La Puerta del Infierno

Desde el norte de Turkmenistán, donde pasé la noche, cogí un taxi compartido que atravesaba el país de norte a sur, finalizando el trayecto en la capital, Ashgabat. No obstante, mi idea era apearme del vehículo en un punto indeterminado de la carretera a mitad de camino, en mitad del desierto, desconociendo si habría allí refugios o personas que me pudieran ayudar en mi projecto aventurero de visitar una de las más despampanantes barbaridades que la URSS y la grandiosidad de la naturaleza han acertado a concebir.

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Cráter de gas de Darvaza

A parte de un retraso de dos horas en la salida y sucesivas luchas con decenas de taxistas para que no me estafasen con el precio, el trayecto hasta Darvaza transcurrió sin incidentes. Bueno, Darvaza fue un pueblo hasta hace unos pocos años, cuando el salvaje dictador de esta ex república soviética decidió que no era suficientemente bonito y lo demolió hasta sus cimientos. Ahora lo único que queda son cuatro o cinco chavolas separadas por cientos de metros a ambos lados de la vía asfaltada. Nos detuvimos en uno de estos asentamientos que funcionan como restaurantes de carretera, consistente en una cocina en la entrada y una adyacente habitación que hacía la doble función comedor-dormitorio, dependiendo de la hora del día, y que era propiedad del amigo del taxista que me llevó hasta allí. Al lado estaban ampliando el negocio con otra habitación que pretendía ser un café, y que estaba siendo levantada por ellos mismos en sus ratos libres. Allí, a centos de kilómetros de la ciudad más cercana, vivían dos mujeres y tres hombres.

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El restaurante de carretera de Umar

El dueño, Umar, un tipo de apariencia tosca y bruta que intimidaba cuál gorila de discoteca, me contó una milonga sobre que no había todo terreno alguno en las cercanías y que, por tanto, el único medio de transporte disponible era su coche. Era éste un sedán Toyota bastante nuevo y grande. Todo esto es lo que entendí yo, porque allí nadie sabía ni media palabra de inglés, y ni mi turkmeno ni mi ruso andaban muy boyantes. A fin de cuentas, me quería cobrar 60$ por el corto paseo para llevarme a mi destino en mitad del desierto y traerme de vuelta a su garito. De ninguna manera iba a aceptar tal engaño, y le expresé mi determinación de emprender el camino, andando unos 8 kilómetros a través de las dunas, ya que en internet y en mi guía de viajes leí experiencias de viajeros que comentaban esta posibilidad como realizable.

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Umar, a la izquierda; su mujer, a la derecha

Lo primero que intentó Umar fue ofrecerme dormir en su choza gratis, lo cual era conveniente pero no suficiente. Tras ello recurrió a avisarme de los múltiples peligros que azechaban el camino desértico. En primer lugar soltó un aullido imitando alguna fiera que supuestamente se alimentaba de turistas, siendo los españoles probablemente sus preferidos. Imité un lobo para cerciorarme si se refería a dicho mamífero, pero negó rotundamente para tras algunas imitaciones más tarde averiguar que se trataba de otro cánido, un “chacal”, dijo.

Como le di a entender que los chacales me la traian al pairo, llamó al taxista, que todavía andaba por allí comiendo algo y echándose unas risas viendo como intentaban engañarme, antes de continuar su camino hacia Ashgabat. Los dos juntos reaunudaron sus altruistas (una mierda) consejos de seguridad, diciendo esta vez que también había lobos, “wolfes”, decían. El taxista también intervino diciendo “tigers”, ante la mirada afirmativa de Umar y mi cara de poker. Parecía que las únicas palabras que conocieran en inglés fueran animales. Animales chungos. Al cabo de unos minutos, cansado de escuchar sandeces, logré que me bajaran el precio a 50$ Pero les dije que tampoco, que iba a mear y luego volvía para seguir con el show. “¡Ten cuidado con las serpientes!” Me dijo Umar imitando con su brazo una bicha reptadora mordiéndome la pierna.

Tras la operación de evacuación, cogí mi mochila y me dirigí de vuelta al taxi, con intención de que me llevase al siguiente -y último en dirección a Ashgabat- chiringo de carretera, para preguntar de nuevo por otra opción de transporte más barata y fiable. De andar los 8 kilómetros y dormir en el desierto consiguieron disuadirme aquellos personajes, principalmente por no disponer yo de una tienda de campaña, por lo que me veía atado de pies y manos a alquilar un vehículo y conductor en alguno de los escasos y distantes sitios que por allí se veían. Lo más probable, me temía, es que salvo Umar, no tuviese muchas más opciones. Aún así me marqué el farol de querer irme. Viéndome de vuelta en el taxi bajó a 45$. Acepté con resignación: había venido a jugar. Horas más tarde, sin tener él ya ningún beneficio económico que sacar de ello, llegó a decirme que aquella gente que veía circulando en sus motos por el desierto eran talibanes motorizados disparando a matar con sus escopetas a toda persona quese cruzaban a su paso. Nunca supe si todos aquellos peligros tenían algo de cierto o solo intentaba amedrentarme y reírse de mí.

