Lo difícil que es cambiar

¿Quién no se ha propuesto alguna vez cambiar algún aspecto conductual de sí mismo? Un mal hábito, un punto débil, una faceta de la personalidad inconveniente o cualquier otro propósito de enmienda. Cuántas veces logramos verdaderamente cambiar y cuántas veces es solo un gesto pasajero hasta que volvemos por nuestros antiguos fueros, es algo sobre lo que he meditado en estos últimos meses.

De viaje, empujado por la introspección viajera, no son pocas las veces que he fijado metas de cambio ante comportamientos precisados de nuevo rumbo. Durante instantes de clarividencia, se me aparecían irrefutables una serie de objetivos de mejora. Desafortunadamente, para mi sorpresa, ni exigiéndome conscientemente el máximo de mi esfuerzo mental, ni concienciándome de la importancia de modificar estos comportamientos, evitaba en ocasiones el repetir los hechos. Más tarde o más temprano, muchos volvían a sucederse.

Por poner un ejemplo, me remitiré a la paciencia. En condiciones normales no tengo mucha paciencia, pero he aprendido a dominar mis impulsos ardorosos y mantener la boca cerrada hasta encontrar el equilibrio. Sin embargo, a poco que esté cansado o hambriento, mis niveles de concentración descienden y regreso al punto inicial de fogosidad, perdiendo la calma y actuando de manera impulsiva. En definitiva, no he cambiado ni un ápice, solo he aprendido a controlarme, mas sigo siendo prácticamente el mismo en este sentido. Quizá sean los años y la vida vivida los únicos que te cambian, en uno u otro sentido, mas no a voluntad.

Ahora, analizando todo el arrojo y la inversión de energía y tiempo que he empleado en intentar cambiar ciertos puntos de mi forma de ser, no siempre con éxito, me doy buena cuenta de la dosis de verdad en las palabras de mi tía Reme: “quien nace de una condición, se muere de esa condición”, proclamaba.

A lo largo de los años, ante los comportamientos reprobables de algunas personas, creí iluso que les sería posible cambiar. Era mi opinión que haciendo entrar a estos individuos en razón, verían la obvia conveniencia del cambio y, simplemente, permutarían. Esa fe, chocaba irremisiblemente contra la realidad de que los hechos casi siempre volvían a repetirse transcurrido un determinado período de tiempo. Es posible, aunque intuyo extremadamente difícil, que alguien mute a voluntad su personalidad adulta una vez ésta haya sido conformada. Día a día he sido más y más consciente de que, la mayoría de las veces, quien te miente una vez, te volverá a mentir; quien te ignora cuando estás necesitado, volverá a dejarte en la estacada; quien te roba, tendrá siempre sus ojos en tu cartera; y, en conclusión, quien te la hace una vez volverá a hacértela de nuevo.

Un nuevo cambio aguarda: elegir mejor de quién te rodeas.

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