El timo de la estampita

Almorzaba mirza ghasemi -berenjena con calabacín, ajo, tomate y huevo- en un restaurante de buen ver, pese a lo barato, en una calle cualquiera de Esfahan. Me encontraba con Carlos, madrileño viajero con el que compartí unos días, siendo los únicos en el local por la hora tardía a la que echábamos algo a la tripa. Debido a ello, ver aparecer sin aviso al abuelo que conocimos por casualidad el día anterior, fue aún más excepcional si cabía.

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Rondando los setenta años, vestido elegantemente, de cara redonda y bonachona, hablaba el mejor inglés que le he visto a un no nativo de su edad. Hablaba demasiado, eso sí, y cuando nos lo cruzamos el día anterior en un parque de la ciudad, nos asaltó para conversar, resultando tan pesado que a los pocos minutos queríamos marcharnos a toda costa, sin saber cómo interrumpir su monólogo sempiterno. Cualquier excusa elaborada para terminar la conversación le servía para comenzar una nueva, sin querer darse cuenta de nuestra obvia desesperación. O quizá tenía otros planes.

El día anterior, también, nos preguntó si teníamos monedas de nuestros países, ya que le gustaba coleccionar. Me extrañó que si tanto le apasionaba el coleccionismo de monedas, aún no poseyera unos corrientes Euros, lo cual me hizo desconfiar, con ese chip que se lleva conectado en los viajes para que no te la den con queso. Pero quién iba a pensar mal de aquél abuelete tan cultivado y bien vestido. El vejete dijo que nos entregaría riales a cambio de los Euros entregados, no era un regalo lo que pedía sino un cambio en toda regla. Carlos le dijo que él tenía Euros solo en el hotel, así que al día siguiente prometieron encontrarse en la plaza principal para hacer el intercambio.

No obstante, al día siguiente, Carlos olvidó acercarse a la plaza a efectuar la transacción. En esas circunstancias, el abuelo se presentó por puro azar en el restaurante, dejándonos estupefactos. “He estado toda la mañana en la plaza esperándote”, dijo el hombre con amabilidad, mezclada con decepción y cierto enfado. Carlos se disculpó y se comprometió a regresar al hotel, trayendo de vuelta algunas monedas consigo.

Nada de monedas, el vejete coleccionista de monedas ahora solo quería billetes, de cualquier denominación, pero no monedas. Le hice saber a Carlos, en español, que eso no tenía ni pies ni cabeza y que no me olía bien. Por casualidad mi amigo tenía un billete de 5€ en el bolsillo de su mochila, ante los que el iraní, contento, empezó a sacar sus riales para hacer el intercambio prometido. Sacó sus riales y los dejó encima de la mesa, cogiendo sus 5€ y levantándose de la mesa para marcharse. Carlos no contó los riales, pero yo sí lo hice: 100.000. Hice rápidamente la cuenta y adiviné que 5€ al cambio son 200.000. “Que te ha dado solo la mitad”, le hice saber a Carlos. Éste le inquirió al abuelete que faltaba la mitad del dinero. “¿Un descuento?”, requirió el septagenario con muy poca verguenza. “Nada de descuentos”, respondió Carlos, siendo apoyado inmediatamente por mí, contento de haber visto venir de lejos el engaño.

El viejo se cabreó, empezó a echarle en cara que no hubiese cumplido su promesa de acudir a la plaza por la mañana. Le devolvió de mala gana los 5€, ante las miradas y risas de los empleados del restaurante que debían estar analizando el suceso unos metros más allá. Se ve que ya no tenía tanto interés por coleccionar moneda sin un descuento mediante. Ganarse por el morro 2,5€ en un país donde la divisa local está terriblemente devaluada, supone casi el sueldo de un día para mucha gente. Si en vez de 5€ fuesen billetes de mayor importe, y si cada día caza al menos un turista -en Esfahan hay a patadas-, el abuelete se podría estar sacando un buen sobresueldo por su cara bonita y sus peticiones amigables de “descuentos”. Dedujimos que el hombre se dedicaba a pasear por los sitios turísticos en busca de presas fáciles. Aprovechando la ventaja de su amigable fachada, se ganaría su confianza conversando en inglés, para abusar de la inocencia del turista desprevenido, después.

Quiero precisar que esto no es más que una anécdota nada común en Irán, país de gente generosa y honesta.

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