Hoy me levanté pensando

Sentado en un autobús cruzando los desiertos de Irán, me paré a reflexionar sobre el mundo del que venía y aquel hacia el que me dirigía, analizando sus respectivas paradojas culturales. En China, las mujeres se gastan fortunas en cremas y maquillajes con el fin de conservar la máxima blancura de su piel, amén de no soltar el paraguas durante todo el año para evitar la incidencia de cualquier rayo solar. Al tiempo, en España, aceleramos nuestro envejecimiento y nos arriesgamos con gusto a sufrir cáncer de piel, con el único fin de tostarnos; mientras más, mejor. Alguien se debe estar equivocando, ¿no?

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En dos simples pasos

Y no cesan aquí las incoherencias. En Irán, por ejemplo, es ilegal mostrar la piel, sin importar del color que ésta sea; y en ciertos países donde la gente gusta de broncear su piel hasta límites antinaturales, se discrimina a otros seres humanos por ser de una raza que, precisamente, ya viene bronceada de nacimiento. El mundo debe estar loco, a mí algo no me encaja.

O quizá lo que ocurre es que nosotros mismos hemos creado un mundo donde se empuja a la gente a no ser feliz con lo que es, ni con lo que tiene, fomentando la búsqueda de metas absurdas, la compra de objetos a los que se les adhieren una serie de beneficios emocionales de los que, en realidad, carecen. El comprar ciertas cosas no te hará feliz, al que realmente hace feliz es al que te las vende. Ya sea crema blanqueadora o crema bronceadora.

No es sencillo escapar de los convencionalismos impuestos socialmente, pero: ¿acaso somos todos iguales? Entonces, ¿por qué motivo nuestra sociedad capitalista aspira a aborregarnos a todos por igual?, ¿por qué nos resulta tan arduo escapar de este sistema desalmado? Su intención es convencernos de que la verdadera felicidad radica en seguir una serie de pautas preestablecidas: trabajar muchas horas, aunque sea como un esclavo, y agradecidos; poseer vivienda propia, sin importar que el mercado y sus precios se hayan vuelto completamente ilógicos; el móvil más moderno, de pantalla gigante y, si tiene una manzana, aún mejor; adquirir un coche despampanante, a ser posible alemán y que corra mucho; estar muy moreno, cachas ellos, delgaditas ellas; tener ropa de marca por la que pagas decenas de veces más de lo que cuesta fabricarlas -en lugares donde se esclaviza a otros seres humanos, que aunque ya se sepa no está de más repetirlo siempre-; pintarte las canas, o invertir en un mayor tamaño de pecho. Por decir las primeras que me vienen a la mente.

A simple vista pudieran parecer factores determinantes de la felicidad de una persona, pero está demostrado que no es así. También está demostrado que pasado un año o dos desde que te tocó la lotería, eres igual de feliz o infeliz que lo eras antes. Salvo que antes no tuvieras qué comer, claro. En definitiva, el mundo capitalista nos empuja a nunca estar del todo contentos con lo que somos o tenemos. Pero da igual cuánto consumas, siempre habrá algo más y mejor por adquirir, nunca será suficiente.

Mordemos el anzuelo irremisiblemente, interiorizando como nuestras todas estas modas inoculadas. ¡Ay de aquel que no tenga un smartphone! ¡Un apestado! Qué vergüenza, así no va a ligar nada de nada, ¿a dónde va sin 4G? Actualmente, las necesidades humanas del día a día han surgido del marketing, pero no de la vida real, no de las necesidades humanas naturales. ¿Qué necesidad real hay de tener cuatro o cinco pares de zapatos? Con uno podría bastar, con dos si acaso. Hemos perdido un poquito el norte, hemos de admitir. Sin embargo, sí que compartimos todos la necesidad de disfrutar del tiempo libre, la de pasar tiempo con familiares y amigos, la de comer sano o la de no tener que vivir estresados por un préstamo a pagar. Esto sí marca diferencias de felicidad, y mientras más compras, más te condenas a perder esta calidad de vida. Pongámonos de acuerdo en que no necesitamos comprar tanto, todos juntos, y así nos irá a todos mejor. También al planeta y sus recursos.

