Sorpresas de frontera

“[…] hasta en España hubiera hecho saltar a los albañiles de sus andamios para lanzarle los piropos más impropios que hayan salido jamás de una boca con destino a la autoridad. Aquello sí que era un cuerpo, y no el de la Guardia Civil. En realidad, ella venía a ser ambas cosas al mismo tiempo…”.

Pasé la noche en un pueblo iraní que destilaba frontera por cada poro. Un pueblo estirado a lo largo de la carretera que se encamina al control fronterizo, en el que cada uno de los edificios, negocios, vehículos y seres humanos que por allí pululaban llevaban en su interior el gen fronterizo. Olía a frontera, aquel pueblo, cutre como él solo. Bazargan se llamaba el lugar, nombre raro y exótico me pareció, como exótico era también el destino que me aguardaba al otro lado de la frontera iraní: Dogubayazit tenía por nombre, ni más ni menos, aquella ciudad situada ya en el lado turco.

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Miles de camiones, lo juro, miles, aparcados en una fila eterna que duró ininterrumpidamente no menos de diez kiómetros antes de llegar a la frontera turco-iraní… Deduje que serían efectos del bloqueo económico a Irán, colas interminables en las aduanas fronterizas

Un mes en Irán iba a quedar atrás con un simple sello estampado en mi pasaporte. Durante ese mes en la antigua Persia, donde viví los emotivos momentos de fe traídos por el Muharram, me fui poco a poco acostumbrando a la vida del mundo islámico. Tampoco era nuevo, pues llevaba ya varios meses en Asia Central recorriendo países de fe musulmana. Uno de los hechos más destacados en estos países resultó ser la vestimenta de las mujeres, tapadas hasta las cejas, lo único que dejan entrever era su cara. En ocasiones solamente parte de ésta. Así, al llegar al control fronterizo turco, sufrí una bofetada de realidad. Todos la sufrimos, no solo yo.

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Desde lejos parecerá una gasolinera, pero no, era el puesto fronterizo turco. Monte Ararat a la espalda

Turquía era otro país musulmán y, al menos en la zona del Este, cercana a Irán y al Kurdistán turco, me esperaba más de lo mismo en cuanto a costumbres sociales se refería. Pero no, allí en el puesto fronterizo turco había una excepción. Una policía de fronteras, de cabello negro azabache, liso, suelto, que se bamboleaba libre a la altura de su cintura. Con poco más de veinte años, pantalones ceñidos marcando todo lo que era factible de ser marcado, se paseaba alegremente por allí aquella muchacha funcionaria de cachiporra policial, ante la mirada atónica de todo macho mal acostumbrado a la represión religiosa de más allá del borde geopolítico.

Confieso que no podía dejar de observarla, no ya por lo atractiva que fuese o dejase de ser –siendo sinceros era bastante guapa, ella-, sino por el hecho demencial de que se plantase allí de aquellas maneras, que hasta en España hubiera hecho saltar a los albañiles de sus andamios para lanzarle los piropos más impropios que hayan salido jamás de una boca con destino a la autoridad. Aquello sí que era un cuerpo, y no el de la Guardia Civil. En realidad, ella venía a ser ambas cosas al mismo tiempo, y me resultaba enfermizo en el contexto en el que nos encontrábamos. Tan enfermizo como divertido.

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Todos estos tanques no hubieran bastado para detener a las hordas de hombres pervertidos que mirábamos a aquella moza exhibicionista… Dogubayazit está en una zona bastante conflictiva, territorio kurdo donde opera el PKK y cercano a la frontera con Azerbayán, Armenia e Irán, países que no se caen demasiado bien entre sí.

Tenía, además, aquella moza, los pantalones subidos con saña hacia arriba, marcando entrepierna como si pretendiese dejar lo menos posible a la imaginación de los pobres iraníes que por allí circulaban con cara descompuesta. Estaba malmetiendo, aquella mujer. Pasar en un kilómetro de una región donde enseñar el tobillo es un acto impuro que exalta las vilezas de la sexualidad masculina, a otra región donde la autoridad increpa tus sentidos con una sexualidad explícita y directa, es todo un shock cultural. Uno que no está nada mal, pero shock al fin y al cabo.

En fin, que aquella chica nos alegró el día a todos, bien hay que decirlo, y sus compañeras de frontera, porque eran tres las que trabajaban registrando y cacheando a las mujeres que trasponían de un país al otro, también mostraban sus cabelleras, éstas bien recogidas en una coleta reglamentaria. En algún momento llegué a pensar que aquella muchacha bien podría ser una tentación, un señuelo, para ver si algún extremista islámico pretendía colarse en el país turco. “Oye moza, tápate que vas contra el Islam”, y directamente cancelado el permiso de tránsito a Turquía.

