Welcome to The Islamic Republic of Iran

Ashgabat era un gigantesco cuarto de baño de mármol, con decenas de construcciones mastodónticas de un perfecto blanco nuclear flanqueadas a su vez por militares en cada esquina. No permitían hacer fotos si se trataba de un edificio gubernamental, los cuales eran la mayoría y, en cualquier caso, siendo extranjero con cámara de fotos en una dictadura tan férrea como la turkmena, comparable a la norcoreana, las miradas de la milicia policial no me invitaban a pasear alegremente por las calles. El paso a la preciosa zona del Palacio Presidencial, la más destacada de la ciudad, estaba cerrada a cal y canto, y unos militares me cerraron el paso en plena calle instándome a dar media vuelta. Seguridad total, miedo ninguno, pero desgana máxima.

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Edificios en Ashgabat, Turkmenistán

Sin más remedio, tuve que caminarme la ciudad arriba y abajo durante varias horas, con las mochilas encima, buscando un hotel que costase menos de los 50$ por noche que me habían requerido en el primero que pregunté nada más llegar. No lo conseguí, y la cantidad de dólares que llevaba encima era limitada: en Irán no se puede sacar dinero de los cajeros ni de ninguna otra manera debido al bloqueo internacional; en Turkmenistán era difícil y te clavaban con las comisiones.

Un chico local, muy amable y servicial al extremo, se auto invitó a acompañarme en mi búsqueda imposible, y aunque no se ofreció a cargar ninguna de las dos mochilas sí que pagó taxis cuando hubo que utilizarlos, llamó por teléfono a quien hizo falta llamar, y preguntó a toda persona que pareciera tener una mínima idea de dónde podía haber hoteles baratos en aquella maldita capital. Todo fue en vano, aunque yo le quedé sumamente agradecido por su esfuerzo.

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Edificios en Ashgabat, Turkmenistán

Esfuerzo vano también fue el de encontrar un lugar con internet, un simple cibercafé donde poder echar un ojo a mis emails e informar a la familia de por dónde andaba, ya que llevaba incomunicado dos días por aquellas tierras desérticas, tras haber abordado el cráter de gas de Darvaza, cosa fina. Tras mucho buscar, preguntar e incluso recorrer media ciudad en taxi, llegamos al único lugar con internet disponible en toda la ciudad, pero estaba cerrado para el rezo de medio día, abriendo solo una hora después, a las 14:00. Yo ya estaba agotado mentalmente a esas alturas y no tenía la menor intención de esperar. Por si fuera poco, para conectarte a internet tienes que entregar tu pasaporte, ya que la red está totalmente espiada por el enfermizo gobierno de locos que reina aquella triste tierra plantada sobre inmensas y valiosísimas burbujas de gas.

“Que le den por saco a todo, ya he visto prácticamente toda la ciudad entre unas cosas y otras, no me dejan hacer fotos ni pasear por donde quiero, no hay hoteles por menos de 50$, y ni siquiera un acceso decente a internet donde poder planificar el viaje que tengo por delante. Me voy a Irán ahora mismo”, decidí impetuoso. Así hice, adelantando mi llegada a Irán dos días antes de lo previsto. Difícil contener el deseo de poner pie en suelo Persa. Me despedí agradecido del amigo espontáneo que me había intentado ayudar sin éxito, y cogí el primer taxi hasta el cercano puesto fronterizo. No sin antes parar el taxista por su casa a recoger a su mujer y dos hijos, a los que también llevó a la frontera.

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En el taxi que me llevó a la frontera. El taxista paró a por toda la familia

El proceso fue largo aunque de lo más amable, y los militares turkmenos ni siquiera examinaron las fotos de mi cámara, exigencia muy común en este país. En el proceso de estampación de pasaportes conocí a dos turkmenos, hermano y hermana de ascendencia rusa y azerbajana, que se dirigían a Mashhad. Decidí que yo también iría a Mashhad, compartiendo el taxi que venía a recogerlos a ellos. Fue de lo más fácil y también relativamente barato: la improvisada opción B me salió a pedir de boca. Bienvenidos a Irán.

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Cartel de bienvenida en el interior del puesto fronterizo
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