Garmeh, un oasis en el desierto iraní

“Tranquilamente empezó a golpearlos con las palmas de las manos, con los ojos cerrados, ensimismado. Poco a poco iba cambiando el ritmo, la fuerza con la que golpeaba, o pasaba a frotar la boca de los jarrones de barro produciendo un peculiar sonido en la fricción, o los agarraba instantáneamente para elevarlos lo suficiente como para que produjeran un rítmico sonido al chocar contra el suelo. Así creaban su música en Garmeh, con dos jarrones”.

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La ciudad oasis de Garmeh, vista desde la montaña cercana

Un oasis localizado en mitad del árido desierto Dasht-e-Kavir, en el corazón de Irán y en mitad del trazado principal de la Ruta de la Seda, en su día la mayor ruta comercial entre China y Europa. Un oasis de casas de barro y palmeras, anclado aún en tiempos pasados, un lugar donde vivir una vida simple, durmiendo en casas tradicionales, comiendo alimentos locales y escapando como puedas de las temperaturas extremas.

La única fuente de agua, de la que depende la vida de los habitantes de Garmeh, es un pequeño manantial que nace en las colindantes montañas. Se encuentra dentro de una pequeña cueva al pie de la misma, y en el estanque que se forma allí mismo nadan una descomunal cantidad de peces. Desde allí se dirige a través de canales de cemento abiertos al cielo hasta los huertos de palmeras donde crecen los dátiles, uno de los elementos fundamentales de la dieta en el oasis.

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La señora recogía dátiles de las palmeras del oasis
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En el oasis había muros de barro delimitando las zonas de cultivo de los distintos propietarios

Cuando me bajé del taxi que me trasladó hasta el poblado, el mismo taxista me llevó hasta el hostal de un hombre llamado Maziar. Maziar es famoso en medio Irán, no solo porque haya sabido convertir la decadente aldea de Garmeh en un destino turístico de primera, sino porque era un reputado músico de instrumentos tradicionales a nivel nacional. Nada más entrar por la puerta del salón principal del hostal, donde hace vida la familia que lo dirige, me encontré a todos sus miembros en plena carnicería. “Baby camel”, dijeron.

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De matanza

Un elemento fundamental de la dieta era la carne, tanto de cabra como de camello, de camellos jóvenes para ser exactos, pues la de los adultos imagino que estará dura como una piedra. Allí sentados en el suelo ante un camello cortado en pedazos, la familia entera se dedicaba a separar la carne magra de la grasa en una escena que a muchos impresionaría e incluso les pondría mal cuerpo.

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La cabra más simpática del desierto

Un rato después fui acompañado hasta otra casa a un par de minutos caminando aldea abajo. Las calles de tierra se extendían flanqueadas por edificios de barro en su mayoría derruidos, así como otros recientemente renovados. Siendo de barro, si no son reparados continuamente tardan poco en venirse abajo, como es lógico. Lo más curioso era que las casas se elevaban sobre las propias calles del pueblo formando túneles de dos metros de altura y varios metros de longitud, creando una zona de sombra y frescor por la que caminar a cubierto durantes los calurosos días de verano. Sin embargo, ahora amenazaban con caérsele a uno encima. Por supuesto, también había ya muchas casas de ladrillo, principalmente en la zona opuesta del poblado.

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Casas en ruinas
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Sobre estos túneles había habitaciones de las casas circundantes
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Las casas sobre los túneles a veces estaban en ruinas, lo que no daba mucha confianza sobre la estabilidad de los mismos

Aluciné al entrar en el que iba a ser mi hogar. Aquel lugar era arquitectónicamente espectacular, su composición me provocó una explosión de deseo constructivo tal, que no tuve bastante con fotografiar y grabar en vídeo cada rincón de la vivienda, sino que me entretuve en dibujar varios planos en los que dibujaba la disposición de las distintas dependencias, imaginándome que algún día me construía mi propia casa siguiendo la inspiración surgida en aquel vergel.