Hay gente que, por el motivo que sea, no se siente confortable dentro de este sistema, quizá sospechando que algo no encaja bien. Algunos son conscientes del sinsentido de manera intuitiva, pero otros solo llegan a serlo tras un duro proceso de experimentación vital, que les cambia para siempre. O para un rato, pero les cambia. Los seres humanos somos tan variopintos, que la simple idea de que todos tengamos que regirnos frente a un mismo sistema ideológico de necesidades, es absurda. ¿Por qué diantres va a tener que ser lo “normal” comprarse tal o cual cosa? ¿Lo “normal” para quién? ¿Quién fue el sabio que definió lo “normal”? ¿Henry Ford, Steve Jobs, Amancio Ortega? Pues yo a lo mejor no quiero lo que me vende, oiga usted, ni muchas otras de las cosas que se consideran “normales” hoy día, y que me parecen completas aberraciones. Pero explícale eso tú al común de los mortales, que te tachará de raro, loco, perdedor o incluso te tomará por un hippy de esos que se dan a la droga. Hasta tal punto nos han comido la cabeza.

Nada más lejos de la realidad. Los libre pensadores, gentes descargadas de todo prejuicio que les arrastre a la monotonía del pensamiento masivo, son personas que van de lo más excelso a lo más simplón: cualquiera puede serlo. No son nada nuevo, llevan empujando la Humanidad a evolucionar desde sus mismos orígenes, por el simple hecho de pensar diferente, de aportar otro punto de vista. El antepasado que, cansado de pasar frío en la cueva, decidió conservar un fuego mientras sus coetáneos le tachaban de chalado, era un librepensador. Ellos siempre han visto una ventana abierta, y han tenido la oportunidad, o la valentía, de asomarse a mirar. Algunos incluso a saltar por ella, costándoles a no pocos la vida, por herejes, o por indignados, que los llaman ahora. Todos hemos oído que para la vida es fundamental la biodiversidad, pero igual de fundamental es la psicodiversidad, ¡que no se coarte!

El capitalismo es solo otra religión creadora de cadenas invisibles, más dañinas que las de metal pues se camuflan bajo la apariencia de ser unas cadenas deseables; por tanto, más difíciles de percibir, en tanto nos crean una falsa sensación de dominio sobre nuestras propias vidas. Es la nueva esclavitud, dictadora de lo que es bueno y malo, deseable o repudiable. Muchas son las voces que a raíz de la crisis lo han criticado como cruel sistema para con las clases desfavorecidas. Pero este sistema subversivo en el que el poder, el dinero y la competitividad son la base, no es sólo perjudicial para el estrato más desfavorecido, sino que lo es para todo ser humano por igual, en tanto que atañe a su vida espiritual. A su felicidad me refiero, sin importar el estatus económico o social del sujeto. Habrá, no lo niego, quien únicamente sea feliz mostrando su preponderancia económica o social -pobrecitos-, y a ellos el capitalismo sin duda les viene como anillo al dedo para lograr sus fines. Pero repito, no todos los seres humanos son iguales. Es más, no debemos ser iguales, por nuestro bien común. Si unos somos de derechas y otros de izquierdas; otros heterosexuales, homosexuales o bisexuales: ¿por qué diablos vamos todos a tener que desear el mismo estilo de vida? Si es que yo no necesito una tele de plasma de 50″, ni de 40″, ¡hombre ya! Ni aunque me saliese la pasta por las orejas me las compraría, en tanto que siento que no me van a hacer más feliz que irme de viaje, por ejemplo, a Marruecos, y quedarme con mi televisor viejo de 30”. Pero la tentación de tener más y mejor siempre está ahí, cuando ves un anuncio o pasas por delante del escaparate; es verdaderamente poderosa, subconsciente e inmortal. Por eso hay que pararse y pensar con frialdad antes de actuar.

A colación de las televisiones, he de verter mi opinión aquí. Debería estar totalmente prohibido que hubiese más de una televisión por hogar. Menudo disparate acabo de decir, ¿verdad? Tener una única televisión en el hogar conseguiría que las familias tuvieran que pasar más tiempo juntos, contribuiría a promover la tolerancia, el dialogo, la paciencia y la generosidad, que son fundamentales cuando tu madre quiere ver Sálvame y tú cualquier otra cosa. Amén de mejorar las habilidades negociadoras. Sentarse juntos en el sofá para ver cualquier programa -incluso Sálvame, o mejor dicho, sobre todo Sálvame-, tiene una función indispensable: la pluralidad de opiniones dentro del núcleo familiar dificulta que nos traguemos toda la mierda que nos escupen, ya que siempre habrá más posibilidades de debate, de que alguien esté en desacuerdo. Porque la televisión es un arma peligrosísima que el poder emplea contra la sociedad cuando no se usa adecuadamente, como suele ocurrir; porque la televisión manipula y adoctrina impulsada por los que promueven el capitalismo destructivo; porque aborrega a la población, suministrándoles dosis estupidizantes de contenidos vacíos. Por otro lado, me resulta obsceno que las casas de hoy en día tengan tres o cuatro televisiones cuando mucha gente no tiene ni qué comer.

