Jueves Santo

Lo mejor estaba por llegar. Se llamaba Ashura, y hasta un par de días atrás ni conocía de su existencia. Kashan, la ciudad en la que acababa de poner pie, era uno de los enclaves más religiosos de Irán, si no el que más, y sus miles de fervientes devotos abarrotaban las calles como si fuera un Jueves Santo en Andalucía. La carretera me proveyó del día propicio y del lugar adecuado para vivir un acontecimiento inigualable.

La Ashura es, al igual que el Jueves Santo, el día en el que se conmemora la muerte del héroe: Jesús para nosotros; el Imán Hussein, tercer Imán del Chiismo, para ellos. Éste fue asesinado junto con sus 72 acompañantes tras un asedio de 10 días, durante el cuál nadie acudió en su socorro. Es por este hecho que los penitentes se siguen martirizando en la actualidad: por no haber ido a ayudar al Imam. Los fieles conmemoran en las calles los 10 días del ataque, igual que durante la Semana Santa, pero el día clave es este décimo y último día. La matanza supuso el cisma entre Chiítas y Sunitas, por la que aún siguen guerreando y que marca sus insalvables diferencias presentes.

Eran las 7 de la tarde y me encontraba en una casa con Carlos y Mohammed, un iraní que nos iba a hospedar en su apartamento. Llevábamos dos horas zanganeando, hasta que convenimos salir a cenar, quizá un poco hartos de aguantar a Mohammed, que parecía tener ciertas intenciones egoístas, muy humanas, escondidas tras la amabilidad de su invitación. Bajamos a la calle, entramos en un bazar abovedado donde no se movía ni un alma, y empezamos a andar en la soledad de sus calles. Entre las paredes blancas y las persianas metálicas cerradas, creció un sonido de golpes secos, de palmadas a lo lejos, acompañado por cánticos que empezaron como susurros pero se fueron elevando a cada paso que avanzábamos.

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Los fieles lloran a Hussein

Bordeamos una esquina, aún dentro del bazar, y las voces se hicieron más claras. Encarábamos una amplia puerta a través de la cual atisbábamos cientos de personas envueltas en negros ropajes, que se golpeaban sonoramente el pecho con su mano abierta, marcando así el ritmo que llevaba su triste cántico en honor de Hussein. La escena nos dejó con la boca abierta, sin capacidad de emitir palabra alguna, la fascinación era máxima ante lo que parecía una escena de ciencia ficción, de alguna de esas películas que muestra los ritos secretos de alguna secta misteriosa.

Cruzando el arco de la puerta, cámara en mano, me subí sobre unos escalones que hacían esquina, buscando una panorámica mejor para grabar el momento. Alguien cercano dedujo que eramos turistas y, mediante gestos, nos invitó a subir a una casa cuyo ventanal proporcionaba unas vistas inmejorables del espectáculo religioso. Estando allí arriba, respirando aquel aire sobrecargado de emociones, roto por los cantos llorosos de cientos de iranís viviendo el suplicio de Hussein con la misma fe que los españoles sienten el de Jesucristo, sentí mi corazón compungido. Quizá fue por la suerte de poder estar disfrutando de aquel instante, o por la grandeza del ser humano para crear gestos tan bellos, tan enigmáticos, aunque estén basados en algo en lo que no creo.

No cejaban de golpearse el pecho con energía -pensé yo que aquello no debía ser bueno para el corazón-. Unas veces pausadamente, acompañando los amplios movimientos de los brazos con ondulaciones coreografiadas; otras veces rápida y salvajemente, con furia penitente. Entonaban sus voces al compás de los impactos torácicos, siguiendo la cantinela liderada por un talentoso hombre preeminente, un saetero iraní, que quebraba su voz pidiendo perdón a Hussein y llorando la precaria situación cercana a la muerte en que se hallaba el bueno del Imán, mártir amado por todos. El espectáculo finalizó cuando tras diez o quince incesantes minutos, los hombres de negro salieron a tropel por la puerta bajo nuestros pies.

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Fieles cogiendo impulso para golpearse el pecho

Descubrimos que se trataba de una suerte de cofradías, cada cual con su grande hombre saetero que los lideraba, cada una con sus cánticos y posiblemente sus emblemas y predilecciones, que por no entender el idioma quedaban fuera de mi entendimiento. Podía adivinar, a raíz de su esfuerzo titánico por golpearse el pecho más y más fuerte, o por cantar más y más alto, que había una fiera competencia entre cofradías por ser la que mejor lloraba a Hussein, la que con más ímpetu se mortificaba para honrar a su héroe. También para arrastrar al mayor número de seguidores.

Esperamos en el ahora casi vacío corazón de aquel recinto: el patio de un centenario y amplio caravanserai, cuya bóveda central mostraba una apertura de un metro de diámetro que dejaba pasar tanto la luz como la lluvia, viniendo ésta a caer sobre una alberca de cemento pintada de azul, de unos tres por tres metros, alrededor de la cual se organizaban los fieles en las sucesivas actuaciones. Encaraban estos un escenario pequeño situado en un extremo, donde se subían los dos o tres principales personajes de cada cofradía, incluido el cantante, siempre acompañados por un militar cuya función desconocía.

