Muy salao

Dejé atrás Mashhad con destino sur Suroeste: me disponía a cruzar el árido desierto llamado Dasht-e Kavir, un lugar inhóspito, seco como una rusa guapa, donde en verano se llegan fácilmente a los 50 grados y en Enero la temperatura media es de 22. Pues bien, la noche que llegué yo, llovía tela.

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Lago de Sal en el Desierto Dasht-e Kavir

Pasé la noche en Tabas, ciudad de paso en mitad del desierto, donde encontré un hotel de carretera con una inmensa y exageradamente iluminada mezquita justo en frente, que visité a la una de la madrugada tras cenar algo después de diez horas de autobús sin probar bocado. Al día siguiente por la mañana me quisieron clavar 45$ por un trayecto en taxi hasta Khoor, desde donde todavía tendría que tomar otro taxi más para cubrir los 30 kilómetros hasta Garmeh: el oasis del desierto que suponía el destino final.

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La mezquita de Tabas en la madrugada

Me negué a aceptar el timo, así que únicamente pagué un dólar (que también fue un timo) para que el taxista me llevase a las afueras de Tabas y me dejase en el camino que llevaba a Khoor, de modo que pudiese efectuar autostop de manera sencilla. Tal carretera estaba a menos de un kilómetro de distancia, si me lo llegan a decir camino. Allí me planté con mis mochilas a las 11:30 de la mañana, con el cielo aún amenazando lluvia, pero con la tranquilidad de estar a diez minutos andando de vuelta al hotel y de mi paraguas en la mochila. Paraguas el mío que encontré abandonado un día de lluvia en un parque de Japón y desde entonces lo llevo conmigo allá donde voy. Merece historia separada este paraguas, que es negro con lunaritos blancos y ribetes bordados en los ondulados bordes: un paraguas de niña. Pero oye, tecnología japonesa, un paraguas bueno de verdad, y gratis.

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La mezquita de Tabas en la madrugada

Pasaban casi más camiones que coches por la carretera, a una media de uno por minuto, y durante la primera media hora no solo nadie me recogió sino que ni siquiera nadie paró a preguntar. Consecuencias de parecer iraní: no disfrutaba de las atracción que ser extranjero tiene. Algunos conductores hacían señas de que iban para arriba a la derecha con el dedo indice, sin yo imaginar qué podía ser aquel gesto. A la de cuatro o cinco personas que hicieron el mismo gesto, decidir cambiar de ubicación y caminar unos cien metros más adelante, a ver si es que estaba demasiado cerca de un cruce y un puente y no podían pararse los coches en ese enclave.

Qué va, ese no era el problema. En mi nueva base tampoco tenía éxito alguno, así que cuando los coches se acercaban empezaba a poner las manos como rezando, suplicando al cielo, poniéndome en medio de la carretera, intentando sonreír aunque ciertamente estaba perdiendo la fe, la esperanza y la paciencia. Algunos conductores me pasaban de largo partiéndose de risa, y si iban más pasajeros en el vehículo, la carcajada era casi audible. A mí me hacía poca gracia, ¿pero qué más podía hacer salvo un show? Por muchas vueltas que le di, no se me ocurrió ningún método para parecer más extranjero, y desee tener una maquinilla de afeitar a mano y una camiseta o bufanda de la selección española.

Los camioneros normalmente me incitaban a acostarme, poniendo sus dos manos juntas por las palmas y en contacto con una de sus mejillas, con la cabeza torcida hacia el mismo lado. Era o eso o que ellos iban a alguna parte a dormir. Otros conductores seguían señalando arriba a la derecha. Deduje que todos querían darme a entender que iban a parar o dirigirse a alguna zona de servicio situada a la derecha, ya fueran a dormir o porque iban a comer allí, el caso es que si no iban a continuar en la carretera no tenía sentido recogerme. Yo me preguntaba a mí mismo, indignado: “¡¿y vosotros qué sabéis si yo quiero o no quiero ir allí también?!”