No debían cruzar por allí muchos extranjeros, al menos yo no vi ninguno, porque el personal de la frontera no tenía muy claro qué hacer conmigo. No llevaba visado en mi pasaporte y el policía encargado de poner el sello no sabía que como europeo no lo necesitaba. De hecho, tenía que comprar mi visado por allí, en alguna parte. Quince euros terminé pagando por una pegatina que más bien parecía un sello, y que tuve que adquirir rebuscando por el interior de las oficinas más allá del puesto fronterizo, más allá de donde de hecho estaba el control de pasaportes y visados. Un poco caótico era todo aquel lugar.

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Vista del Palacio Ishak Pasha. Abajo se extiende Dogubayazit

Unos 35 kilómetros separaban la frontera de Dogubayazit, y una serie de furgonetas de unas veinte plazas servían de transporte público, siendo realmente privado, entre ambos puntos. Más de una hora hube de esperar hasta que todas las plazas se llenaron y el conductor dijo de ponerse en marcha, y una vez en camino tardamos poco menos de cinco minutos en que se pinchase una rueda y nos quedásemos parados en mitad del páramo, en una inmensa recta sumida en el vacío desértico.

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Bonito, el Monte Ararat, aunque a mí no se me había perdido nada allí de momento

Como dato anecdótico, desde aquel punto donde encallamos se mostraban unas sobrecogedoras vistas del Monte Ararat. ¿Y qué monte es ese? Pues ni más ni menos que aquél en el que Noé perdió la barca. No es coña. Según la Biblia, allí fue donde la paloma guió al bueno de Noé para que librase a sus animalitos del mal de mar. En realidad es un volcán inactivo de nieves perpetuas y dos puntiagudos picos que dominan el llano paisaje que les rodea.

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Tirados en la carretera

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El conductor, que era un pavo con poco salero, procuró una llamada telefónica de ayuda de cuyo éxito yo dudaba, así que a falta de una rueda de repuesto con la que arreglar el desaguisado, me puse en mitad de la carretera a hacer autostop. Si quería cumplir con los planes que llevaba en mente, no tenía un minuto que perder. Tal cual, no tardó ni un segundo en pararse un todo terreno que se dirigía en la misma dirección que yo, y aunque no supe si me querría cobrar por el trayecto –la comunicación era imposible-, me subí y me transportó hasta Dogubayazit. El tipo resultó ser buena gente y no pidió ni una peseta, por lo que le quedé eternamente agradecido, y desde aquí ruego que Noé lo guarde en su arca si sobreviniese el gran Diluvio una vez más.

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Lo primero que hice al poner pie allí, fue zamparme mi primera pizza turca…

Una vez en esta ciudad cuyo nombre tardé un par de horas en pronunciar correctamente, me puse en modo caminante automático en busca del Palacio Ishak Pasha. Simpático nombre para un palacio de corte novelesco, que parecía sacado del ideario de Walter Elias Disney o creado para servir de localización al libro “Las mil y una noches”.

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Llegando al Palacio, visto desde abajo imponía respeto
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Precioso
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En el lado Norte se divisaban algunas otras construcciones y murallas peor conservadas
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La puerta de entrada al palacio, una joya

Situado en lo alto de un monte que se levanta en mitad de una homogénea desolación, en un pequeño llano rodeado por escarpadas paredes, los muros del palacio esconden una preciosidad de salones, patios, pórticos ornamentados, una mezquita y hasta una mazmorra, a la que bajé, y que era tan auténtica que yo pensé que de aquella misma se creó el concepto mazmorra, pues ni en televisión había visto una más auténtica. Miedo daba, imaginarse allí encerrado en aquel helado subsuelo con una nimia ventanilla a tres metros de altura, ratas, crueles carceleros y escaso alimento.

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Una mazmorra, ¿quién podría decir lo contrario?
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En el patio principal del Palacio Ishak Pasha
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La mezquita en el interior del palacio
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La mezquita

Por lo demás, un hermoso salón con una terraza que daba directamente a un precipicio cuyo suelo daba varias decenas de metros más abajo, y que servía de plataforma visual para divisar el valle que se extendía hasta donde las montañas rompían el horizonte. Dicha terraza tendría en su día una baranda de madera, pensé yo, pero hoy en día no quedaba nada y de la piedra que conformaba su suelo se pasaba al vértigo del vacío. Espectacular y acojonante a partes iguales.

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Una terraza con increibles vistas
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Decoración palaciega
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Decoración palaciega
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Salones de palacio
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Salones de palacio y sus chimeneas en cada habitación. Mucho frío por allí
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El servicio público de palacio… baño turco, obviamente

Abandonando esta fortaleza palaciega del Imperio Otomano, construida al paso de la Ruta de la Seda, regresé a Dogubayazit, aquella ciudad de nombre impronunciable que ya conocía casi tan bien como Antequera. En la Carretera, mi gran amiga, esperaba un autobús que partía inmediatamente hacia Van, siguiente destino en mi ruta. Sin darme tiempo ni a pagar, la puerta se cerró tras de mí y nos pusimos en marcha hacia el Kurdistán turco. Una vez más, la carretera se encargó de que todo saliera redondo.

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