Reykjavik y los vikingos

Solamente tres pasajeros viajábamos en aquel moderno autobús que incluso disponía de wifi. Me percaté durante la mañana de que apenas se veía gente por la calle ni por ninguna parte, pese a ser la época del año en la que el clima empezaba a ser comparativamente agradable. Quizá fuese a causa de que el país entero tiene la mitad de población de Málaga capital. O quizá se debiera a que la poca gente que se desplazaba de aquí para allá lo hacía dentro de sus todo terreno.

Puse pie en la antigua capital vikinga de Reikiavik tras un paseo de una hora en aquel autobús público que salía desde Keflavik con destino a la capital, a través de parajes como jamás había visto hasta entonces. Rectas interminables salpicadas por casas de estilo nórdico a modo de granjas, liberadas en estos pocos meses de verano del pesado manto de nieve que generalmente las cubriría. Junto a ellas, otras construcciones más rudimentarias hacían las veces de almacenes y refugios del ganado, estando todas a su vez rodeadas de yermas tierras volcánicas, ennegrecidas hasta romper con el azul del mar entre las costas de Islandia y Groenlandia. Era la primera vez que salí de la común civilización para adentrarme en un mundo de inmensos espacios abiertos, extraños y deshabitados.

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El camino a Reikiavik

El nombre del país, por cierto, en islandés se escribe Ísland, y proviene de un vocablo del nórdico antiguo que significa «tierra de hielo». En inglés se escribe Iceland, significando así mismo «tierra de hielo» de acuerdo con el significado original. Para nosotros, no sé si por ser tan catetos como hemos sido siempre o porque era lo más sencillo, es Islandia, «tierra de islas». Sin embargo, bien podría haberse llamado Windland, «tierra del viento», ya que aquello era un no parar. Si quedaban cenizas de la reciente erupción volcánica, ya se las debía haber llevado aquel maldito a alguna otra parte. El frío en sí se soportaba bien, siendo el único problema aquel hiriente viento constante del que solo me puse salvar gracias a la previsión que tuve de traer y enfundarme, bajo el pantalón de deporte, unas mallas de atletismo que me salvaron de mayores penurias.

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Una calle cualquiera de Reikiavik, sin especial glamour

Reykiavik, nombre altisonante, de novela de aventuras, hogar de vikingos. Entré en la pequeña capital islandesa, que alberga unos 130.000 habitantes, un tercio de la población del país. Sin edificios altos, sin tráfico denso, sin contaminación, aquello era un pueblo, no la capital de un país europeo, y esa sensación era una bendición viniendo como yo venía de pasar cuatro días en Londres. Entre todas sus pequeñas casas de colores se alzaba majestuosa la torre puntiaguda de una iglesia de estilo tan dispar como lo es la propia isla desde donde brota hacia el cielo, visible desde cualquier punto de la ciudad, sirviendo de brújula para guiar mis pasos hacia el centro de la misma. Era, con 73,5 metros de altura, el edificio más alto de todo el país.

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La Iglesia llamada Hallgrímskirkja. Y no, yo tampoco soy capaz de pronunciarlo

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Era momento de buscar un hostal. En la calle principal del centro de la ciudad se alzaba Reykjavic Backpackers, hostal cuyo logotipo consistía en la cara de un vikingo de armas pelar. Perfecto. Habitación de cuatro personas, 23 euros, litera superior, compañeros de habitación preparándose para salir. Saludo en inglés nada más llegar, y en este mismo idioma me contestan, pero cuando retoman la conversación entre ellos dialogan en español. Eran dos chicas y un chico colombianos que vivían en Boston, Estados Unidos.

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Reykjavik Backpackers y las dos chicas colombianas

Salieron ellos de excursión y así mismo me dispuse yo a pasear y perderme por la ciudad. Hacía buen día en Junio en Islandia, el astro rey brillaba con energía interrumpido únicamente por las nubes que salpicaban en límpido cielo azul del ártico. Bajé en dirección al mar y me encontré con el Harpa, nuevísimo edificio que acoge la Ópera Islandesa, un centro de conferencias y congresos, es sede de la orquesta sinfónica de Islandia y supone el emblema arquitectónico de la capital junto con la ya mencionada catedral. Estaba, además, recién estrenado y relucía glamuroso. No me interesaba.

Crucé un par de calles y me metí en el puerto. Sucio y maloliente puerto, si se me permite ser un poco prosopopéyico, pero que tenía un encanto especial con su aire de pueblo de mar, heredero de los vikingos, aún observable en la modernidad del siglo XXI. Tan mastodóntico como el edificio de la ópera se alzaba un barco, el Vigri Reykiavik, un barco sacado de las frías aguas posiblemente a causa de alguna reparación. Quise imaginarlo como un barco pesquero que surcaba las aguas del Mar de Groenlandia y del Mar del Atlántico Norte, esquivando los iceberg desprendidos de la masa de hielo del ártico, surcando las tempestades heladas de aquella zona tan extrema del planeta, dirigido por rudos marineros sin temor a las congeladas aguas mortales, con cascos de los que salían cuernos, barbas de medio metro y siempre un hacha ensangrentada sujeta por la mano derecha, presta para el mandoble.