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Una casa levantada con barro, escaleras arriba estaba mi habitación

Tras traspasar la puerta unas escaleras bajaban escarbando varios metros bajo tierra, buscando el frescor y la humedad de las capas bajo el nivel del suelo. Justo en frente se alzaba una plataforma a modo de salón principal, cubierta por un arco y dando paso a habitaciones laterales. Bajo ésta se escondía una habitación prácticamente enterrada en el suelo, con una única ventana minúscula abierta al exterior. Todo estaba pensado para soportar el insufrible calor del estío: las gruesas paredes de barro provocaban un efecto frigorífico en el interior de aquellas viviendas. Ahora estábamos en Diciembre y, por el contrario, los días eran agradables y las noches bastante frescas.

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Una especie de patio / salón al fresco
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Las habitaciones tenían a veces más pintas de zulos que otra cosa, pero así se mantenían frescas

Esa misma noche nos reunimos para cenar los doce viajeros que habíamos coincidido en el hostal de Maziar junto al fuego encendido con leña, también preciosa en un lugar donde no crecen más árboles que los regados por el oasis. Acabada la casera pero espartana cena, nuestro anfitrión agarró dos jarrones y se sentó frente a nosotros.

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La pequeña chimenea incrustrada en la pared era de cuento de las mil y una noches

Tranquilamente empezó a golpearlos con las palmas de las manos, con los ojos cerrados, ensimismado. Poco a poco iba cambiando el ritmo, la fuerza con la que golpeaba, o pasaba a frotar la boca de los jarrones de barro produciendo un peculiar sonido en la fricción, o los agarraba instantáneamente para elevarlos lo suficiente como para que produjeran un rítmico sonido al chocar contra el suelo. Así creaban su música en Garmeh, con dos jarrones.

Al día siguiente fue cuando visité el nacimiento de agua de la montaña, llevándome conmigo un “rebaño” de peces cual pastor de las aguas. Suena raro, ya lo sé, pero es que los peces discurrían a lo largo del estirado canal que transportaba y distribuía el agua por los cultivos del oasis, y al notar la presencia de mi paso huían siguiendo mi misma dirección, de tal modo que en mi caminar hacia el nacimiento arrastré más de un centenar de pequeños pececillos que se fueron acumulando a medida que avanzaban mis pasos.

De regreso al hostal dos perros asilvestrados se acercaron a olisquearme. Uno de ellos tenía evidentes malas pulgas, y si desde lejos ya me ladraba, al aproximarse me mostraba continuamente su dentadura mientras gruñía con poco sanas intenciones, amenazante. Me descolgué la cámara de fotos del cuello y me até la correa a la muñeca mientras agarraba firmemente el cuerpo de la cámara con mi mano. En la otra mano agarré la piedra más grande que pude encontrar. Durante cinco minutos tuve alrededor mía aquel perro rugiendo, mirándome de soslayo cuando no se ponía delante de mí cortándome el paso y tenía que amagar con golpearle. Mientras tanto, el otro perro hacía de comparsa tranquila, y me alegré de que al menos no fueran los dos igual de cabrones. Respiré con consuelo al entrar al hostal y dejar fuera a aquel mal bicho.

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Éste era el perro bueno… se dejaba sobar a gusto por los niños, que hasta se le subían encima
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El Cristobal Colón de Garmeh, señalaba algo con su dedo… quizá fuese el peligro del perro malvado

Justo antes de eso, escalé la montaña que dominaba el pueblo hasta la mitad de su altura, mas no llegué a su cima pues era demasiado alta y escarpada para seguir en solitario, necesitando de manos, pies y técnicas de escalada para poder salvar ciertos pasos. Sentado allí, en una roca, contemplé el oasis en todo su tamaño, cercano al kilómetro de largo y la mitad de ancho. Justo al otro lado un centenar de viviendas cobijaban a los pocos que aún no habían emigrado a Teheran o Yadz en busca de una vida más fácil, pero quién sabe si mejor. Más allá, el inhóspito desierto con sus dunas y sus lagos de sal.

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El oasis
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El oasis al anochecer

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Un pensamiento en “Garmeh, un oasis en el desierto iraní”

  1. disculpe, soy francesa y no hablo muy bien espagnol
    gracias por sus fotos y comentarios
    estaré en Iran en abril
    y me gustaria visitar Garmeh
    quisiera saber si el hostal de Maziar es un hotel para todos
    sino si se puede encontrar otro hotel en Garmeh

    muchas gracias

    Jacqueline

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