Día de contrastes en Reikiavik

“[…] en discotecas donde los ricos pretendían bailar imitando las coreografías de Bollywood, en Mumbai; en clubs llenos de ángeles rubios en Alemania, destacando sobre todos el de debajo del Banco Central Europeo en Frankfurt; en garitos de personajes modernos en New York City, donde la gente va a lo que va y casi no se molesta en disimular. He pasado múltiples noches en vilo en antros subterráneos, karaokes, clubs donde se comerciaba con carne humana y macrodiscotecas donde la gente bebe whisky con té mientras juega a los dados, en una decena de ciudades a lo largo y ancho de China…”.

Hicimos botellón en la habitación del hostal con idea de salir de juerga por Reijiavik, los colombianos y yo, encontrando varios pubs abiertos en la misma calle del hostal, que era la principal de la ciudad. Me recordaban a los locales del centro de Málaga, pequeños pero con pretensión de discotecas a las que intentaban imitar con música a todo volumen, gente bailando en evidente estado etílico –la mayoría extranjeros-, oscuridad y luces de colores. Hay que destacar que no se hacía de noche en Islandia en aquella época del año, por lo que cada vez que salía al exterior sufría una bofetada de paradoja directamente en mis biorritmos.

Recuerdo que un chupito costaba tres euros, que una copa costaba más de lo que me podía permitir, y que después de aquella noche me convencí a mí mismo de reducir a su mínima expresión el número de días de fiesta cuando estuviera de viaje mochilero. La realidad es que aquella noche de juerga me salió cara y no trajo consigo ninguna experiencia islandesa digna de destacar, ningún conocimiento cultural nórdico fascinante ni, de hecho, nada que pueda recordar con claridad. No tuvo aquella noche nada de especial más allá de lo que pudiera haber vivido saliendo de fiesta por los bares de Puerto Marina, por aquello de que abundaban allí también los extranjeros borrachos.

He estado de juerga en discotecas donde los ricos pretendían bailar imitando las coreografías de Bollywood, en Mumbai; en clubs llenos de ángeles rubios en Alemania, destacando sobre todos el de debajo del Banco Central Europeo en Frankfurt; en garitos de personajes modernos en New York City, donde la gente va a lo que va y casi no se molesta en disimular. He pasado múltiples noches en vilo en antros subterráneos, karaokes, clubs donde se comerciaba con carne humana y macrodiscotecas donde la gente bebe whisky con té mientras juega a los dados, en una decena de ciudades a lo largo y ancho de China, o en clubs de gente chick en Seúl, donde el más tonto llevaba una camiseta de cien euros, la más tonta unos tacones de quince centímetros y, yo, ropa del Decathlon y zapatillas de trekking. He contado mis noches de fiesta observando la vida de las almas buscadoras, borracho como una cuba, en Las Vegas, donde queda todo lo que pasa; en tugurios de vicio y perdición en tierras de Tailandia o Camboya, dirigidos a un turista extranjero que cae en lo denigrante y lo vergonzante, y al que yo observaba sin seguir su ejemplo. O en Liverpool, donde jóvenes en mangas de camisa y chiquillas en tirantas deambulaban por las calles en busca de la discoteca, cerveza en mano, bajo la nieve que caía. Así podría seguir con la lista llevándoos a pensar que sufro adicción a las discotecas.

Nada más lejos de la realidad. En conclusión, aunque con interesantes diferencias para el amante de la vida nocturna, todas las discotecas del mundo se parecen bastante. Al final todo gira en torno a beber las mismas bebidas, bailar las mismas canciones, y dejarse llevar por las altas horas de la madrugada cargadas de alcohol y hormonas. Dicho así puede sonar apetecible si vas buscando lo obvio, pero tiene una serie de pegas bastante evidentes. En algunos países el salir de parranda me ha aportado experiencias enriquecedoras desde un punto de vista social o cultural, me ha regalado momentos divertidos, amistades, e incluso aventuras desquiciadas. En Islandia, sin embargo, puedo decir que hay cosas mucho más interesantes, económicas y sanas que hacer antes que acudir a una discoteca.

Al día siguiente, resaca mediante, nos levantamos tarde y sin energías. Solo por la tarde decidimos hacer algo de provecho, y acudimos a relajarnos a unas piscinas de aguas termales donde por tres euros accedimos a una piscina olímpica climatizada a cielo abierto, al frío cielo abierto de Islandia, ni más ni menos. En paralelo a ésta, y a lo largo de uno de sus laterales, una serie de jacuzzi quedaban marcados con números que crecían de dos en dos: 38, 40, 42, 44… Eran los grados centigrados con los que achicharraba el líquido de su interior.

Todas estas aguas estaban calentadas gracias a la energía proporcionada por el interior de la tierra, energía infinita en Islandia, y suponían un lujo para poder bañarse a la intemperie cuando la temperatura del aire era de pocos grados sobre cero. Nos remojábamos primero en las de más baja temperatura para ir subiendo progresivamente, aunque en la de 42 grados era ya toda una hazaña introducirse por completo y casi imposible aguantar más de un par de minutos.

Desde los jacuzzi de agua hirviente solo se caminaba unos pocos metros antes de saltar al interior de la piscina olímpica, que rondaría unos agradables 36 grados. Cuando te sentías otra vez con energías, vuelta a relajarse un rato en los jacuzzi. Ese era el sistema que seguían los oriundos de Reikiavik, que eran la práctica totalidad de personas que en aquel lugar se encontraban, exceptuándonos a nosotros cuatro.

En un momento dado, el chico colombiano me pidió que le cronometrase cuánto tiempo aguantaba bajo el agua, llegando su apnea a un minuto. Era más o menos el tiempo al que yo solía llegar las veces que me había probado del mismo modo, pero decidí poner el reloj en marcha para comprobar cómo andaría el consumo de oxígeno de mi organismo relajado hasta el extremo. Tal fue el relax al que se vio sometido mi cuerpo entre tanto baño de aguas termales, tan despacio latía mi corazón, que aguanté dos minutos bajo el agua de aquella piscina. Sorprendido, y mientras aún aguantaba la respiración, miraba mi reloj digital a través del líquido elemento hasta que llegó a 2:00, y entonces decidí salir a recargar mis pulmones no tanto por necesidad como por la preocupación ante lo aparentemente innecesario que me resultaba respirar aquel día.

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