Algo huele a podrido en Sanandaj

Mi experiencia global en el Kurdistán iraní ha sido excelente, primorosa, pero tengo que exponer un hecho que me ha embargado de estupefacción. Como digo, en el Kurdistán iraní -lo que voy a explicar no me ocurrió en el Kurdistán turco-, cada vez, y quiero decir todas y cada una de las veces que me dirigí a un kurdo por cualquier motivo, estos, antes de siquiera saludar hello me inquerían de forma directa e innecesaria por mi nacionalidad. Curioso, ¿no?

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Amables kurdos

Las palabras salían de su boca mostrando faz seria y dejando la conversación en un compás de espera hasta que les contestaba su pregunta. Sucedía cuando pedía indicaciones sobre un hotel, un determinado bus, una calle, el baño, un lugar para comer o simplemente al entrar a un establecimiento y saludar al tendero. Como si mi procedencia poseyera alguna clave oculta que marcaría el devenir de la relación.

Entiendo que los pueblos son su Historia, y que la del pueblo kurdo ha sido y es jodida por una amplia variedad de motivos. Soy consciente a su vez de mi aspecto iraní, pudiendo ser confundido incluso por un Basij, los cuales son repudiados por los kurdos con toda probabilidad. Quizá fuere esa la razón de su interrogatorio. Quizá tuviera algo que ver la represión a la que el gobierno iraní les forzase, exhibida de forma explícita por los centenares de militares armados hasta los dientes que patrullaban las calles de Sanandaj a todas horas. No obstante, me creó un gran desasosiego pensar que esas gentes, famosas por su hospitalidad, antepusieran mi nacionalidad ante cualquier otro hecho, siquiera el saludo. Tengo la subjetiva suerte de ser español, pero me pregunto qué ocurría si hubiese sido turco, iraquí, estadounidense o, qué se yo, israelí -en este caso habría mentido como un bellaco.

Una vez mencionaba mi españolidad surgían las sonrisas, parlamentábamos un rato sobre Messi y sobre Ronaldo pese a ninguno de ellos ser español, y me ayudaban encantados a solucionar todas mis problemáticas. Ahora sí, muy amables, he de admitir. Todos amigos. Menos una vez, mientras buscaba hotel en Sanandaj y, al entrar en uno de nivel relativamente elevado, el dueño me miró como si creyese que venía con idea de robarle alguna de sus hijas. Le saludé sonriente y le cuestioné si disponía de habitaciones libres. El hombre de pelo canoso meditó un par de segundos mientras me miraba el semblante, pronunciando un simple pero contundente “no, lleno”. Ahí se acabó la conversación. Ni tiempo dispuse para decirle que era español, pues él sacó sus propias conclusiones y decidió mentir. Mintió descaradamente, afirmo, porque amén de ser temporada baja y Jueves, decenas de llaves colgaban ociosas en los casilleros de las habitaciones, en una pared lateral de la recepción.

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kurdos, buena gente

 

Le miré fijamente a los ojos, con enérgica expresión reprobatoria. Él, junto a un puñado de clientes kurdos que también aguardaban frente al mostrador, cambiaron su semblante ante la mentira descubierta, por lo injusta. Yo, a mi vez, me marché no sin antes murmurar algunas palabras cuyo significado no necesitaban entender, por lo obvias. Y así, les di la espalda convencido de que algo raro pasaba en aquel lugar atestado de gente amable y generosa.

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A este señor le adquirí su sombrero por unos 3 euros
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