A los pocos minutos de cambiar de territorio, un utilitario se detuvo y corrí hacia la ventanilla que se bajaba. El tipo puso cara de poker cuando descubrió que se trataba de un extranjero. Señaló arriba a la derecha pero allí seguía sin moverse mientras yo le insistía: “Khoor, Khoor”, siendo el nombre del pueblo lo único coherente que podía explicarle a aquel señor sobre mi situación y que me entendiera. Al cabo de dos minutos de conversación de besugos en las que él me soltaba incomprensibles parrafadas en farsi a las que yo siempre contestaba pausada y repetidamente “Khoor”, el hombre asintió. Yo asentí con mirada interrogativa, y el conductor volvió a asentir. Di la vuelta corriendo para coger mis mochilas, y cuando giré de vuelta al coche, éste se ponía en marcha para alejarse progresivamente para siempre. “No hombre, ¡no me jodas!”, le grité inútilmente.

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Carretera atravesando el desierto Dasht-e Kavir

Pasaron diez minutos y otras tantas máquinas rodantes sin detenerse, hasta que nuevamente una me ofreció otra oportunidad. La misma sorpresa al ver que no era iraní, pero esta vez acertamos a comunicarnos por gestos, y entendí que el hombre iba arriba a la derecha, a comer y echarse una siesta, para dos horas después seguir. Decidí no irme con él y seguir probando; pese al desánimo aún me planteaba seguir intentándolo un par de horas más.

No cambió el escenario ni los actores hasta que pasada la hora uno de los muchos vehículos saludé desde la distancia levantó la polvareda aparcando en el arcén. Ésta vez mis palabras mágicas: “Khoor”, surgieron efecto y el hombre hizo gestos para que subiera. Me costaba tanto creer que lo había conseguido, que cuando le pregunté con gestos si me iba a cobrar por el paseo realmente me daba igual si había que pagar algo. Sin embargo dijo que no.

Durante los primeros diez minutos hablamos sin parar, en una de estas conversaciones en las que se tira de mímica y palabras internacionalmente conocidas como: taxi, fútbol, money, mama, papa, China, etc. Buena gente el taxista. Me invitó a que abandonase mi destino de Khoor y me fuese con él hasta Esfahan, donde me invitaba a quedarme con su familia. Le dije que no, pero apunté su número para llamarle cuando más tarde fuese a Esfahan.

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Lago de sal visto desde la carretera
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Agujero la capa de sal

El resto del viaje reinó el silencio, una vez agotados los posibles temas de conversación mímica. Todavía no he sido capaz de hablar de religión ni de política usando la mímica, pero todo se andará. En esos momentos de quietud observé una intensa mancha blanca en mitad de un desierto que lo abarcaba todo desde que salí de Mashhad el día antes. Ante la incredulidad de lo que veían mis ojos no fui capaz de decir nada durante varios kilómetros en los que una uniforme masa blanca reluciente lo cubría todo hasta donde la vista se pedía. Entonces el marrón del desierto reapareció y yo volví en mí, dándome cuenta de lo que acababa de ver. En cuanto el manto de sal apareció de nuevo, le pedí a mi amigo que parase el coche, y bien a gusto que lo hizo, incluso bajándose conmigo e invitándome a pasear por sobre el extinto lecho marino, ahora convertido en una costra de sal que impedía la vida pero conformaba un paisaje de belleza extrema.

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cruzando el lago de sal en el Desierto Dasht-e Kavir

Las nubes arreciaban su lluvia en el cercano horizonte, mostrándose visible una cortina de agua que bañaba las sedientas aguas del desierto en algo inusual en aquellas tierras y que lo convertía en aún más especial. El sol luchaba por abrirse paso entre el vapor de agua, arrojando rayos perfectamente rectilíneos y amarillentos que mi amigo atribuía sin atisbo de broma a “Jodá”, es decir, Dios. Yo lo daba por bueno y asentía, bien podría serlo en aquel momento de extraordinaria belleza, incluso para un ateo.

Nota: en este mismo instante, seis días después de los hechos, me dirijo en bus a Esfahan para reencontrarnos y quedarme en su casa un par de días.

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Mi amigo de Esfahan

 

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