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Un momento en mitad de la celebración

Allí aguardamos un rato, conversando en inglés con un par de espontáneos que se nos acercaron curiosos. ¿A nadie le importaba que estuviéramos allí, cotilleando con nuestras fotos y nuestros vídeos ese acto tan sagrado, íntimo y personal? Pasaron unos minutos y nuevas voces y golpes se acercaron retumbando entre los callejones del bazar. Al cabo de unos segundos otra cofradía se preparaba al otro lado del portón para hacer acto de presencia en el redondel de piedra. Nuevos seguidores entraban y se apretaban para tener las mejores vistas. Yo conseguí una de las mejores posibles, en el extremo de una plataforma de piedra que me dejaba a pocos metros del escenario y justo frente a las andanadas de penitentes, que ya entraban, sin dejar de cantar y de golpearse el pecho.

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Uno de los fieles golpeándose el pecho en señal de culpa

Al terminar este grupo, un hombre hercúleo que decía ser policía secreta, nos pidió los pasaportes. Temí que se acababa todo, que requisarían nuestras cámaras y nos llevarían a comisaría, pero finalmente no hubo mayores consecuencias. Era tiempo de observar el ritual desde aún más adentro, así que cuando llegó la siguiente cofradía decidí meterme en la alberca azul, viéndome rodeado por los fieles que continuaban su serio acto de fe llorosos, serios, afectados, sin prestarme la menor atención. Comenzaba yo a percibir las diferencias entre cada grupo, los diversos matices de las canciones y las variaciones en sus gestos: a veces alzaban las manos como pidiendo perdón, otras veces se golpeaban la cabeza o la cara, desesperados, como si acabaran de enterarse de la situación tan penosa en la que estaba Hussein. En otras simplemente se llevaban las manos a la cara, y lloraban.

Al día siguiente las “procesiones” continuaron. El agua de las fuentes había sido tintada de un intenso rojo sangre, que subía en chorros sanguinolentos en mitad de las plazas donde jugaban los niños y se sentaban los ancianos. Una alegoría un tanto grotesca. Las cofradías recorrían las calles con tambores, interpretando nuevamente sus canciones y golpeando sus pechos con incansables energías, como si no llevasen resonando los golpes sin descanso desde el día anterior. Otros grupos portaban cadenas, con las que se flagelaban rítmicamente a una o dos manos. Algunos, al final del día, dejaron atrás sus camisas negras y se golpeaban el pecho desnudo, mostrando la piel punteada por la sangre que acudía a los fuertes golpes desde hacía ya muchas horas.

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Fuentes teñidas de rojo
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Fieles golpeándose la espalda con cadenas

En algunos momentos se volvían locos, como los hinchas de un equipo de fútbol que acabase de conseguir un título, y se congregaban en una piña saltarina al grito de “Hussein, Hussein”, convertida en una avalancha humana que se abría paso violentamente en la dirección que decidiese tomar.

Allí conocimos a Ricard, el único extranjero metido en aquel fregado a parte de nosotros dos. Era otro treintañero, de Barcelona, que se dedicaba a hacer periodismo de investigación por Irán y países aledaños, haciendo un trabajo vocacional y meritorio que despertó nuestro interés tanto como la propia Ashura. Ricard nos llevó a la sede de una de estas cofradías, donde nos invitaron a comer -afortunadamente, porque durante estos días no había restaurante alguno abierto-. Poco rato después acudimos al lugar donde se preparaba toda la “procesión” para emprender la marcha hasta el caravanserai de la noche anterior, que era algo así como el escenario principal donde todas las “procesiones” terminaban.

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Algunas de las procesiones de fieles en Kashan

Allí estaban congregadas cientos de personas alrededor de un artilugio de madera cubierto con telas negras. Se lo echarían al hombro para pasearlo por las calles hasta llegar al caravanserai. Deduje que se trataba del ataúd de Hussein, e irremediablemente evocaba a cualquiera de los tronos de la Semana Santa española. Un hombre acompañado de su hijo menor me insistía, tocándome en el brazo persistentemente, en que me apartase de allí y me alejase hasta una zona elevada en el extremo del amplio espacio. Imaginé que allí habría mejores vistas y que sería más cómodo, pero yo quería mantenerme en el ajo, verlo todo desde cerca. El hombre seguía insistiendo una y otra vez para que me alejase, lo cual empezó a darme mala espina.

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Fieles transportando el artefacto que simboliza la tumba del Imán

Una saeta sonaba, al tiempo que el gentío miraba al suelo con tristeza o al cielo con lágrimas en los ojos. Súbitamente la saeta concluyó y, gritando como poseídos, los hombres de negro que rodeaban el artefacto del mismo color, se lo echaron al hombro y empezaron a botar aleatoriamente en todas direcciones de forma extremadamente violenta, arremetiendo contra las masas que abarrotaban el espacio. Nos vimos empujados inmisericordiosamente, también yo, sin darme opción a utilizar mis manos para algo que no fuera sujetarme a mí mismo. Un vídeo de 2 segundos, borroso, es todo lo que pude conservar de aquel momento que me recordó al salto de la verja en El Rocío.

Lo vivido aquellos dos días fue un regalo cultural, una experiencia incomparable que no tenía precio, y había venido a mí sin tenerlo previsto. Apenas nos podíamos creer que hubiésemos tenido el privilegio de asistir a una celebración tan íntima, en una país tan opaco como Irán, en una religión tan polémica como la musulmana. Pero solo eran los prejuicios occidentales, porque para los iranís no supusimos ningún problema: al contrario, nos ayudaban a tener las mejores vistas, nos protegían, nos guiaban, nos daban de beber y de comer, contentos de que unos extranjeros se interesasen por su cultura y sus costumbres.

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