Karachi, territorio comanche

“El tráfico fluía tan alocado y a trompicones como el de su vecino del sureste, con el añadido excepcional de camellos tirando de carruajes (¡camellos tirando de carruajes en una ciudad de trece millones de personas!)…”.

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Esto es Karachi, una torre de estilo inglés y un autobús multicolor

Era mi primer contacto con un país musulmán, tan demonizado como cualquier otro país musulmán lo estaba desde que en el año 2001 se nos empezó a inculcar que toda persona musulmana era un terrorista. Escuchar la palabra islamista en solitario, como definición de alguien que había cometido o iba a cometer un atentado terrorista, era lo más común en aquellos días. También a día de hoy. Cuando en realidad, y lo digo por si acaso alguien no lo había pensado, no tiene nada que ver el ser islamista con ser un radical extremista de ningún tipo. Ni con el querer matar gente.

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Probablemente este señor era y es un islamista

El que algo sea islamista solo significa que ese algo está relacionado con el Islam. Una religión más, como la cristiana o cualquier otra, todas tienen algo contra la competencia empresarial de las otras religiones, y todas están basadas en ideas que no comparto. Emplear las asociaciones de términos del tipo “terrorismo islamista”, “la amenaza islamista” o “grupos islamistas”, para referirse a los reducidos grupos de mentalidad radical que llevan a cabo atentados, es una total desfachatez. Una muestra de ignorancia que escuchamos a diario por los medios de comunicación. Grupos islamistas los hay de miles de tipos y colores, desde los totalmente pacíficos a los más extremistas, y asociarlos a todos bajo un mismo concepto es una idiotez. Así de claro. El problema es que después de tanto tiempo ya todos tomamos la parte por el todo, y no hay quien no se imagine a un terrorista con un chaleco bomba cada vez que escucha la palabra “islamista” en televisión.

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Otro islamista. Probablemente iba camino de inmolarse en alguna parte.

Otra cosa sería referirse al “terrorismo yihadista”, “la amenaza yihadista” o “terrorismo de extremistas islámicos”, si me apuras; porque el concepto yihad es otro cantar y ahí no hay mucho más que replicar. Esos sí se las gastan mal. Por desgracia, después de tanto lavado de cerebro desde el infortunado atentado contra las torres gemelas, ya casi nadie es capaz de disociar lo islamista de la yihad y del terrorismo, como tampoco es capaz de discernir entre chiíes y suníes. Así, con tanta basura periodística que reporteros sin conocimiento -o con conocimiento pero sometidos a quien quiere crear esta mentalidad anti musulmana- sueltan por los medios de información sin descasno, son pocos los españoles que no tienen una idea totalmente errónea de lo que son realmente estos países musulmanes. Aunque peligrosos, están llenos de seres humanos perfectamente normales, y no todos son zona de guerra.

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Un autobús repleto de islamistas

En todo caso, Pakistán, más concretamente Karachi, era territorio comanche. Sí, era territorio islamista y, como ya sabéis gracias a mí, eso no tiene por qué ser un factor en absoluto peyorativo. Era territorio comanche porque, con trece millones de habitantes, la veintidosava metrópoli más poblada del planeta, lo cierto es que Karachi es una de las ciudades del mundo donde se dan mayor número de asesinatos entre sus abarrotadas calles llenas de pobreza, drogas y corrupción. Sin duda, una de las ciudades más peligrosas del mundo. Y allá que iba yo, con más ilusión y curiosidad que preocupación. Que también tenía, claro, y mucha.

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Y pensaba yo que los tuc tuc de India eran cutres… no había visto aún los de Karachi
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Increíble que pudieran seguir rodando

Ocho años antes Al Qaeda explotó una bomba en un autobús matando a once franceses. Lo hizo justo frente al hotel Sheraton al que yo me dirigía. Cinco años antes, hubo otro atentado justo en frente del mismo hotel. En cualquier caso, atentados con o sin bomba ocurren de forma habitual en esta ciudad, y sin ir más lejos en este año 2014 ya ha habido unos cuantos.

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El cruce frente al hotel Sheraton, desde la ventana de mi habitación

Anteriormente ya había estado en India, y gracias a eso no me chocó tanto lo que me encontré al pisar suelo pakistaní. Las carreteras estaban en un estado lamentable. La carretera principal por la que nos movíamos se veía salpicada cada 500 metros con unos badenes que se elevaban no menos de medio metro sobre el nivel del suelo, formando unas curvas tan excesivas y amplias que los vehículos tenían que pararse completamente, meter primera, y avanzar centímetro a centímetro con cuidado para no chocar con los bajos sobre el asfalto. Según me dijo Asim, el encargado del taller textil con el que trabajaba y que se encargaba de recogerme y llevarme de vuelta al hotel cada día, esos badenes alojaban en su interior tuberías. Las que suministraban el agua y las que llevaban los desperdicios, me imaginé yo, estupefacto ante tal aberración de ingeniería.

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Me encantaban los camiones de este país, transportaban cualquier cosa imaginable
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A mí me recordaba a una piñata gigantesca

El tráfico fluía tan alocado y a trompicones como el de su vecino del sureste, con el añadido excepcional de camellos tirando de carruajes (¡camellos tirando de carruajes en una ciudad de trece millones de personas!), y una banda continua de motoristas barbudos con una pinta idéntica a la que ponen en televisión a los terroristas de Al Qaeda. Obviamente no lo eran. O al menos no todos. Por el camino también crucé mi vista con varios vehículos militares blindados, tanto de policía como del Ejército, con personal fuertemente armado, protegido, y fusil presto en la mano.

