Desayuno con minaretes

“El cielo se empezaba a tornar rosáceo cuando los altavoces de un minarete, que solo distaba una decena de metros de nosotros, se encendieron profiriendo sus plegarias en compañía del resto de minaretes del lugar, que eran muchos, atronándonos, pero creando una atmósfera cautivadora difícil de expresar con palabras”.

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Los niños me pidieron que les hiciera una foto, y yo aproveché para situarlos frente a uno de los minaretes que abundan en Mardin, Turquía

En territorio islámico es raro el día en que no despiertas a las seis de la mañana, bien llamada por cualquier español que se precie como madrugada, pues es demasiado temprano para ser ya denominado “la mañana”. Pues bien, desde todas las incontables mezquitas de cualquier poblado o ciudad que se precien de llamarse musulmanas, se erigen puntiagudos y esbeltos minaretes de los que cuelgan poderosísimos, por lo atronadores, altavoces.

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Callejuelas y minaretes por doquier, en Mardin, Turquía

Si hubiera un señor, musulmán de pro, él, encaramado en lo alto de alguna de aquellas construcciones desafiantes de la gravedad, cantando a gritos sus oraciones de llamada al rezo, yo lo apreciaría como un acontecimiento artístico de necesaria reverencia y observación. Sin embargo, al tratarse muchas veces de grabaciones digitales almacenadas por ordenador que, simplemente, se reproducen una vez más, como el día anterior, como el día siguiente, a través de aquellos inventos capitalistas, inventos del infiel; perdía toda la enjundia aquel acto y se convertía más bien en una molestia. Que hasta la cantinela de inicio de Windows se escuchaba a veces por los altavoces, oiga.

No pretendo negar lo bonito de sus cantares, que lo son, de ellos me declaro fiel admirador y he de admitir que he disfrutado mucho en ciertos momentos. Por ejemplo en Estambul, en compañía de mis padres cuando fueron a encontrarse allí conmigo, escuchando las llamadas al rezo entre la Mezquita Azul y el Aya Sofia, que se acompasaban a la hora de elevar sus oraciones a Allah.

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El minarete que me enamoró en Mardin, Turquía

El quizá más místico, más mágico, fue durante un atardecer en Mardin, pequeña ciudad en pleno kurdistán turco, establecida de forma escalonada sobre las faldas de una escarpada colina con vistas a la planicie donde comienza Siria, que se abría solamente diez kilómetros más abajo hacia en dirección Sur. Me encontraba en una terraza compartiendo una profunda conversación con una pareja de holandeses que habían llegado hasta allí en furgoneta, y que eran los únicos extranjeros que había visto en todo el día.

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En la terraza con sillas y mesas negras que se ve en el centro, es donde me senté con los holandeses al atardecer
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Más allá del minarete bajaban las casas de forma escalonada, y aparecía la llanura del norte de Siria
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Calle tradicional de la vieja Mardin, candidata a Patrimonio Mundial UNESCO
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Mardin tiene aún mucho de pueblo tradicional, aunque ha crecido mucho últimamenet de la mano del turismo. Aquí se observa el medio de transporte ideal en sus empinadas callejuelas
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Mulas de carga como elemento de transporte en las empinadas calles empedradas de Mardin

El cielo se empezaba a tornar rosáceo cuando los altavoces de un minarete, que solo distaba una decena de metros de nosotros, se encendieron profiriendo sus plegarias en compañía del resto de minaretes del lugar, que eran muchos, atronándonos, pero creando una atmósfera cautivadora difícil de expresar con palabras. Religión y guerra, fe y destrucción, turismo y vida real, todo se entremezclaba en aquel poblado fronterizo tan cercano a un país en destrucción progresiva y aparentemente imparable: Siria; y enmarcado en una región de conflicto étnico y represión anti separatista: el Kurdistán.

A la mañana siguiente, ya de vuelta en Diyarbakir, ciudad a orillas del río Tigris, corazón del Kurdistán turco y extraoficialmente considerada como su capital, decidí a salir a pasear por la ciudad. Iba camino del castillo antiguo, con sus murallas de basalto negro, su ciudad antigua y sus mezquitas, que yacían algunos kilómetros más allá, e iba con el estómago vacío. En Turquía, me atrevería a decir que principalmente en la zona kurda, se estila el desayunar quesos, variados, con pan, mermelada y otras delicias, y eso es lo que andaba buscando en aquella mañana.

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La fortaleza de Diyarbakir, cuyas murallas tienen 5,5 kilómetros de perímetro
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En el interior de las murallas había una mezquita, y este señor rezaba a su puerta, recibiendo ocasionales dádivas por parte de otros fieles
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En las escaleras frente a la mezquita se reunían los fieles

En un momento dado miré a la izquierda, hacia un lugar que por el olor que desprendía no podía ser menos que una panadería, y observé en su interior a media docena de chavales jóvenes, tan jóvenes como yo pudiera serlo, enfundados en sus pantalones vaqueros y zapatillas Adidas, y con el desayuno presto sobre una mesa baja, construida sobre una caja de plástico rodeada a su vez por rudimentarios taburetes de madera con asiento de tela.

Me observaban desde el interior, a través de la amplia cristalera que daba a la calle, atraídos por mi aspecto de foráneo. Yo, mirándolos también, me llevé la mano al pecho y les saludé con mi mejor Salam Aleikum. Sin saber explicar bien cómo, ni cuánta cara tuve que echarle, me terminaron invitando a desayunar, a lo cual acepté de inmediato. Nos sentamos juntos y me cosieron a preguntas, en ocasiones con mucho cachondeo y cierto sarcasmo, como no podría ser de otro modo entre gente joven de una pequeña ciudad y un extranjero que aparece de improvisto, pero que supe torear con toda la gracia que el hambre acertaba a desarrollar en mi cerebro creativo. Allí cayeron unos huevos fritos con mucho aceite y algo de pimienta, aceitunas negras, quesos de cuatro tipos diferentes y pan recién hecho, que aún quemaba. Todo ello regado con vasos y más vasos de té, como venía siendo habitual en los últimos tres meses.

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reunidos para el desayuno
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Esto es una sartén de huevos fritos, y lo demás son tonterías
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Quesos, té, pan… delicioso

Cuando terminamos y me dispuse a irme, saqué la cartera y les pregunté cuántas liras les debía, pero rechazaron cualquier pago. Aquellos desayunos empezaban a parecerse a los que yo conocía de mi tierra natal, empezaba a acercarme a casa y mi paladar lo agradecía, aunque en casa no estarían los minaretes.

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Al fondo, el castillo sobre la cima de la roca donde está la ciudad vieja de Mardin. A sus faldas se extienden los edificios hasta llegar a la llanura Siria
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Cerca de la cima donde está la fortaleza, se encuentra la Madraza Sultan Isa
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Patrio central de la Madraza Sultan Isa
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Interior de la Madraza Sultan Isa
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Muchos escalones y muchas cuestas empinadas en las calles de Mardin
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Interesante bazar en Mardin
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Alimentos regionales para el almuerzo: pan plano con una salsa picante en su interior; verduras rellenas de arroz con salsa, nuevamente, picante; y ensalada de pepino y tomate
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Los kurdos, como los musulmanes en general, son muy de darse la mano para mostrar su amistad. En eso nos parecemos
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Cuartel militar turco en uno de los extremos de la vieja Mardin. Al fondo, Siria

 

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