Semana Santa en Irán

No salía de mi asombro al asistir a una de las mayores celebraciones religiosas del mundo musulmán -Chiita-, y no parar de encontrar similitudes entre el Moharram iraní y la Semana Santa andaluza.

El Imán Hussein, tercer Imán del Chiísmo, fue asesinado en el año 680 D.C. en Kerbala, Iraq, a manos de los sunitas, facción también musulmana con la que se llevan a matar a raíz de esto, siendo causante de las tensiones políticas y religiosas que hay hoy día en el mundo islámico. Jesucristo también fue asesinado por gentes malas. Celebrando el aniversario de aquel acto ruín, los creyentes salen durante diez días para recrear en las calles la historia del acontecimiento que llevó a su muerte, los diez días en los que Hussein con sus 72 seguidores fueron cercados por el enemigo. Al igual que en la Semana Santa recrea la muerte de Jesús, solo que Hussein no resucitó.

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Pintura escenificando la muerte de Hussein

Los chiitas salen a la calle para sufrir una penitencia voluntaria por no haber estado allí para ayudar a Hussein y salvar su vida, algo que se ha mantenido durante generaciones en un arranque de fe por el que los hijos aún se martirizan por los pecados de sus antepasados. Igual que durante la Semana Santa.

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Especie de trono de madera

En Yazd, deambulando aleatoriamente por sus calles de barro, me sorprendió una enorme construcción de madera con forma de dos hojas, paralelas, unidas entre sí en su base por una serie de largos troncos enlazados en una intrincada cuadrícula que hacía de base extendiéndose varios metros más allá de los propio bordes. Al día siguiente ví estas hojas recubiertas con aterciopeladas telas negras de elaborados y coloridos bordados, formando una especie de vehículo tridimensional del que solamente sobresalían los maderos por sus bordes. En un museo vi una foto del mismo artefacto siendo transportado a través de una concurrida calle por decenas de fieles, madera al hombro, portando su peso con la misma gallardía del que un Hombre de Trono haría gala.

En Shiraz, más tarde, me frotaba los ojos con incredulidad ante los espectáculos nocturnos que se sucedían durante horas, hasta bien entrada la noche. Decenas de hombres flagelábanse con cadenas unidas a un mango de madera, una herramienta de dolor en cada mano, con el que se golpeaban las espaldas con energía comedida, toda vez que recientemente el gobierno prohibió llegar a la sangre, con idea de evitar expresiones de fanatismo extremo. Los fieles elevan las cadenas por encima de sus cabezas al ritmo del redoble de tambores, a veces con trompetas, a veces con gente que llora a Hussein pidiéndole perdón, diciéndole lo mucho que le quieren o preguntándole dónde está, con voces desesperadas y desgarradas por la pena y la emoción. Son sus saetas, aunque micrófono en mano. Abrían el paso varios jóvenes portando largos estandartes cuyas telas negras llegaban hasta el suelo, sujetas en el extremo de una lanza metálica que asimilaba aquellas de las legiones romanas. Avanzaban detrás suya los fieles en ordenadas filas a ambos lados de la calle, flanqueando a los músicos y seguidos a su vez de otros fieles que asistían al espectáculo golpeándose rítmicamente el pecho con la mano abierta, en el lado del corazón. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Más allá eran seguidos por varias pick up que portaban en su cajón indescriptibles artefactos luminescentes, conformados por docenas de tubos fluorescentes de diversos colores, cuyo significado era imposible de adivinar, siendo según mi imaginación una representación surrealista del concepto abstracto de Allah. Otras pick up arrastraban un remolque sobre el cual se erigían inefables estructuras blancas, plagadas de espejos e iluminadas en sus cuatro esquinas por sendos faroles. En el interior de la estructura, bajo un pequeño habitáculo, iba lo que parecía un ataúd cubierto por una tela verde. En la cúpula, arriba del todo, una enorme bola dorada refractaba todas las luces de la noche cual áurea divina.

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Artilugio luminoso

A media noche, grupos de hombres enfundados en una suerte de arneses de cuero que les subían por los hombros y les bajaban hasta la cintura, se sucedían cada pocos metros cargando una estructura metálica de unos diez metros de longitud. Ésta, profusamente decorada con brillantes lanzas metálicas con intrincados grabados geométricos, de flores, y también retratos del que intuí debía ser el propio Imán Hussein. En la parte baja de esta especie de pancarta había otra tela negra con sus respectivas palabras en árabe, probablemente, bordadas en diversos colores. Algunos valientes corrían hasta quedar agotados, y entonces el resto de compañeros de fatiga se abalanzaban sobre el pesado estandarte, antes de que el portador desfalleciera bajo la amenaza de un creciente temblor de piernas.

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Estandarte portado en Shiraz

Otros portadores apenas podían dar una decena de pasos antes de que el hombre al cargo mandase el alto, con un grito, y todos los compañeros acudieran en su ayuda metiéndose bajo los hierros para soportarlos mientras el siguiente penitente enganchaba su arnés, continuando el eterno ir y venir de la pancarta a lo largo de la calle. Varias de estas ornamentadas joyas andantes, diferentes entere sí, se cruzaban y giraban, poniéndose frente a frente saludándose mutuamente, continuando hasta el final de la calle y dando la vuelta, ante los atentos ojos del gentío que se repartía a lo largo de la misma, presenciando con atención el espectáculo de fuerza y resistencia que no dejaba de impresionarme por su originalidad, la devoción de los creyentes, y las similitudes con la Semana Santa española.

En Esfahan, alojado en casa de mi amigo el taxista del desierto, fui invitado a asistir a la celebración particular de la gente de su barrio. En un solar ataviado para la ocasión, decenas de hombres se flagelaban al ritmo de varios cantores, que se turnaban para embrutecer las venas de sus cuellos con emocionadas saetas. Acompañados todos por un bombo y un platillo, llevado éste por un hombre con algún tipo de minusvalía física, daban vueltas y vueltas al recinto hasta la extenuación. Llegado un punto me aburría sobremanera, reconozco. Se daban con las cadenas alrededor de media hora, y tras descansar un rato volvían a empezar. Un grupo de niños de diversas edades seguía a los mayores, imitándolos, aunque con semblante menos seria y jugueteando entre sí. Las mujeres y niñas se recluían, sentadas, al otro lado de una valla.

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En mitad de la flagelación

Mi amigo de Esfahan me puso a grabar el acto, casi empujándome a meterme en mitad del show, llegando a llevarme algún latigazo de cadenas entre tanto. Una vez avancé demasiado grabando con mi cámara, aproximándome a unos diez metros de donde estaban las mujeres sentadas. Tres hombres corrieron hacia mí y me agarraron, diciéndome que no debía grabar a las mujeres. Yo les dije que tranquilos, en realidad ya lo sabía. Aquí son todos muy amigos hasta que se tocan las mujeres, pensé.

 

 

 

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