de mis posibilidades.

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La puerta de entrada a la fortaleza

Pues eso, 5€ y pico, pensaba mirando la fascinante puerta de entrada a la ciudadela, anclada entre murallas al otro lado de una rampa inclinada que le daba acceso, flanqueada por militares en sus garitas de ladrillo visto. En ese momento un grupo de germanos, unos veinte más su guía, se disponía a introducirse en el recinto. “Ahora o nunca”, me convencí de inmediato cruzando las puertas de medidas astronómicas como un apéndice latino anclado a la expedición rubia.

Sabía yo que los turistas que viajan en grupo no suelen abonar el coste de las entradas, porque éstas ya vienen incluidas al abonar el tour desde origen. Me aventuré a pasar por uno más del rebaño, suponiendo que ninguno de los trabajadores del lugar iba a advertir un españolito más o menos entre tanto germano. O esa era mi esperanza. Sin embargo, fíjaros qué engaño más sibilino, los teutones hubieron de pagar allí mismo 2.500 somoni por el uso de la cámara fotográfica, como si ésta consumiera los ladrillos del castillo en cada disparo. Una simple manera de sacarle unos cuantos cuartos más al extranjero adinerado de turno. Me la jugué y pagué los 2.500 somoni para adquirir el ticket que me facilitaba el poder disparar la Nikon, de poca ayuda si a continuación me impelían a sumarle los 17.000 de la entrada principal. Hablar de tantos miles, sea cual sea la moneda, siempre parece un dineral aunque se trate de unos pocos euros al cambio.

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Mi grupo alemán, dentro de “The Ark”

Afortunadamente funcionó. Controlando la adrenalina y tratando de no delatarme con sonrisitas nerviosas o miradas delatoras, me detuve a tomar fotos donde los cincuentones teutones se detuvieron, entré donde ellos entraron y salí cuando ellos salieron. Pasados cinco minutos y lejos ya de la entrada principal, me separé definitivamente, libre de nuevo.

Llovía y un frío demoledor pegaba hasta doler en manos y orejas. En “The Ark” hay unos siete museos, cada uno en una instalación separada de las demás, todas ellas altamente calefactadas. Por tanto, cada vez que salía y entraba era necesario plegar o desplegar paraguas, poner o quitar guantes, sacar o meter el gorro, abrochar o desabrochar chaquetas y liar o desliar bufandas. Toda esta parafernalia para evitar un inconveniente resfriado estando de viaje. Con tanto lío, en un momento dado introducí mi gorro en un bolsillo abierto de mi chaqueta, de donde cayó inadvertidamente en algún desafortunado instante indefinido.

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El gorro en cuestión

Me cabreé mucho porque era un gorro regalo de mi madre, hace ya unos pocos años, y me había acompañado en viajes durante unas pocas decenas de miles de kilómetros. Le cojo cariño desmedido a cualquier cosa, qué le voy a hacer. Además era el cuarto o quinto objeto que dejaba atrás fruto de un descuido durante este viaje. Tras dar un par de vueltas al recinto, en el que pregunté a media docena de trabajadores si habían visto un gorro -los cuales se movilizaron en mi ayuda liando una buena-, di el gorro de lana por perdido y me dispuse a abandonar la ciudadela. Largo rato después, estando ya en el exterior, fueron varias las personas que me preguntaron si había encontrado el gorro, para mi sorpresa, se ve que debió ser de las anécdotas más interesante del día en la fortaleza.

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Vista de las murallas de “The Ark” desde el exterior

Pero antes de salir tenía que traspasar la puerta de entrada una vez más, y hasta que no estuviera fuera del recinto no descartaba que me solicitaran la entrada y averiguasen mi mañosa triquiñuela. Para disimular, tomé la iniciativa de enfrentarme al enemigo directamente y entrar por mi propia voluntad a la oficina de los tickets, para cuestionar si alguien depositó por allí mi gorro. Coger al enemigo por sorpresa es siempre la mejor estratagema. Cuando iba de camino, la encargada de vender los tickets salió y me inquirió directamente, adelantándoseme, si yo iba solo o en un grupo, evidentemente porque si respondía que iba solo me iba a pedir el ticket de entrada. Muy enfadado, le dije que venía en grupo, pero que, habiendo perdido mi gorro, llevaba un buen rato buscándolo allá arriba mientras que mi grupo ya se había ido sin esperarme. Muy metido yo en el papel en tanto que era la pura realidad. Ella dijo “¡Oh! ¡Vaya! No he visto ningún gorro”. Yo, serio y con cara de disgusto, encogí los hombros en señal resignación, aceleré el paso y salí sin mirar atrás, por si aún se atrevían a preguntarme por el ticket en un momento de lucidez.

Perdí el gorro, pero el gorro me salvó. Me ahorré la entrada, pero me tuve que comprar un gorro nuevo. Me llevé un disgusto al perder mi querido cubre cabezas, pero gané una historia que contar. Todo tiende al equilibrio.

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Madraza Mir-i-Arab, minarete Kalon y Mezquita Kabn

 

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