Magia en Masuleh

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Monumento Azadi, Irán

Llegamos a Teheran, donde Reihana nos recogió en el vehículo de sus padres. Recorrimos la ciudad de Sur a Norte y de Norte a Sur durante varias horas de conducción, y pese a no encontrar tráfico alguno: afortunadamente era día festivo nacional. Nos tomamos un café en un local “chic” del norte de la metrópoli, situado frente al palacio de verano del Shah, donde los jóvenes iranís intentaban dejar atrás las desfasadas tradiciones y soñaban con un cambio político que los equipare en modernidad, en derechos, con occidente. Los jóvenes de aquí vestían a la última, destacando las no pocas jóvenes que portaban el chador bajado hasta la sien, dejando ver la práctica totalidad de su cabellera. No hace mucho eso estaba castigado con latigazos.

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Pintadas en el muro de la Embajada de EE.UU. en Teheran
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Pintadas en la Embajada de EE.UU. en Teheran

Pese a este punto de novedad, Teheran me pareció una ciudad mastodóntica, poluta y sin alma. No es la primera vez que admito estar aburrido de megalópolis. Llevábamos allí escasas seis horas y ya teníamos claro que al día siguiente, temprano, nos marcharíamos; en mi caso para no volver. El destino elegido fue Masuleh, una aldea tradicional iraní con más de mil años de historia. Reihana aceptó unirse a la excursión con Carlos y conmigo. Era una chica iraní que conocí cuando participábamos en un curso on-line de la Universidad de Minessota. Tenía 29 años, aunque no los aparentaba, y por alguna extraña razón nosotros siempre dimos por hecho que tenía 24 sin haberle llegado a preguntar siquiera. Daba buen ejemplo de la famosa generosidad iraní, siempre amable y paciente. Admitía ser muy religiosa, quizá demasiado bajo un punto de vista occidental, por lo que yo intentaba eludir temas polémicos para evitar controversias. No son las religiones algo de lo que me resulte fácil conversar.

El tiempo lluvioso y gris nos acompañó todo el trayecto hasta Masuleh, donde llegamos con las últimas luces del día escondiéndose a toda prisa tras las montañas que albergaban el pequeño pueblo. Situado a ambos lados de un fulgurante río que corría en dirección al Mar Caspio, las casas se anclaban en pendientes tan escarpadas que el tejado de las casas de abajo conformaba el patio de las de arriba: unos genios adaptándose al espacio. En cuestión de media hora encontramos un hotel en mitad del pueblo que, por ser día laboral y estar el clima tan adverso, se encontraba desierto, sin ningún otro turista salvo nosotros. Todo el poblado parecía desierto, de hecho. Desde la explanada a la entrada del hotel -tejado de la casa de abajo-, contemplamos cómo cientos de luces se esparcían rompiendo la espesa negrura nocturna y rodeándonos en la distancia, mezcladas entre la densa niebla que impedía discernir con nitidez nada veinte pasos más allá.

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Masuleh de noche

La calidez tentadora del calentador de gas de la habitación, no impidió que nos aventurásemos a pasear bajo la fina lluvia y el frío de los adyacentes picos nevados, subiendo y bajando escalones y estrechas pendientes entre la bruma y las luces que nos guiaban, destellando como luciérnagas inmóviles colgadas del vapor de agua. Había magia en aquel momento, en aquel perezoso pueblo fantasma que no terminaba de mostrarnos sus formas, en aquel silencio absoluto solo roto por el regular ruido de las aguas salvajes deslizándose cien metros más abajo. Miré al cielo y la Luna llena me saludó por sorpresa, corriendo la cortina de espesas nubes y regalándonos metro a metro una visión despejada del tesoro escondido bajo su manto.

Fue una excepción, un breve regalo momentáneo para premiar nuestro esfuerzo y nuestra paciencia. La Luna, como la abuela que en secreto permite al nieto comerse unos caramelos pero que, inmediatamente, los quita de la vista para que nadie se diera cuenta del descaro, volvió a correr la niebla hacia arriba tapando instantáneamente las casas, difuminando las potentes lámparas una a una, hasta cubrirlas de nuevo por completo. Al día siguiente, tal y como aseguré con total vehemencia a mis compañeros de viaje el día anterior, amaneció soleado.

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Masuleh
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Hombres en un pequeño restaurante de Masuleh

Tras disfrutar de las vistas de Masuleh esa agradable mañana, nos trasladamos un puñado de kilómetros hasta un paraje boscoso entre montañas, donde un río caudaloso surcaba junto a un resbaladizo sendero de cemento y piedras, cubierto por un resbaladizo manto de húmedas hojas caídas y musgo, escalando ininterrumpidamente hacia la cima. Durante casi una hora trepamos jadeantes camino de las nubes, que tapaban las cumbres repletas de viejos árboles cuyos colores cambiaban de la mano del otoño reinante.

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Llegados al punto más alto apareció un enorme muro de piedra con una amplia puerta en su centro. Era el Castillo de Rudkhan. Plantado a lo largo de la cresta montañosa, se presentaba en un despampanante estado de conservación, con sus espigados torreones en pie, sus arcos alzados y sus muros aún impidiendo el paso al foráneo. Una vez dentro, desde la parte más alta del complejo, las vistas de la fortaleza eran apabullantes: era mucho más extensa y auténtica de lo que podía haber imaginado jamás. En un claro entre las abundantes nubes podía adivinarse una ciudad decenas de kilómetros más allá, siendo la única excepción ante la infinidad de árboles que sembraban el horizonte en una alfombra multicolor.

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Una parte del Castillo de Rudkhan
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Castillo de Rudkhan

Cautivado por las hechizantes veinte horas transcurridas en aquella zona al norte de Irán, tan diferente del desierto, las mezquitas, o las ruinas persas vistas hasta ahora, me sentí como si saliera de un parque temático que alguien había plantado allí. Pero era real, era muestra de la inmensidad del planeta, sus gentes, sus climas y su Historia. Llegaba el final de mi viaje en compañía de Carlos y Reihana, con los que compartí conversaciones de las que uno solo mantiene con amigos cercanos, con amigos de verdad, en una especie de unión viajera exponenciada por lo especial del lugar donde nos hallábamos.

En el autobús camino de Zanjan -uno de los abundantes autobuses suizos llamados “VIP” que inexplicablemente pululan por Irán-, ya en solitario, me dediqué a leer los carteles luminosos que iban yendo y viniendo por la pantalla led sobre el asiento del conductor. Leí, como poco, veinte mensajes diferentes, de lo más peculiares algunos, aunque me quedo con el que decía: “Dear Lord, please make it a safe trip for us, praise will be for Mahoma and his Tribe” -“Querido Señor, por favor haz de este un viaje seguro para nosotros, elevamos nuestros rezos por Mahoma y su Tribu”-. La temperatura interior marcaba unos asfixiantes 35 grados -la calefacción al máximo, muy al gusto iraní-, por una exterior de 9, lo que me provocó un inconfortable estado de ansiedad, de no querer estar ni adentro ni afuera, incrementado por ese sentimiento de melancolía acuciante que siempre me asalta cuando abandono un lugar querido.

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