Así pues, yo descubrí que trabajar como un esclavo durante mis mejores años de juventud, empleando un enorme porcentaje de mi vida útil en enriquecer principalmente a otros, no me hacía feliz. Siempre hay más motivos aparte del trabajo para no ser o no feliz, pero éste es uno muy poderoso, teniendo en cuenta la cantidad de recursos mentales y temporales que un trabajo fijo de cuarenta y pico horas semanales requiere. Generalmente, éste supone, más que un precursor de infelicidad, el obstáculo para buscarla con tranquilidad. Una vez llegué a acumular determinada cantidad de dinero en el banco, y me dije que tenía que invertirla en algo. Si no, para qué diantres me estaba dejando la vida, madrugando contra mi voluntad cada mañana, aguantando a ciertas personas que no eran de mi agrado, y sufriendo un estrés que me perseguía incluso tras regresar al hogar. En un arranque de capitalismo al más puro estilo, decidí comprar un piso. ¡Menuda idea! Al cabo de un tiempo caí en la cuenta de que aquello no tenía ni pies ni cabeza: terminé cancelando la compra, perdiendo una suma de euros con bastantes ceros. Aquello fue el precio de comprar mi libertad, que incomprensiblemente había vendido contradiciendo todos mis instintos, auto engañándome sin percatarme de ello. Viajando, con mi casa a la espalda en forma de mochila, es como me siento feliz ahora mismo, así llevo casi tres años. ¿Por qué no hacerlo? Cada vez somos más.

Las cosas que posees, terminan poseyéndote a ti. Sin remedio, es un hecho. Obviamente tener ciertas cosas es indispensable, pero en su justa medida, con cuidado de no esclavizarse a ellas. ¿Es comprar una casa necesario? ¿Y tener tres abrigos? ¿Dos relojes? ¿Un nuevo sofá más grande? Cuando poseemos algo de gran valor, digamos una cueva, nuestros instintos primarios nos impulsan a defenderla por encima de todo. Es una reacción instintiva: la preocupación por conservar el estatus y la propiedad. Mientras más posees, más cosas tienes que perder, que defender y asegurar. Vas a vivir mucho más tranquilo con tu irrompible móvil viejo y barato, que con uno nuevo y caro.

Atarse a una hipoteca es el culmen del riesgo. Es, ni más ni menos, que renunciar temporalmente a la libertad por propia voluntad. La libertad lo es todo, ¡es la vida! Ésta pierde su naturalidad y muchos puntos de placer cuando no puedes permitirte llevar a cabo esas pequeñas cosas que te placen: levantarte tarde, comer hasta reventar y echarte la siesta, irte de viaje por el mundo, pasar tres horas al día escribiendo o leyendo, pasarte unos meses dedicándote exclusivamente a tu familia o a tu vocación, aunque no te vayas a hacer rico con ella. Os aconsejo que busquéis artículos sobre la jornada laboral de 21 horas, porque de eso es de lo que estoy hablado, que nadie piense que defiendo no trabajar nunca jamás. Tampoco estoy inventándome nada, ya hay toda una corriente de pensamiento que defiende esto: el decrecimiento.

Uno de los mayores problemas del mundo global actual, es que hemos interiorizado que la situación de semi esclavitud es lo “normal” -entiéndase aquí esclavitud como la imposibilidad de actuar según los deseos propios, por estar estos sustituidos por deseos ajenos intrusivos; y también esclavitud como trabajar infinidad de horas por un sueldo insuficiente, en ocasiones inexistente-. Que se lo pregunten a un becario. Se ha vuelto ya tan “normal” el ser esclavo, que hasta damos las gracias y nos sentimos afortunados mientras una élite nos explota para enriquecerse. Retrocediendo así décadas en derechos y beneficios adquiridos por generaciones anteriores a base de sacrificios, perseverancia, palos dados y, sobretodo, encajados. Nunca ha sido fácil rebelarse contra el poder, y aquí mayoritariamente ya hemos perdido la costumbre.