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zona desértica supuestamente plagada de animales asesinos

Faltaban dos horas para el anochecer, momento supremo para disfrutar de la paradójica maravilla artificial de la naturaleza, y dando por hecho que Umar no iba a querer esperar en el lugar desértico a que anocheciera, decidí hacer tiempo hablando con toda la tropa en su restaurante. Nos echamos buenas risas y casi que hicimos amistad, dentro de lo que las barreras idiomáticas permiten. El astro rey se aproximaba a las crestas de las dunas a la espalda del puesto de carretera, extendiendo largas sombras en la lejanía, por lo que di la orden de partir para ver el anochecer en el aguardado destino. Nos subimos en el Toyota los cuatro hombres que allí nos encontrábamos, y partimos en busca de aventura.

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Kilómetro 280 entre Ashgabat y Konye-Ugench, al fondo, un restaurante de carretera

He de mencionar que todas las opiniones que había leído tanto por internet como en la guía de viajes advertían de la necesidad imperiosa de contar con un todo terreno para sortear las dunas, pero allí nos encontrábamos intentando la hazaña en un simple automóvil de ciudad. Al cabo de unos minutos, Umar salió de la carretera principal y se colocó ante la primera duna, marcada en el horizonte como una divisoria entre el desierto y el cielo. Paró el vehículo y pidió la bendición de Allah en voz alta, pasándose las manos por su cara de matón, gesto que fue imitado por los otros dos ocupantes en el asiento de atrás. Yo, el infiel copiloto, no hice nada salvo estremecerme al pensar que si no superábamos el obstáculo y el coche se quedaba varado en las dunas, ibamos a tener que empujar bastante, o dormir en el coche, a parte de perderme el espectáculo por el que había llegado hasta allí. Todo dependía de Umar y su Toyota.

Aceleró como si salvar a su madre de la muerte dependera de lo fuerte que hundiera el pedal de aceleración en el suelo, y el Toyota salio disparado haciendo ruidos fantasmagóricos mientras saltaba por sobre la fina arena, marcada ésta por huellas de neumáticos excavadas en el pasado por multitud de todo terrenos, separadas en su mitad por un profuso montículo de arena suelta y fina contra el que la baja panza de nuestro coche chocaba continuamente, avisando entre quejidos sobre su deseo de quedarse anclado para toda la eternidad. A los laterales de las profundas huellas de neumáticos también había otros montículos de arena, que junto con el mencionado montículo central conformaban una especie de rail para trenes del desierto.

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En mitad del desierto, una tubería de gas sale de la arena

En un suspiro alcanzamos velocidades superiores a los 60 Km/h., escalando la primera duna y avanzando por terreno llano pero igualmente arenoso y serpenteante, donde Umar continuaba exigiéndole más y más a su automóvil, derrapando en cada curva bajo amenaza de salirnos del estrecho camino y terminar enterrados en la duna contigua, sin escapatoria posible salvo que viniese una grúa gigantésca desde otro planeta para sacarnos de allí. El rail marcado en la arena no existía para nosotros, eso era para los todo terreno, y el Toyota circulaba a toda castaña subiendo y bajando los montículos, saltando y clavándose renqueante entre el polvo, para resucitar de nuevo impulsado por la velocidad de vértigo a la que Umar empujaba nuestra suerte. Solo esta velocidad límite y su propia inercia hacía que no nos anclásemos permanentemente bajo el cielo estrellado, dándola por ello yo por buena, con el corazón palpitándome a las mismas revoluciones con las que el motor se compungía en la agonía de las marchas cortas y la aceleración extrema.

Traspasando las dunas aterrizamos en tierra levemente más firme, surgiendo espontáneas sonrisas de alegría aunque aún nos manteníamos en tenso silencio, puesto que todavía nos retaban más adelante otro par de dunas con sus respectivos rezos a Allah. Tras veinte minutos de exigente conducción arribamos a un enclave donde la llanura desértica se abría, al tiempo que el Sol, desaparecido tras las dunas recién sorteadas, obscurecía la tierra y enrojecía con sangre celestial el horizonte al otro lado de la nada arenosa. En ese contexto, un leve resplandor me sorprendió unos metros más abajo del montículo donde nos hayábamos circulando en ese momento, y de súbito una amarillenta llama nos saludó desde la negruzca tierra.