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Ahí lo tenéis, ¡un camello!
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Bases militares dentro de la misma ciudad
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Mucha presencia militar por todas partes

Así llegué al hotel Sheraton donde pasaría tres noches, y para el que antes de entrar un pelotón de guardas de seguridad analizaron los bajos con espejos en busca de bombas. Así como el maletero y el interior con un detector de productos químicos, pasando lo que a mí me pareció un algodón por el volante, mas no creo que para comprobar cómo estaba de limpio.

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Las ventanas del hotel tenían esta especie de cuerdas a modo de camuflaje… Por si había francotiradores, quise pensar

El lujo del interior contrastaba con la suciedad y pobreza reinante en la calle, y me pareció verdaderamente obsceno. Por allí pululaban personajes adinerados, empresarios extranjeros y negociantes de cartón piedra, que acudían a los lujosos restaurantes abiertos en el interior del hotel. Me pregunté si no corría más peligro estando allí, en un sitio que era el icono de lo que los terroristas querían destruir, que si me encontrase en un hostal de mala muerte. Tampoco hice ademán de comprobarlo.

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Edificio de Karachi
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Una gasolinera Total en Karachi, y yo pensba que esos eran yankis… me resultó curioso que las calles adyacentes estuvieran todas sin asfaltar

Yendo del hotel a la factoría y de la factoría al hotel aprovechaba para asomar mi lamentablemente barata cámara fotográfica por la ventanilla del sencillo Honda Civic en el que Ashim me transportaba. En una de las veces que me vio con la intención de fotografiar uno de esos camellos que transitaban por medio de la calzada, Asim me reprimió con un enérgico tono de voz. “No hagas eso”, me dijo, “pues si alguien te ve la cámara nos pueden atracar aquí mismo. Hace poco tiempo me vieron hablando por teléfono móvil y un motorista me encañonó con una pistola: tuve que darle el teléfono y la cartera”. Me convenció. La triste cámara valía 60 euros, pero un paquistaní qué sabría.

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¿Alguno de vosotros lleva pistola? Espero que no

Estando en la fábrica, el primer día que tocó comer allí, me hicieron el flaco favor de encargar comida del KFC. Estos cerdos occidentales solo comen guarradas de estas, pensarían. Al final terminé pidiendo un poco de ese rico biryani paquistaní que había preparado la mujer del jefe, Arshad, y que sacaban su hermano y su primo de la enorme olla express a manos llenas. El primo, que rondaría los sesenta años y portaba una barba descomunal de no menos de veinte centímetros de largo, terminó con granos de arroz desperdigados por la misma. Al principio aparentaba ser poco menos que un talibán, pero con los granos de arroz poblándole la pelambrera facial le perdí todo el respeto. La comida, por demás, poseía unas propiedades extraordinariamente picantes de las cuales me estuve acordando durante el resto del día, así como al día siguiente a la hora de ir al baño.

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Lo siento, no tengo fotos de comida, ¡pero tengo más camiones!
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¡Y autobuses!

Durante mi segunda visita a Karachi, meses más tarde, sucedió que un viernes a las 13:00 tuvo lugar lo que fue mi primera experiencia cercana al mundo islámico, y eso que no vi absolutamente nada. Estábamos allí trabajando unos pocos, en la sala habilitada para ello, cuando de repente todo el mundo desapareció. Para rezar. Yo no me podía creer que todos sin excepción dejasen los negocios a un lado para irse a rezar, todos a la vez, todos juntitos, pero así fue. Me dejaron solo en la oficina. Algo escuchaba de fondo en relación con los rezos, y sentía gran curiosidad por presenciar la ceremonia La próxima vez les digo que me dejen ir a ver, pensé. Lástima que nunca hubiera próxima vez.

Esa noche fuimos a cenar a un restaurante caro de la ciudad, de lujo podría decirse dados los estándares por aquellos lares. Se trataba de un asador de tres plantas, un edificio entero en cuyo ático a cielo abierto nos sentamos a disfrutar del anhelado frescor de la noche. Allí pidieron muchos más platos de los que sanamente podíamos ingerir entre los cuatro comensales, siendo el contenido en carne no menos de un noventa por ciento del total de los alimentos allí servidos.

De repente, entre dentellada y dentellada, retumbó en la noche un disparo de arma de fuego, distante. De aquellos sonidos sabía yo ya algo a esas alturas. Quedé paralizado, con los alimentos a medio mascar en la boca, y pregunté si efectivamente había sido aquello un disparo. Sí, dijeron. No hubo un instante en el que cejaran de atender a sus platos las varias decenas de paquistaníes que me rodeaban. Un único disparo en la lejana calle, lugar donde transitan los pobres; un único disparo aislado, en una ciudad donde mueren miles de personas cada año, no es merecedor de interrumpir una suculenta y privilegiada cena. Entonces me di cuenta de que yo solo estaba conociendo una pequeña parte de las dos Karachi que verdaderamente existían.

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Una triste calle cualquiera en Karachi. La Karachi que no conoceré

 

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