Hay gente que odia o teme el cambio, asustados de algo que es tan natural como la propia muerte. Queremos conservar lo que atesoramos, pensando con preocupación en el futuro, sin arriesgarnos a perder, a intentar cambiar para mejor, a soñar. Nos preocupamos más por el futuro que por los problemas del ahora, y hay unos cuantos listos en el poder que se aprovechan muy bien de esto, mientras la mayoría solo nos atrevemos a protestar ante las injusticias a través de twitter y facebook. Hemos perdido los arrestos, nos hemos acostumbrado a absorber tanto miedo que nos da pánico enfrentarnos a la vida real, la que llevaban nuestros abuelos: ellos sí tuvieron que luchar por sus vidas. La vida es un camino envuelto en misterios e inseguridades que ahora no nos atrevemos a afrontar con todas sus consecuencias. La llegada de la crisis ha dejado claro para muchos que no había nada intocable, que los pisos no iban a seguir subiendo para siempre, y que podíamos ir para atrás con todos los logros sociales y comodidades logrados hasta la fecha. La futura e irremediable llegada de 2.000 millones de seres humanos más al mundo en los próximos 30 años, de la mano del cambio climático y de nuevos conflictos internacionales, dificultará aún más que conservemos nuestro supuesto estado de bienestar. Es un reto impresionante que nos vemos obligados a enfrentar como especie.

Cuando visitas países pobres te das cuenta de que a la gente, cuanto menos posee, menos miedo le aprieta. La mayoría permanecen primigeniamente generosos, no están alterados por las ideas inoculadas de la publicidad y el egoísta mundo moderno, son genuinamente humanos. Las ciudades son el paradigma del fracaso del sistema. Son lugares donde se congrega la pobreza, tanto económica como espiritual -no me refiero a religión, sino al amor-, y donde abunda la violencia tanto física como psicológica; la contaminación y el estrés; la competitividad y la frustración. Vete a un pueblo, allí la gente es más sencilla, y hasta dejan las puertas de sus casas abiertas, sin miedo. Las ciudades son una jaula de gallos, son prisiones que desatan los instintos más obscuros de la humanidad. En el justo momento en el que competir se convirtió en algo más dignificante que colaborar, nos condenamos a decaer como especie. ¡Colaboremos! Los países llamados desarrollados cada día me parecen más y más lejos de las virtudes humanas: más desigualdad, menos bienestar; más inseguridad, menos libertad; más xenofobia, menos generosidad; más destrucción del medio natural, peor calidad de vida. Que digo yo: ¡subdesarrollémonos y salvemos el planeta!

Estamos aborregados por el miedo, por el miedo que crean los medios, por cierto. Irán es un ejemplo magnífico de país demonizado que, de hecho, es un lugar maravilloso. Y este miedo es, al mismo tiempo, el que nos aferra a la religión del consumismo, creyendo que cualquier camino diferente del actual solo puede llevarnos al fracaso económico y social. Cualquier sistema cerrado de creencias es erróneo, y el capitalismo lo es, pues se basa en el crecimiento permanente, lo cual es totalmente ilógico pues todo tiene un límite. El ser humano es plural, tanto en sus pensamientos como comportamientos, y no podemos alienarnos bajo un libreto o un sistema vital prefabricado. Tenemos que dejarnos guiar un poco más por nuestros sueños, ser valientes en nuestras decisiones, es una obligación para el siglo XXI si queremos evolucionar como especie sin dilapidar el planeta a nuestro paso. El ritmo de destrucción interior del ser humano está llevando de la mano la destrucción inapelable de nuestro propio entorno. Y, lo que es peor, estamos arrastrando a miles de millones de personas a imitar nuestro modelo proveedor de dudosa felicidad. Ahí tenemos a los pobres chinos matándose ya entre ellos por tener un coche más grande que el del vecino, en una encarnizada batalla estupidizante que me da tanta lástima como pavor. Lo lógico, aunque imposible, ante tan preocupante panorama, sería que los dirigentes planetarios pegasen un zapatazo en el suelo y a gritos mandasen girar 180º, con toda la rabia vehemente del que ve algo tan claro que no considera otra posibilidad más que defender la causa hasta el final.

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