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Había visto fotografías, pero aún así no me podía creer lo que veían mis ojos. La Puerta del Infierno. En mitad de la superficie por la que caminabamos se abría un agujero de dimensiones desproporcionadas, expulsando fuego a borbotones y sin pausa. Los soviéticos, en los años 50, en busca de gas por aquellas tierras inóspitas, perforaron una bolsa de gas con la mala suerte de que el pozo se hundió y empezó a arder. Y desde entonces lleva ardiendo sin pausa, sesenta y pico años, sin saber cuándo acabará el espectáculo.

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fotos de los cuatro valientes

La adrenalina y las endorfinas se dispararon a mayor velocidad que el Toyota de Umar sobre el desierto, y andando sin parar de hacer fotos, con la vehemencia del que ansía guardar un instante para siempre, nos acercamos progresivamente al hogar de Satanás, cuya entrada parecía agrandarse por momentos, resplandeciendo más y más a medida que la obscuridad avanzaba imparable. Debido a los bordes arenosos y frágiles era recomendable no aproximarse, ¿pero quién iba a saber cuánto podías y cuánto no podías acercarte? Una caída al interior del orificio significa una muerte segura e irremediable, no ya por el fuego y el gas del interior de la fosa, sino por la imposibilidad de escalar los muchos metros de sus perpendiculares paredes.

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El miedo ante tal monstruosidad se mezclaba con la curiosidad y la impulsividad causada por la excitación frenética, por lo que con cabeza fría me recomendé acercarme menos aún de lo que la prudencia instintiva me indicaba, quizá engañada ésta última por el deseo de ver más, que se veía acrecentado con la falsa valentía que proporciona la adrenalina. Una tubería de hierro elevada medio metro sobre la superficie, y a dos o tres metros del borde de la caldera, sirvió como la perfecta y segura plataforma de observación donde pude examinar con detenimiento la magnificencia de aquel fenómeno. El gas salía a toda presión desde las entrañas del planeta por varios orificios situados en el centro del cráter, prendiendo una llama de colosales proporciones que se contoneaba salvaje y cambiante, fantasmagórica cual si fuera el espíritu del mismísimo diablo. Por metros y metros a todo su alrededor, sin saber exáctamente cómo, cientos de llamas más pequeñas prendían y se apagaban a placer del gas que escapaba hacia la atmósfera, conformando una barbacoa de unos veinte metros de diámetro.

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Por desgracia la noche se cerraba a gran velocidad, y el inadaptado vehículo del bueno de Umar no debía ser conducido en total obscuridad por sobre las dunas; no a esas velocidades que necesitabamos alcanzar para salir de allí sin atrancarnos. Lo comprendí y, aunque renqueante, acepté marchar, no sin antes obligar a Umar a gritarme varias veces que era hora de irse. Cometí el error, por desconocimiento, de no haber solicitado acudir antes al lugar, y solo pude disfrutar 25 minutos de aquel impresionante espectáculo. Por otro lado, el marchar con la excitación todavía viva hace que el recuerdo de la aventura sea todavía más intenso, anhelando volver, manteniendo ardiente la llama de una fascinación inenarrable.

De milagro alcanzamos la carretera ya sin visibilidad alguna bajo una total negrura, intuyendo más que viendo el camino entre las dunas, poniendo a prueba nuestra suerte mucho más de lo deseado y lo prudente. Pero llegamos. Pagué bien a gusto los 45$, comí lo que me pusieron, y el cansancio que llega cuando la adrenalina se diluye me dominó por completo hasta la mañana siguiente. En mitad de la noche, desde el restaurante, se percibía con total claridad el chorro de luz desprendido por el fuego 8 kilómetros más allá, como un faro en mitad del desierto.

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Todavía revivo la sensación de las caprichosas olas de calor yendo y viniendo, agotando el oxígeno y arrojando sobre mi cara bocanadas de oloroso gas quemado. La incredulidad me impedía detenerme ni un solo segundo, y cuando no estaba acercándome o alejándome estaba dando vueltas alrededor del agujero, o subiendo y bajando en puro éxtasis las pequeñas protuberancias alrededor del borde mortal en busca de la mejor perspectiva, la mejor foto y el mejor video. Estupefacto ante la inmensidad del planeta y sus energías, que son remanentes de la historia de su formación y de la muerte de los seres vivos que nos precedieron. También asombrado ante la ineptitud del Hombre para controlar tales fuerzas y conservar un planeta digno de ser vivido en el futuro. El cráter de gas de Darvaza quedó grabado a fuego para siempre en mi memoria.

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