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El Vigri Reykjavik

Una parte de mi imaginación estaría seguro equivocada, pero aún así el barco se erigía impertérrito a pocos metros de mí sugiriéndome un tipo de vida que nunca antes me había parado a considerar. Me imaginé a un puñado de agrestes vikingos emigrando a la recién descubierta Islandia, hace más de mil años, en rudimentarias barcas de madera, instalándose a vivir en aquellas inhóspitas tierras. Observé desde entonces con otra cara a sus poco más de 300.000 rubios herederos que aún poblaban aquella isla. Lo mejor de todo es que ahora, escribiendo estas líneas, he sido capaz de geolocalizar este barco en la red, y allí está efectivamente el que resulta ser un barco pesquero, navegando a día de hoy las aguas del norte de Islandia. Benditas cosas tiene Internet.

Se obscureció el cielo progresivamente y la temperatura descendió de forma dramática al verse aislada de los cálidos rayos de un Sol que brillaba justo encima del Ártico. Proporcionaba éste unas veinte horas de luz diarias, aunque en realidad nunca llegaba a oscurecer del todo. Con una temperatura que rondaba los 5ºC, esa mañana me dejé llevar por el entusiasmo de la pródiga luminosidad, saliendo poco prevenido contra el frío al abandonar el hostal y comenzar mi andadura. Llegué al extremo de la zona portuaria, donde una franja de piedras volcánicas gris oscuro me separaba del mar, que olía a hazaña, a odisea marina. Por allí mismo, entre naves industriales sin ningún encanto, me resguardé del viento para comerme el bocadillo que me había hecho un rato antes.

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Era hora de zambullirse en la parte antigua de la ciudad, entre sus callejuelas de sencillas casas preparadas para los fríos extremos del círculo polar, en el que Islandia está encajada. Si ya me extrañaba que aquellos pequeños vehículos utilitarios pudieran funcionar en las extremas condiciones del invierno polar, más me aturdía ver una cantidad de patos bañándose felices en las aguas del lago Tjörnin, en torno al cual se planificó la ciudad vieja de Reykiavik. Desde allí se divisaba el estilizado cucurucho de la iglesia que me servía de guía, así como la más tradicional y encantadora catedral, más pequeña esta, a la orilla del propio lago. En torno al mismo, mucho verdor, muchas construcciones del estilo nórdico por antonomasia, así como otros edificios tan importantes como el Ayuntamiento y el Parlamento de Islandia.

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Patitos simpáticos con mucha resistencia al frío
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La Iglesia al fondo y la Catedral en la primera línea de edificios junto al lago

Regresé al hostal atravesando nuevamente la calle principal de la ciudad, rebosante de tiendas de souvenirs temáticos, de entre los que más me llamaban la atención eran los anillos labrados a mano con runas vikingas. Una chorrada, pero oye, me hacían ilusión como posible souvenir islandés, aunque finalmente el mejor recuerdo que me llevé de la isla fueron varias piedras volcánicas que aún conservo con cariño frente a mi escritorio en Málaga.

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La calle principal del centro de la ciudad, plagada de tiendas

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5 pensamientos en “Reykjavik y los vikingos”

  1. En 16 días me planto es Islandia para estar una semana recorriendo la isla. Lo del asunto de las carreteras con rectas interminables con la nada alrededor por muy chorra que me parezca es algo que me muero por ver y sobre todo por conducir por ellas.
    El video está guay,espero poder superarte yo de momento en un año 6 paises,no me puedo quejar 🙂

      1. No me da llegado el día la verdad…Pues un 4×4 ya que vamos a ir a sitios que sólo se puede ir en ellos. La ruta es:

        VIk,Jökulsárlón,skaftafell,Hveragerði,selfoss,gullsfoss,geysir,Eyjafjallaökull,Kerið,Þingvellir,Seljalandsfos,Grundarfjödur,Saefellsnes,fiordos,Reikiavik,blue lagon

        Asique si hare no uno sino millones de videos jajaj y estaré encantada de enseñartelos 🙂

        Saludos¡¡¡

      2. ¡Vaya ruta! Si vais a subir a algún parque natural seguro que os hace falta todo terreno. Yo viajé solo, así que alquilé un Hyundai i10, diminuto, y no me pude meter en muchos follones (aunque sí que tiré por muchos caminos dignos de todo terreno). Es un viaje para hacerlo con más gente y compartir gastos, porque la verdad es que se disfrutan un montón aquellos parajes.

        Suerte y ya me cuentas 😉

      3. El viaje apunta maneras. Seguro que por algún camino raro acabamos ️jajaj Ya te contare!!!
        Un abraZo

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